Los Reyes Magos en el viejo Montevideo

Todo lo hacen en silencio, e intercambian sonrisas cómplices con otras sombras que están entrando a la casita de al lado. Es que estamos en la víspera del Día de Reyes y nuestra memoria, también luz, también sombra, nos quiere iluminar sobre cómo era esa jornada por las primeras décadas del viejo siglo.

Todos los padres se cuidaban de no romper el encanto, la inocencia de ese mágico día de los Magos del Oriente. De ahí, la preocupación de todos los vecinos que tenían niños, por cuidar que no se quebrara el encanto. Había una mutua ayuda, como toda aquella solidaridad barrial, que permitía que cuando había un paquete muy grande, se pudiese guardar en la casa del vecino. Así evitar la curiosidad infantil que, por esos primeros días de enero, estaba alborotada.

Los regalos los compraban los mismos padres o algún abuelo. La idea de concurrir con los niños pequeños a las jugueterías resultaba totalmente descabellada. Es por esto que veíamos a los adultos, vestidos de trajes veraniegos, recorrer las secciones de juguetes de las grandes tiendas del momento. El «London París», el «Bazar Mitre», la «Tienda Salvo», el «Bazar Colón» o Introzzi, permanecían abiertos hasta la madrugada de esas vísperas de Reyes.

Caballeros, con sus sombreros en la mano y damas abanicándose por el calor, deambulaban bajo la tenue brisa de algún enorme ventilador de techo que se movía lentamente. Esas serias personas cambiaban opiniones con los vendedores, de infaltable corbata y un chalequito, sobre los precios. Y, a cada rato, miraban unos papeles que tenían en sus manos. Allí con minúsculas palabras, sus hijos habían escrito la «cartita» a los Señores Reyes. Cada uno compraba lo que sus bolsillos le permitían. Pero todos, como ayer, como será siempre, hacían lo imposible por cumplir con los pedidos de los que esas horas dormían, muy ilusionados.

Comercios como el «London París» tenían reparto a domicilio y si se lo había visitado unos dísa antes, cumplían con el traslado. Sus «cachilas» con grandes carteles de la empresa a los costados, visitaban sigilosas los barrios. Y hasta en esa misma noche entregaban, con suma discreción, los paquetes de los regalos. Como eran «pedidos a los Reyes», era lógico que no paraban en la puerta de la casa y al bajar los paquetes, esos empleados de sacos color crema, también participaban del secreto que todos se cuidaban en no romper. Un acuerdo, una tradición, por hacer las cosas relacionadas con los Reyes, en «puntas de pie» y muy callados.

Los chiquitos se habían acostado muy temprano. Esa tarde sus padres no habían tenido que «luchar» para sacarlos del «potrero» de la esquina y sus pelotas de trapo. Cumplían con el ingenuo rito de los zapatitos en la puerta del cuarto. Y un poco de pasto, y una latita con agua para los cansados camellos. Luego, a cerrar los ojos muy rápido para que el sueño hiciera más corta esa noche que aún ahora, cuando son muy viejos y les da por ser «escribidores», no pueden ni quieren olvidar.

En «la alta noche», como la llama el poeta Arbeleche, las sombras se cruzaban en el barrio silencioso y en penumbras. Si los regalos eran grandes, como aquellas tradicionales hamacas de pie, se las armaba entre varios vecinos que ayudaban, sin hacer barullo. De a poco, entre las flores del jardín, la fragancia de los jazmines y los árboles frutales, aparecía una roja y gran hamaca de madera. Muy quietecita al principio, pero luego comenzaba a «moverse» un poquito, como si la Luna y las estrellas de ese 6 de enero también quisieran hamacarse en ese juego que para muchos ya es un símbolo de los viejos tiempos.

Una roja hamaca de madera. Una imagen que derrite las paredes de los años. Que llega desde la patria de la infancia que todos alguna vez, aunque parezca una eternidad, soñamos y habitamos. Una roja hamaca que está allí, moviéndose despacito, esperando a que el botija despierte y de un saltito, la trepe para hamacar su vida y sus ilusiones infantiles.

