Aquellos cafés y boliches del viejo Montevideo
No era el de antes, pero igual mantenía el espíritu de una época. De unos lejanos días cuando en sus pequeñas mesas y butacones, principalmente en el local de Plaza Libertad, los soñadores le daban a los pocillos. Se cambiaban viejos libros. Hablaban de Faulkner y Celine, mientras se veían sobre las mesas las tapas de discos de Charlie Parker y los más antiguos de Charlo y Gardel.
En el querido «Soro», las horas y las madrugadas pasaban entre la nebulosa de los tabacos y los sabores del aromático café. Todo el Montevideo noctámbulo y bohemio «recalaba» por allí. La mayoría desconocidos pero también algunos personajes con una par de libros publicados, como Benedetti, o un flaco misterioso, siempre de traje y corbata oscura, que iba muy poco, y se llamaba Onetti.
La memoria, por momentos, tan negra como el café, también quiere volver a esas mesas. Retornar a todas las mesas de boliches y cafetines, donde el veterano que hoy la lleva a cuestas, deambuló en sus años jóvenes. Y esa memoria se aclara, agarra impulso y nos larga a caminar por los «santuarios» de la noches de antes. Una pila de sitios que nos cobijaron, cuando la sangre era joven y el cuerpo aguantaba el trote de los trasnoches. Y eso que al día siguiente estaba el laburo, pero la bohemia tiraba y con la barra fraterna no aflojábamos.
Estamos en los inicios de los 30. Por esos años arrancamos esta caminata junto a los lectores cómplices, por los cafés que conocimos. Esos que un tiempo atrás, al decir de Discepolín, mirábamos con «la ñata contra el vidrio» tiempo atrás, finalmente eran nuestros. Algunos famosos, otros no tanto, pero son nuestras vivencias y la de una «troja» de veteranos que los trillaron hace pilones de años. Distintas calles y barrios, con sus queridos boliches. Ahora «recuperados» por el solo acto de hacer fuerza, de sentir dolor y recordarlos. Giran las cucharas de café, los gruesos vasos se llenan de clarete, las copitas desbordan de ginebra de porrón, ¡vamos arriba! que el olvido no existe. Esbozamos una tenue sonrisa, y la bandera de largada se levanta para este «metejón» de recuerdos.
Arrancamos rápido, unos pasos y estamos en Agraciada y Zufriategui. Por las instalaciones del coqueto café y confitería «Del Molino». Con sus clientes de alcurnia que vivían en las cercanas casonas del Prado, alternando con los capitalistas clandestinos que «bancaban la timba» de loterías, quinielas y carreras. Whisky escocés para los bolsillos gordos o caña y ginebra para los que lo frecuentaban por el imán de las damitas, que todas las tardecitas tomaban el té con masitas.
El asunto se venía con «tutti», por las luces del centro y por allí agarramos. Sitios que eran la «antesala» de la visita a los cabarets. Noches de viernes o sábado por Andes y Colonia. La presencia de «Las Cuartetas», gran local con entradas por Andes y la Plaza Independencia, mostraba un incesante trajinar de parroquianos por sus gastadísimas mesas. Se apuraban las copas, mientras esperábamos al amigo, siempre rezagado. Todos hacían tiempo escuchando a los guitarreros y «vichaban» por las pioneras «maquinitas» traganíqueles que mostraban pedacitos de películas francesas, con señoritas ligeras de ropas que siempre sonreían y hacían ingenuas «caídas de ojos».
