Desde el asiento de los bobos

Nada del otro mundo

Por Horacio Buscaglia

 

No sé si fue la forma del ómnibus, circular y achatado como si fuese un plato hondo dado vuelta, o fue el color verde flúor de la piel del conductor, pero en cuanto entré a ese bondi algo me dijo que este viaje iba a ser un poco diferente a los de todos los días.

En un primer momento, cuando vi que el guarda tenía antenas no me sorprendió, hoy la gente se pone cualquier cosa, pero empecé a sospechar algo cuando me tocó con ellas y sentí un deseo irrefrenable de tener el cambio justo para pagar el boleto y comencé a sudar frío porque me faltaba una moneda de un peso.

En realidad lo que más me llamó la atención fue la música que se escuchaba que no sólo estaba a un volumen agradable sino que además ¡era buena! «Acá hay gato encerrado», pensé, y no me refería a aquella situación vivida con La Doña y su gato en una bolsa, sino a la larga cola de felino que tenía el pasajero que estaba sentado frente a mí.

Cola que, aparentemente, se movía con independencia juntando los boletos del piso y se los llevaba a un lugar de su cuerpo que si en vez de cola fuera trompa sería la boca. Pero era cola.

La cara del sujeto no demostraba ningún placer, ni siquiera demostraba indiferencia. En realidad era imposible que demostrara algo porque su cara era como una especie de persiana y en ese momento estaba cerrada.

Me dio no sé qué, golpearle la cara para que la abriera, aunque después descubrí que en vez de oreja tenía un timbre, pero yo ya había perdido el interés.

Y era la tercera vez que lo perdía en ese día, la vez anterior fue en la parada mientras esperaba este ómnibus, se me había caído al costado de un árbol y me lo agarró un perro. Y ya se sabe, cuando uno anda con el interés meado por los perros, no logra nada interesante.

El ómnibus hizo ¡Fiufiú Fufufiúm Fúuuu…! y las luces –verdes, rojas, amarillas y violetas– comenzaron a girar creando un ambiente psicodélico que, aunque antiguo como efecto, era un tanto perturbador.

Intenté mirar para afuera por lo que yo creí que era una ventanilla, pero al intentar abrirla ésta lanzo un chillido y salió volando cual mariposa.

Un señor que lucía el típico uniforme que usan los vidrieros la cazó con un diamante.

Yo seguía tratando de descubrir algo que me confirmara la sensación de rareza que tenía. «Acá pasa algo raro» –pensé — «no sé qué es pero lo puedo sentir en el aire». Encontré la ventanilla real que tenía forma de ojo, entre parpadeo y parpadeo pude ver a un montón de personas que parecían hormigas.

Y no lo digo porque las viera pequeñas, sino porque iban todos en fila vestidos de traje negro, corbata negra, celular negro incorporado al oído, con un maletín negro en la mano y llevaban sobre sus espaldas enormes hojas blancas de expedientes que caían del Arbol del Estado. Reconocí a algunos de ellos y traté de llamar su atención, pero me daba ocupada.

Uno de los pasajeros que masticaba chicle empezó a hacer un globo de aspecto gelatinoso que, soplando y soplando, llegó a ser tan grande que una pareja que estaba sentada delante de él quedó adentro del globo.

El guarda le disparó un alfiler con una cerbatana y el globo hizo «Â¡pif!» y desapareció el «chicle», la pareja, y el masticador.

El guarda rozó sus antenas una con otra y, aunque no sentí ningún ruido, tuve toda la sensación de que él había eructado satisfecho.

Ahí fue que vi el cartelito que estaba al lado del que prohíbe hablar con el conductor, que decía «Se prohíbe terminantemente viajar en este ómnibus».

Me bajé enseguida. Cuando luego de subir otra gente vi alejarse aquel vehículo, pensé nuevamente: «Algo raro está pasando».

Sentí que un niño le decía a su padre «Mirá, papá, mirá, ese hombre no tiene escamas».

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