Pero en otras partes de aquel Montevideo de antaño, el secreto de esa noche se compartía con los tambores para homenajear a los Señores Reyes. Como en el querido conventillo «Medio Mundo» donde esa víspera el tambor de los negros atronaba para saludar a San Baltasar, uno de los santos protectores de los barrios Sur y Palermo. Esas comunidades de negros seguían tradiciones nacidas en la época colonial. Cuando en la Noche de Reyes, sus lonjas sonaban fuerte. Para que aquel Mago de Oriente, un hermano de piel, los liberara de sus infortunios.

Con esa tradición libertaria en la sangre, el «Medio Mundo», se movía al ritmo de «los parches» de tamborileros que, hasta en sus atuendos, evocaban al querido San Baltasar. Luego, en las piezas que rodeaban el patio de piletas y malvones, aparecían los regalos. Muy humildes, como esa misma gente. Pero con la alegría que iluminaba la cara de los morenitos que en la mañana saltaban por todo «el convento», por todo el Reus al Norte, hasta la rambla y sus campitos. Pateando pelotas, empujando monopatines o con sencillos muñecos de trapo. Llenos de colores, como el alma de esa misma gente. Por el Cordón, en Sierra y Paysandú, en «el conventillo» de la cuadra se armaba un lindo bailongo de Reyes, en la tarde del 6 de enero. Con la botijada contenta con sus nuevos juguetes. En su mayoría de madera, comprados con los pocos vintenes que tenían esos vecinos, en las dos carpinterías de a la vuelta. Por Tristán Narvaja casi el puente, los favoritos eran los carritos de cuatro pequeñas ruedas. Los más grandecitos podían cargar hasta dos pibitos, que se dejaban pasear por su padre o un hermano mayor que tiraba de la manija de hierro. Esos carros se veían por todo el Cordón, haciendo divertir a los niños que, al rato, los llevaban hasta la Plaza de los Bomberos, y les decían a todos que «se los habían traído los Reyes».

Unos más, otros menos, pero a todos les llegaban los regalitos de los Magos del Oriente. Cuando se podía, una caja llena de soldaditos de plomo o una hermosa muñeca de porcelana. También, patines para practicar en el Parque Capurro y su famosa pista. Cuando los bolsillos estaban flacos, la magia igual se mantenía. Con cajas de bolitas y «bochones» de vidrio, muñequitas de trapo hechas por las mismas abuelas o «una guinda» de «gajos y piripicho», no muy grande, pero igual «de rechupete» para darle «de punta» en la esquina.

Todos manteniendo cuidado en que no se revelara el misterio. Que los pibes vivieran un poquito más en su universo de la infancia. Creyendo en el milagro de la Noche de Reyes. Que llegaba por igual a las familias que podían visitar el «London París» o el «Bazar Mitre», o a las que se arrimaban a las carpinterías del Puente, allá por el añejo Cordón y sus juguetes de madera.

El veterano escribidor también cree en los misterios. Con todas sus fuerzas cree en las alegrías de aquellas noches de Reyes. Sus recuerdos inundan de un dulce sabor a la memoria compañera. Es que sabe que aun en estos primeros días de un Nuevo Milenio, siempre habrá alguien que recupere aquellas viejas magias.

Como escribió en su «Alicia» el maestro Lewis Carroll: «Otros niños lleglarán un día, con mirada atenta y el oído abierto, para oír la historia donde todo es bello». Historias como las de aquellos Magos del Oriente que todos los años vienen despacito, a alimentar la inocencia que es la misma vida en la patria de la infancia. Otros niños, para creer en esas historias donde todo es bello. Y luego, iluminar las calles de Montevideo, saltando y jugando con los regalitos que esos señores de largas barbas y sus cargados camellos, les trajeron en una noche silenciosa. Una mágica noche donde por una vez, al menos, los sueños se volvieron realidad.

Los esperamos todos l
os sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM

Coordinación: Angel Luis Grene

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