La ciudad desnuda

Comida rápida

Modesto, de 52 años, alto y flaco como una caña de azúcar, fue albañil, luego peón de mudanzas y más tarde cargador de cajones en el Mercado Modelo. Vive con su esposa, Maruja, de 49, en un rancho de costanero y chapa que encontró abandonado cerca del Aeropuerto de Carrasco.

Con Maruja tuvo dos varones, Modesto y Sergio, pero ya los perdió de vista. Dice: «Modesto se fue a trabajar a Salto, en la naranja, cuando recién había cumplido 17, y no volvió. Sergio, un año mayor que Modesto, agarró para Buenos Aires y tampoco volvió. No sé dónde estarán ahora». Dos lesiones en la columna le impidieron seguir cargando cajones y desde entonces hace changas livianas mientras gestiona la jubilación. El pasado octubre consiguió empleo «suave y permanente». Cuenta:

«Es en una casa de Carrasco, grande y con piscina. El dueño tiene cuatro perritos y yo los paseo todos los días menos sábados y domingos, que tengo libre. Los saco, los traigo de vuelta, les doy de comer en el jardín y me voy. Son cuatro horas de laburo fácil. Los baña una señora contratada para eso y de vez en cuando viene un veterinario a revisarlos y también un peluquero especial para ellos. Son Chihuahua. El patrón me da para el boleto y me paga 200 pesos todos los viernes. Como sabe que tengo un perro, los viernes me da una caja de esas cosas que comen los de él. Se las mandan de Estados Unidos. Son unas bolas verdes que parecen albóndigas. Le di al perro mío pero no quiso.

Yo sí les entro. La caja tiene 24 y me dura toda la semana. Ya vienen listas para comer. Comida rápida para los perritos, las llama mi patrón. Y sí, son para perros, pero qué querés… Con lo que gano, no me queda otra. Fijate que con esas cosas me ahorro un montón porque sólo tengo que bancar el arroz y los fideos para mi mujer».

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