Un Fin de Año de aquellos
Los festejos de unos sencillos vecinos de la vieja Montevideo. Sus costumbres para festejar un fin de año de aquellos. Pasada la Navidad, en todos los barrios populares entraba el nerviosismo por la forma de preparar el recibimiento del nuevo año.
El ambiente venía bastante «picadito». Es que con el 28 de diciembre en el medio, por entonces, muy popular, todos agarraban para el jolgorio y las chanzas. Las bromas del día de los Santos Inocentes eran practicadas por todos. En cada hogar, fábrica o taller, retumbaban las carcajadas con los que «caían como angelitos». La frase «que la inocencia te valga», se repetía en boliches y calles. Y esa gente laburante de todo el año se divertía de lo lindo. Agarraba «polenta» para sus fiestas de fin de año. Populares, compartidas por todos los vecinos en días de puertas abiertas y ventas sin gruesos barrotes.
Lo colectivo marcaba el perfil de esos festejos «findeañeros». Todo el barrio, toda la cuadra latiendo como un solo corazón. Los que se habían unido en su lucha por «el mango» durante todo el año. Los que pertenecían a «la ley del yugo». Los que comían con lo que ganaban, entre trabajo y sudor. Esos «hombres jornaleros», como les gustaba llamarlos el poeta Miguel Hernández, ahora estaban también muy juntos, unidos como siempre, viviendo tiempos de alegrías compartidas. De festejos por despedir un año y de laboriosa esperanza, para recibir un tiempo nuevo.
Algo distinto, una manera de recibir el año que se olvidó, era el organizar una excursión con los vecinos de la cuadra a un sitio, ahí nomás, cerquita de Montevideo. Se buscaba que todo ese manojo de familiares y vecinos vieran el año nuevo en un lugar distinto. No muy lejos, lo principal era que cambiara sus rutinas, las que les imponía el duro «yugo».
Por eso es que la Estación del Ferrocarril, el 31 a partir del mediodía, estaba que reventaba de muchísima gente por todos sus rincones. Hombres, mujeres y niños, con paquetes. Los veteranos cuidando una bandeja por donde asomaban las orejas de un adobado lechoncito. Y la muchachada con guitarras y acordeones, porque siempre todo terminaba en música y bailongo.
Sus destinos favoritos eran Santa Lucía, las sierras de Minas o los cerros de Piriápolis, que fueron muy promocionados en folletos que repartía por todos lados el enigmático pero muy convincente, señor Piria. Si podían alquilaban una cabaña por día si no, total era sólo una noche, se acampaba. Lo esencial era que el amanecer del nuevo año nos encontrara muy juntos.
Aquellas locomotoras de vapor, arrastrando muchos vagones y sus bullangueros pasajeros, parecía que «rezongaban» y los foguistas le metían leña y más carbón para llegar rápido a sus destinos.
Pero otros que también se «piantaban», preferían alquilar un camioncito entre todos. Su propietario, un italiano de grandes bigotes «mostacholes», le colocaba varios tablones que hacían de bancos. Salía de la esquina repleto de familias y no paraba hasta la hermosa orilla del Santa Lucía. En la organización de esas excursiones participaban los llamados «clubes sociales». Aunque también los preparativos se hacían en los boliches esquineros, entre ginebras y pocillos de café.
Los vecinos se trepaban, ya sea al ferrocarril o al camioncito, llevando sus canastas con «pascualinas», milanesas napolitanas que les habían enseñado los italianos verduleros, con tiras de asado o rellenos pollitos que se asarían en improvisados fogones al aire libre.
Partían de Montevideo, la querida Vieja Capital, entre los acordes y las voces de los guitarreros o con las músicas de acordeones y sus «tarantelas» «canzonettas» o tangos de pura cepa. Todo sea por darle la más franca alegría al recibimiento del Año Nuevo. Como escribiera el maestro tanguero Tavarozzi, se vivía la esperanza que a todos nos brindaba un «almanaque de ilusiones». Nuevos días de los que se esperaba solamente trabajo y salud, para estar juntos y seguir unidos en esa gran única familia que era el viejo barrio.
