Prohibido para Nostálgicos

Despertando con las luces del viejo Carnaval

Por Luis Grene

Por un lado ya vimos cómo los tablados barriales aparecían en todas las esquinas. Todo por el esfuerzo de los vecinos. Humildes trabajadores que, por esos tiempos, se sacrificaban en sus horas de descanso para que la cuadra tuviera un lindo tablado. Pasando «la latita», levantando tablones y «dale que te dale» con los pinceles y las luces de colores.

Pero, también por estos finales de enero, la antesala del Carnaval, se vivía «con tutti» en los locales de ensayo. Ya al atardecer, con el cielo aún muy rojo y con el lucero brillando solitario, las cuadras se inundaban con los cantos de la muchachada que ensayaba «a todo tren».

No había barrio popular en que no se escuchara el golpeteo de los martillos terminando, de apuro, el esquinero tablado. Y, al mismo tiempo, aquellas nochecitas se impregnaban con las voces que salían de algún rancho, o en la misma calle, ensayando las letras y músicas que muchas veces serían inolvidables.

Escribió Antonio Machado que «si bueno es vivir, todavía mejor es soñar, y lo mejor de todo, despertar». Y aquí nos tienen, muy viejos, pero metiendo «pa’delante» y luego de haber vivido y soñado, estamos muy despiertos en un nuevo siglo y milenio. Y de la mano de la memoria, con los «lectores cómplice» al ladito nuestro, dando vueltas a la matraca del tiempo. Hoy tiene el sonido de acordeones, guitarras y mucho bombo y redoblante. Es «un apronte» para un nuevo Carnaval pero contando historias, «dándole al verso», para ver cómo eran estos días allá en la querida vieja capital.

Muchachos que vivían, soñaban y estaban por «despertar» muchas veces, cientos de veces, tantas veces como tablados existían en el Montevieo del ayer. Pero había que estar «a punto». Nada de olvidar letras o «la mufa» del desafinar. Por eso se preparaban con entusiasmo sin límite. Por eso ensayaban a más no poder.

Un puñado de comparsas. Hoy tibias presencias en el laberinto de la memoria. Para tirarle las mejores «ondas» a la muchachada de ahora que también se prepara para un distinto, pero siempre el mismo e incesante rito del eterno Carnaval. Un puñado de sitios. Un montón de barrios donde comenzaba a clarear el luminoso Carnaval de antaño. Con letras y canciones que en esos momentos de duro ensayo, aquellos bohemios ni sospechaban que serían entonadas por todos, y jamás serían derrotadas por el inflexible Dios del Tiempo.

Allá por el 40, por la Villa Dolores, en la calle Rossel y Rius, una gran sede daba lugar a un grupo de muchachos formando las cuerdas de «primos», «segundos» y «bajos». Con unas pibas bailarinas y sus compañeros de danza, moviéndose con picardía. Es que bajo la responsabilidad del popular compositor Ramón «Loro» Collazo, estamos en los ensayos de la revista «Momento Musical». Noche a noche, los vecinos inundaban el ensayo. Algo que se repetía en todos los locales de los conjuntos de esos lejanos días. Se formaban auténticas «barras» de seguidores, de fanáticos «hinchas, que luego con el Carnaval ya en marcha, acompañaban en caravana de autos y algún camioncito, a su comparsa favorita por todos los tablados de la ciudad. Y el querido «Loro» sabía mucho de entusiasmados seguidores. Como años atrás, los había convocado por la altura de Gonzalo Ramírez, en la vieja sede del Atenas, con su mítica troupe «Ateniense».

Otro conjunto que ya desde los ensayos «mostraba los dientes» de su «garra» y talento, fueron por el barrio de la Aguada, en la calle Galicia, los humoristas «Los Jardineros de Harlem». Con su movedizo director que estaba acostumbrado a los éxitos en el «ring» o los escenarios, Basilio Alves, el recordado «Curimba», que por la década del 50 sumó puntos por todos los barrios y ¡primero! en esa tan peliaguda categoría.

Seguimos con la memoria compañera, ahora saltarina y carnavalera, recorriendo los locales de ensayo. Entreverándonos con los vecinos de cada barrio, dando su apoyo a la comparsa de su corazón. Entre esa linda gente, en su desinteresado fanatismo, nacieron los luminosos carnavales del ayer.