Enfrente, estaba el pequeño pero «querendón» bar «Yo-Yo». Pegado al Sport de Maroñas, en las horas del día se convertía en un bastión de apostadores con el suplemento de turf debajo del brazo, y bebiendo litros de café para calmar sus angustias por los «matungos tan lerdos». En la noche, grappa con limón y caña, de la buena, siempre lleno de gente. Atendidos por sus dueños, los hermanos Rodríguez, que hacían «llorar» la medida de la sabrosa añeja. Parados en la vereda, sobre la puerta, cantaban los imitadores de Floreal Ruiz o de Alberto Castillo. Sólo entraban cuando los clientes, emocionados por sus tangos, les mandaban la vuelta. Uno de sus dueños decidió abrir un local en la zona de Maroñas, «El Missouri», frente a las populares llamadas «la perrera», por Guerra y Echegoyen. Un boliche para festejar si había aciertos o para ahogar las penas si se rompían muchos boletos. Copas para el consuelo y agarrar, a fuerza de bronca, energías para la revancha que siempre estaba ahí, esperando luego del sacudón de la última carrera.
Pero volvamos para las luces del centro. De la mano de la memoria que hoy, muy triste por el cierre del «Sorocabana», se nos puso bolichera, con gusto a copas y buenos cafés. En esquina con la Plaza Independencia, frente al Solís, estaba «El Tupí». Rodeado de mesitas en la vereda, protegidas por un toldito veraniego. Siempre al sentarnos, nosotros los muchachos de barrio mirábamos para los costados y hablábamos bajito. No queríamos molestar a un enigmático caballero, elegantísimo, que escribía y anotaba versos en montones de hojas en blanco que tenía a un extremo de su solitaria mesa. Luego, supimos que se llamaba Sabat Ercasty y que era un poeta que escribía de ninfas y dioses griegos pero sintiendo palpitar muy fuerte su «cuore» montevideano. También lo frecuentaban actores, muchos extranjeros de compañías teatrales que andaban por Montevideo y actuaban en el Solís. Es que ellos tampoco querían perderse el famoso encanto, conocido hasta en París, del café «Tupí Nambá». Un día corrió como reguero de pólvora, por nuestro barrio de Bella Vista, que la espectacular Josephine Baker estaría de noche en el «Tupí». Fue imposible siquiera cruzar la Plaza Independencia. El revuelo espectacular y sin límites abarcaba hasta las inmediaciones del Palacio Salvo. Epoca de oro del viejo «Tupí» y su ambiente pleno de «glamour» reconocido en todo el mundo. En una de sus mesas un día nos prestaron un libro que nos dijeron era pornográfico. No lo leímos todos ya que era larguísimo y el laburo nos apretaba. Pero una noche nos arrimamos a una mesa donde tres o cuatro tipos hasta se agarran a las trompadas, defendiendo unos, criticando toros, a ese libro marcado por la polémica.
Dejamos atrás el mundo cultural del «Tupí», bajamos por Ciudadela y nos vemos subiendo la añosa escalinata del viejísimo Mercado Central. Vamos rápido, con la «garganta seca». Al fondo, pasando las pescaderías y carnicerías estaba el tradicional «Fun Fun». Su viejo estaño, donde emanaba mágicamente la rica «uvita», albergó políticos y artistas del tango como clientela destacada. A todos les gustaba entreverarse con los maestros Canaro o D´Arienzo, sus músicos y cantores. Todos estos adeptos de ese entrañable lugar. Pero el hechizo lo había creado Gardel, un incondicional de ese boliche. En sus visitas a Montevideo siempre lo visitaba, rodeado de sus incondicionales admiradores, obreros de overol, jugadores de fútbol y artistas bohemios que se quedaban en el fondo del mercado. Diferentes e iguales, se «acodaban» en el mostrador que atendía, con «gran carpeta» y clase, el señor López.
Quedan aguardando turno otros cafés y boliches. Los queremos compartir con «los lectores cómplices». El cierre del «Soro», nos motiva a meterle con todo a «la matraca de la memoria». No queda otra que «hacer molde» y dejar que diga lo que quiera. Más ahora que está «cabrera». Hay que «bancarla» y seguirle el tren en su caprichoso juego. En su paseo por los viejos cafés y boliches del Montevideo de antaño.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, Emisora del Siglo y también los domingos en LA REPUBLICA con más «Prohibido para Nostálgicos», con el auspicio del Departamento de Cultura de la I.M.M.
Coordinación: Angel Luis Grene
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