La lengua no es de trapo...

A favor de las transgresiones a las normas

Hace unos días, fui consultado a propósito de una noticia sobre la muerte por envenenamiento de perros y palomas en la zona del Parque Rodó. El periodista quería saber si se podía hablar de asesinato de animales ya que todo indicaba que había habido intencionalidad manifiesta en la muerte de esas criaturas inocentes. «Descarté la palabra homicidio, por supuesto, pero me queda la duda de si es correcto hablar de asesinato cuando las víctimas no son seres humanos; y antes que me escraches en tu columna, te consulto», me espetó mirándome con descofianza. «Dale pa’ delante», fue mi respuesta segura; y agregué: «los que matan bichos porque sí son unos zoocidas asesinos».

Por las dudas, consulté el DRAE donde se nos ilustra de la siguiente manera respecto de asesinar: «Matar a una persona con premeditación, alevosía, etc.» En sentido estricto –y ateniéndonos a la definición del diccionario– no correspondería el uso del término referido a animales pues parece limitado a personas. Sin embargo, sigo sosteniendo que por extensión puede perfectamente aplicarse, en determinadas circunstancias, a ciertas especies animales y en última instancia, a los seres vivos en general. Cuando se hace referencia a la tala innecesaria de árboles, ¿no se habla a menudo de árboles asesinados?

Obviamente que al aplastar una cucaracha a nadie se le ocurriría decir que la misma fue asesinada, así como tampoco podría sensatamente usarse el verbo asesinar cuando alguien mata una víbora que estaba a punto de morder a un niño, por ejemplo. Pero exceptuando estas situaciones bastante claras, cualquier otra matanza de animales podría encajar en el concepto de asesinato mientras haya premeditación, alevosía y falta de motivo razonable para interrumpir el ciclo vital de una criatura.

Si nos mantuviéramos rígidos ateniéndonos exclusivamente a los dictámenes del diccionario, el lenguaje sería aburridísimo y los poetas estarían jodidos. Perderíamos un altísimo porcentaje de expresividad, esa que se logra precisamente transgrediendo ciertas normas o soslayando –y variando– la estricta semántica de los vocablos.

Si nos atuviéramos estrictamente a las normas, el lenguaje figurado no existiría y estarían proscriptas expresiones tales como sed de justicia, hambre de gol, me dejó helado, te cagaron, palabras lacerantes, una mina con polenta, una respuesta tajante, etcétera, etcétera.

–¿Qué opina, Pereira?

–Y sí. Cuando maté el chancho pa’ fin de año me vino un remordimiento que tuve que mamarme bien mamao pa’ no pensar…

–¡Qué hombre sensible! ¡Qué lo parió!

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