Por la Villa de la Unión, ¡qué les vamos a hablar! ¿verdad? Murgas que hicieron historia se estaban preparando para «pegar» muy fuerte. Por la mitad del viejo siglo «Los Asaltantes con Patente» eran dirigidos por un muchachito a quien le decían «El Tito», hablamos del queridísimo Pastrana. Por un club de box, de la calle Timoteo Aparicio, se preparaban a fondo en su «Himno a los Campeones del Mundo». «El Tito» dirigía y cuidaba que nadie se olvidara de los versos. Y siempre tenía tiempo para su mímica y el bailecito. Luego, ya con «La Nueva Milonga» nadie lo movió de su sitial de auténtico ídolo popular.

Por Jacobo Rousseau y Enrique Clay, estaba «La Gran Muñeca», y por Comercio y Purificación «Don Timoteo». Rodeadas de «canillitas» y de muchachos que «hacían guantes» pero que se «morían» por subirse a los tablados y cantar muy fuerte, «de costado» hasta quedar roncos. Cientos de seguidores de esas típicas representantes de un linaje irrepetible, las murgas de la Unión.

Por La Comercial, en la calle Colorado, mucha gente entraba y salía y, entre las jarras de frías cervezas, daban su apoyo a los parodistas «Los Destapa el Tarro», dirigidos por Walter Silveira. Quedan aún vibrando las estrofas de aquella presentación que titularon «El Beso», parodiando costumbres de los ingleses, italianos, rusos, argentinos y uruguayos, en el «arte de besar». Algo desopilante por las risas que provocaban y la picaresca bolichera desbordando en cada verso.

Por el Reducto, cerca de La Estación, ensayaban en un gran local pues sus integrantes eran numerosos, la Sociedad Nativista «Juan Cruz Tranquera y los suyos». El conjunto que dirigía don Pignataro y que, tanto en los ensayos como en los tablados, tenían la costumbre de repartir «tortas fritas» entre su público. Con un cantor, pariente nuestro, William Grene, que fue un aguerrido defensor del género folclórico. Una agrupación que recorría los barrios en una gran «chata», con un auténtico rancho, desde el cual salían los gauchos, «las chinas» y cantores payadorescos.

Un sitio muy cálido fue la casona de las calles Azara y Larravide. Sonaban los parches calientes de «Los Pobres Negros Orientales» del amigo Luis Pereyra «Gardelito». Negros y otros pintados con un corcho quemado, como este incansable escribidor, le daban al candombe y al ritmo «sabrosón» del milongón.

Las mágicas troupes siempre estaban rodeadas de la admiración y el cariño del pueblo. Los sitios de donde «salían» estaban llenos de gente.

Como las que dirigía el «Lito» Carmelo Imperio, «Farándula de Momo» y «Momento Musical». Sus ensayos en la vieja sede del Sud América, en Agraciada y San Martín. También «La Moderna», del maestro Pietrafessa, una troupe que conmovía las esquinas por las primeras décadas del viejo siglo. En todas estas, la audacia y el entusiasmo, nos llevó a «meternos» en sus coros y cantar con todas las juveniles ganas de, aunque ahora cueste creerlo, el muchachito que una vez fuimos.

Aún nos vemos rumbeando para Ramón Anador y Talcahuano, «tomarnos una» rapidito, sin que el maestro Pietrafessa nos viera, y ensayar muchas veces «La Canción del Pirata», aquel tangazo que se dio el lujo de enfrentar al tema «Adiós mi barrio», de la brillante troupe «Oxford».

Más troupes ensayando. Más recuerdos allá por Larrañaga y Avda. Italia, con «Derecho Viejo», del genial Vicente Conti o «La Centenario», de Romanelli, también en la sede de la IASA.

Luminosos carnavales del ayer. Sus resplandores nacieron de los sacrificios de esos bohemios, en largas horas de ensayos. Ellos vivieron y soñaron «los días de oro» del Carnaval. Ahora, en estos nuevos tiempos, «despiertan» otra vez para iluminar a las nuevas genera
ciones, que están «al toque» para impregnar a Montevideo de más y más de ese elixir, siempre joven del eterno Carnaval.

Los esperamos, todos los sábados y domingos a las 19 horas en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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