La Lengua no es de Trapo

¡Qué lo parió con promociones e influencias!

Juan Mendieta

El polígrafo coceador don Sarandy (Pancho) Cabrera se ocupó en su última columna de los curiosos mecanismos mediante los cuales la gente va inventando neologismos perfectamente innecesarios.

Pistola en mano, se abalanzó sobre el curioso verbo promocionar, señalando la demencia que lleva de promover a promoción y de este a promocionar.

Pero no es este el único caso, por desgracia. Los hay en abundancia cómodamente instalados en el habla (y en la lengua, según el concepto saussuriano). Véase si no el entronizamiento de influenciar (como derivado de influencia) en desmedro del primitivo influir absolutamente desplazado, relegado y olvidado. Cómo será la cosa que hasta la Real Academia Española hubo de admitirlo finalmente, forzada por la irresistible presión de la masa hispanohablante. Esperemos que no comience a usarse el sustantivo correspondiente que no sería otro que influenciamiento.

Algo de esto ha sucedido con posicionar y posicionamiento, dos inventos relativamente recientes, ante los que la Academia también ha sucumbido olvidando que existen los vocablos posición y ubicar(se).

Qué decir, asimismo, del Ministerio de Transporte cuando se propone concesionar la Terminal de Contenedores. Estamos ante otro derivado perverso, en este caso, de concesión, sustantivo de conceder, verbo este último que parece no cotizar en la bolsa. Hay que reconocer, empero, que el neologismo tiene algo de lógica puesto que supone un matiz diferenciador que agrega precisión al concepto expresado por el primigenio conceder. Concesionar tendría un significado muy concreto que sería otorgar a particulares el usufructo de un bien para su explotación comercial o industrial, o de cualquier otro servicio público mediando el cumplimiento de ciertas obligaciones. Así que por más que a los puristas les ponga los pelos de punta, no soy contrario a que se emplee tal verbo extraño, aunque sí soy contrario a las privatizaciones, vale aclararlo.

Claro está que si nos ponemos demasiado permisivos, debiéramos aceptar que del sustantivo pretensión –vinculado al verbo pretender— se creara el verbo pretensionar, y de este, el sustantivo pretensionamiento, lo cual constituye un atentado al idioma, al buen gusto y a la inteligencia.

–No sé si está de acuerdo conmigo, Pereira, en que es un atropello a la razón.

–Talmente como dice el tango: «Â¡Qué falta da atropello, qué respeto a la razón!» Y ahora, ¿nos tomamos la otra? Digo, pa festejar la llegada del milaño.

–Se dice milenio, Pereira.

–Bue, entonce, ¡Feliz enio nuevo!

–¡Qué lo parió!

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