Yo conmigo IV
Horacio Buscaglia
Yo 1: Hola. Soy yo, Yo.
Yo 2: Sí, ya me di cuenta. Me reconocí la voz.
¿Estoy un poco ronco, no?
Yo 1: La noche fue larga ayer. Y bien regada con escocés.
Yo 2: ¡Bárbaro! Yo siempre de jodita, ¡pero ojo! no me vaya a invitar, eh. Si un día me acuerdo de mí, hago una fiesta.
Yo 1: Sí, y a esa fiesta yo no me invito porque no puedo ir.
Yo 2: ¿Qué dijiste?
Yo 1: Fue una broma, che. Pero qué cosa conmigo, eh. Cuando ando torcido agarro todo pa’l lado de los tomates.
Yo 2: Claro, para mí es fácil, si soy un irresponsable. Pero me quiero ver a mí, con mujer, hijos y una casa que mantener.
Yo 1: Bueno, loco, nadie me obligó. ¿Para qué me casé? Mirame a mí, solterito y sin compromisos.
Yo 2: Ja, ¿para qué me casé? Todavía me lo pregunto. Pero tengo un rostro de acero inoxidable. Yo me pregunto a mí ¿por qué me casé? Ya me olvidé que dejé embarazada a mi novia y el único que puso la cara fui yo. Yo, fui el que se hizo responsable, yo.
Yo 1: Ta, ta… tengo razón, sí, tengo razón. Yo soy un irresponsable, y ese niño necesitaba un buen padre, ¿quién mejor que yo?
Y además se parece a mí. Claro que tiene algunas cosas mías también. El carácter, por ejemplo.
Yo 2: Mirá, mejor ni me hablo. Lucho constantemente para tratar de desarrollarle la parte mía, la seria y responsable, estudiosa, pero, no se cómo, en cuanto me descuido le surgen mis características de divagante, vago, impuntual.
Yo1: ¡Huy! Lo vas a molestar al chiquilín igual que a mí.
¿Te acordás cuando quedaba en encontrarme a la siete y yo llegaba a las ocho y media?
Yo 2: ¡Cómo no me voy a acordar! Si yo había llegado media hora antes, ¡como un estúpido!, aunque sabía perfectamente que yo iba a llegar tarde. ¿Por qué me esperaba a mí, por qué? Todavía me lo sigo preguntando. Si hasta hoy me sigo dejando clavado, a cada rato. ¿No me parece que es hora de madurar?
Yo 1: Estoy demasiado viejo para empezar a madurar.
Yo 2: Ah, claro. ¡Qué macanudo que soy! Yo, no puedo madurar, pero lo que es yo, tengo que hacerme cargo de todas las difíciles.
Yo 1: Y bueno yo, lo que pasa es que yo no nací para eso.
Yo 2: ¿Y yo sí?
Yo 1: Sí. Yo sí. Se nota a primera vista. Es lo mío, pero para mí no es.
Yo 2: Siempre igual. Toda la vida igual. ¿Me acuerdo del liceo? ¿Quién estudiaba para los escritos? Yo. Y yo qué hacía, me copiaba a mí. Además era tan nabo que me copiaba a mí exactamente, igual a lo que escribía yo. Los profesores decían: «Pero usted se copió a sí mismo». Y cuando la vieja se ponía brava con la limpieza del cuarto, ¿quién era el que asumía y doblaba el lomo? Yo, el gil. Yo. Mientras desde la cama, repantigado, yo me explicaba la forma de hacerlo mejor. Pero qué gil, ¿cómo permití eso de mí mismo?
Yo 1: Lo que pasa es que a mí, lo físico, nunca se me dio bien.
Yo 2: No se me dio bien… pero, qué atrevido, soy un atorrante que tengo atrofiada la glándula laboral.
Yo 1: Bueno, vamos a aflojar con eso de marcar los problemas físicos.
Yo 2: ¿Físicos?… Con la física, tengo problemas. No soporto más ocupar el mismo lugar que ocupo yo. Me abro. Chau
Yo 1: Un momento, un momento.
Yo 2: ¿Qué? ¿Recapacitaste?
Yo 1: Ya que me separo de mí, ¿no podría traerme del almacén una cervecita bien helada, mientras me tiro en la catrera a elaborar el duelo?
Yo 2: ¿Duelo? Entierro. Voy a enviudar de mí.
Compartí tu opinión con toda la comunidad