Desde el asiento de los bobos

Vida de perros

Por Horacio Buscaglia

 

Un chiquilín de doce o trece años subió al ómnibus y se quedó parado en la puerta mirando para afuera. En la vereda estaba un perro marca Perro que lo miraba y podía leerse en sus ojos: «¿Y me vas a dejar solo?».

El chiquilín le hablaba sin levantar la voz y con un tono tan didáctico que el pichicho se sentó y torció la cabeza, como diciéndole: «Sí, tenés razón, pero ¿qué querés que haga? Yo quiero acompañarte» .

El gurí seguía explicándole, en voz baja, las razones por las que no podía hacerlo.

La escena era tan especial y estaba tan cargada de cierto aire mágico que nadie se quejaba por la demora y ni el conductor cerraba la puerta mientras seguía con atención aquel diálogo humano-canino.

De pronto el perro se paró en sus cuatro patas e hizo un gesto claramente despectivo, se dio vuelta y se acostó en el piso mirando para el lado contrario al del ómnibus.

El pibe lo llamó por su nombre con un tono claramente de conciliación. El rrope, nada. Seguía dándole «la espalda».

El chiquilín se dio vuelta, nos miró a todos e hizo un gesto como diciendo: «No puedo hacer nada más». Todos asentimos con cierta pena. «Cuando vuelvas, vas a tener que explicarle», le dijo el conductor al pibe y cerrando la puerta arrancó suavemente el ómnibus.

Todos nos paramos para mirar al pichicho. Seguía en la misma posición, aunque me pareció que en un momento nos miró de reojo.

El bondi entró en el mundo real, con sus traqueteos y bocinazos, pero a pesar de eso yo sospecho que cada uno de los que íbamos en él nos habíamos trasladado a algún rincón de la infancia donde estábamos abrazando un perro, hablándole de nuestros «problemas», tratando de superar esos estados melancólicos de los niños que muchas veces los adultos no saben comprender y que los perros presienten solidariamente.

Cargado con esas imágenes miro el diario y me encuentro con una notica proveniente de Berkeley, EEUU, y de la infancia salté a la arrebatada juventud de los 60, ya que ese lugar es sede de la universidad donde nació el movimiento contestatario de los jóvenes norteamericanos y hoy –se dice– es una de las ciudades más progresistas de Norteamérica.

Y fijate vos las cosas que tienen estos yanquis, cómo pueden ser extremadamente principistas en ciertas cuestiones y después en otras… ¿Qué querés que te diga, no?

Los perros, gatos, canarios flauta, tortuguitas o peces de Berkeley, California, ya no tendrán dueños sino «tutores». El consejo municipal de la ciudad estableció que estas mascotas no son objetos, y por lo tanto no se pueden considerar como una propiedad.

Con un voto unánime se modificó el Código Civil de la ciudad borrando la expresión «propietario de un animal doméstico» por «tutor-propietario».

«Desde el punto de vista legal no cambia nada», dijo el asistente del alcalde, «pero queríamos cambiar el modo de pensar de la gente que ve a los animales como una simple propiedad. Considerándose tutores aquellos que tienen animales serán menos propensos a cometer abusos».

Berkeley es la tercer ciudad que cambia la expresión «dueño», aunque en las otras dos, Boulder y Hollywood, fueron más radicales, sólo se habla de «tutores» no de «propietarios-tutores».

Desconozco si en esas ciudades se ha prohibido que los obreros digan «mi patrón» y si las mujeres que se casan siguen perdiendo su apellido para llevar el del marido.

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