Desde el asiento de los bobos

Corrijo: de las bobas

Por Horacio Buscaglia

 

Esa mañana cuando me desperté, sentí una sensación extraña, algo en mí me decía que estaba entrando en mundo diferente al de todos los días. Envuelto en los vapores del sueño me dirigí hacia el baño con el «piloto automático» puesto. Seguramente a usted le pasa lo mismo que a mí: hay un montón de movimientos y acciones que uno hace de memoria. Yo a veces tengo que tocar el cepillo de dientes para ver si está mojado y comprobar que me lavé los dientes o me quedo en la duda, al salir de la ducha, si usé la crema de enjuague para sacarme el champú o no.

Yo me di cuenta que algo realmente raro estaba pasando cuando vi que estaba casi una hora atrasado. Me había levantado al sonar el despertador, no entendía por qué me faltaba tiempo.

Fue en ese momento que me miré con atención en un espejo y comprendí todo. Lo que me había demorado fue el maquillaje.

¿Eh? ¿Qué dije? ¿Maquillaje, dije? Si, dije eso… pero… claro, ¡soy una mujer…! ¡Me transformé en mujer…! Allí estaba yo en el espejo, ex petiso barbudo convertido en bruta mujer. Tranquila Horacio… digo, tranquilo Horacia… digo… no, no… Calma, calma, respiremos hondo…

A ver… a ver… acá arriba… sí, sí, ¡tengo dos…! ¡Y qué dos¡ ¡No se puede creer! y a ver acá… acá abajo… ¡a la pucha… no tengo dos… ni una tengo, ni una¡

Estuve como diez minutos en una especie de estado catatónico observándome centímetro por centímetro.

Al minuto once, pensé: «Â¡Estoy bastante buena, eh¡» y comprobé que la transformación en mujer había mejorado mucho mi figura.

Lo primero que se me vino a la cabeza fue desnudarme para poder vicharme con ganas. Pero me vino como un pudor. Como una cosa… en fin…»Pero escuchame loca de la guerra, si sos vos mismo pero mujer, ¿qué querés hacer? Controlate» me dije, más bien, me grité al oído.

Perdí una horita más, por lo menos, tratando de acostumbrarme a los tacos altos, porque pese a la mejorada transformación, la chuequera me seguía acompañando en esta etapa femenina de mi vida.

En cuanto salí a la calle siento que alguien me grita: «Guacha, te muerdo toda, te muerdo. Te mastico todita». Me doy vuelta bastante indignada y veo la cara de un viejo baboso con el cuerpo casi afuera de la ventanilla de un BMW, con la boca abierta y su dentadura postiza al borde de caerse.

Cuando saqué el fusca del garaje hice la misma maniobra de todos los días pero un conductor me gritó: «Tenías que ser mujer. Andá a lavar los platos, nena.»

Cuando llegué al diario sentí que muchos compañeros clavaban sus ojos en mi trasero (cosa que, para decir la verdad, no me desagradaba mucho) por suerte vi que esto no me había pasado sólo a mí. Allí estaba Gabriel Mazzarovich sentado en su escritorio, convertido en una muchacha llamada María José Frías.

No sé, pero me pareció que él se encontraba más cómodo que yo en su nuevo envoltorio. Mañana se lo voy a preguntar.

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