Las cuadras de esa ciudad por principios de los 30, y sus casitas «de lata por fuera y por dentro de madera», al decir del entrañable Falco, quedaban algo vacías. Pero había otras personas y sus familias que habían decidido quedarse. Le daban «con tutti», para no ser menos y también recibir el año con mucha algarabía. Esa gente, ya en la tardecita del 31, tenía en todos los árboles de la cuadra, sus parlantes «de corneta». Como un fuerte viento que no paraba hasta el amanecer, comenzaban a sonar los tangos del maestro Firpo o las milongas de Panchito Cao. La cosa «pintaba» por el lado de unos bailes en la calle, que ahora siguen sonando en la memoria con tal fuerza que sabemos que si nos levantamos y miramos por la ventana, allí estarán esas parejitas. Pibas de negros rulos o de «melenitas de oro» y sus galanes de bigotes finitos y peinados con brillante gomina. Es como si nos dijeran «Â¡Dale Luis, vení con nosotros, largá ese lápiz, largá!». Pero nos quedamos en «el molde» y seguimos contando viejas historias a los «lectores cómplices».
La memoria está «al mango». Gira que te gira, nos tira sus imágenes de esos días de Fin de Año. «Chapamos» las que podemos y las hacemos una postal. Como esos pibes «mandaderos» que se hacían unos vintenes, llevando regalos de aquí para allá. De una casa a la otra. Hasta de un barrio a otro. A puro «patacón» o meta pedal en sus rápidas «chivas». Bicicletas que surcaban la barriada con pibes haciendo sus primeros trabajitos.
También allí tenemos un montón de enormes almanaques de cartón, con imágenes de Gardel, la Dietrich o Chevalier, que todos los comercios regalaban. O «las pantallas» para abanicarse, con los días del calendario, que las abuelas usarían entre los calores del Parque Urbano, del mágico Rosedal del Prado o las terrazas del Parque Capurro, mientras miraban a sus nietas que patinaban en la cercana pista.
Por esa época del año abundaban las rifas que tenían su sorteo justo el 31. Como la que orbanizaba el Centro Popular y Recreativo «El Moscón», de Uruguayana y Larrobla, que tenía como premio un espléndido reloj pulsera Omega. También las que se hacían en los boliches, que entregaban a los ganadores un lechón asado o un par de botellas de un vinito casero que se las traía. El sastre judío del barrio no se quedaba atrás y rifaba entre sus clientes un «corte» de casimir inglés que luego, hecho un compadrito traje, servía para que el ganador hiciera «pinta» en el Tabaris o en Chanteclair. Algunos sofisticados, otros humildes, pero premios al fin, para vecinos que se sentían felices en esos tiempos de fin de año.
Por los días finales de diciembre, también muchas familias aprovechaban la ocasión para sacarse una foto todos juntos. Padres, hijos y abuelos, marchaban para la calle Rondeau y Uruguay, donde los esperaba el señor Silva, o por Agraciada y San Martín, donde estaba el otro fotógrafo de moda, el señor Toja. Maestros de la fotografía que con su arte de «el retoque», lograban espléndidas postales que engalanaban el álbum familiar. Meses de diciembre que todos querían eternizar en una foto muy juntos. Y más si había nacido un nuevo integrante para engrosar el clan.
En una de esas fotos hay un niño que sonríe con melancolía. Hoy, en un Nuevo Milenio, sigue sonriendo pues agradece a Dios el montón de años que lleva sobre sus hombros. Pero su lápiz no se detiene, y seguirá en los nuevos tiempos contando historias de los días del ayer.
Decía Schiller que «sólo la fantasía permanece siempre joven». Por eso el viejo escribidor sigue metiendo duro y parejo. Para creer en su magia chiquita de palabras y más palabras. Que nos hablan de gente y sus
sencillas alegrías de hace muchos años. Como si el tiempo no hubiera pasado y ellos, entonces sí, gracias a sus esfuerzos, siguen a nuestro lado. Festejando un nuevo siglo y la llegada del Milenio, la era de Acuario.
Con muchas esperanzas para todos, para «los lectores cómplices» y para los compañeros de tareas de LA REPUBLICA. Un muy fuerte abrazo para creer en nuestras fantasías y que todos las puedan hacer muy reales.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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