"Una historia de Navidad, allá muy lejos"
Por Luis Grene
Es que ese chiquilín es una mágica aparición de este caluroso y húmedo diciembre. Como aquellos fantasmas gentiles que se le aparecen al protagonista, al solitario y gruñón señor Scrooge. Que al final lo convencen de que «la Navidad es la época de cariño, de perdón y de caridad». Ese pibe es también «un espíritu navideño» que, desde la esquina de su barrio, está diciendo a los que pasan, a todos los montevideanos encerrados en sus problemas, que estamos en tiempos de fe. Y que junto a él y su muñequito, un «judas» del nuevo milenio, también hagamos una tregua y le demos una oportunidad a las esperanzas.
Y en medio de la crisis económica, del desempleo y la emigración de la muchachada, también nosotros decidimos hacer «un alto». Le damos manija a la matraca de la memoria y gracias a ese pibito, a todo lo que nos sugirió su encanto esquinero, nos largamos a contar una historia de Navidad. Hecha con pedacitos de lo mejor que sabe hacer el viejo que escribe. Hablar de cómo fueron las cosas en los lejanos días del ayer. Para que sus fieles «lectores cómplices» viajen, junto al veterano, a los viejos tiempos. A otras navidades y sumen sus vivencias a las que este hombre terco cuenta y cuenta, siempre incansable.
Con el botijita a nuestro lado, vemos que en esa esquina todo comienza a brillar muy fuerte y, de golpe, se ven tranvías, señores de ranchos de paja y damas de largos vestidos. Estamos por los inicios de la década del 30 y todo el barrio se prepara para la Nochebuena.
A la puerta del boliche «La Recalada», en Agraciada y Asencio, llega un sonido de rueditas de un pequeño carro hecho con un cajón de queroseno. Lo arrastra, tirado por una piola, un chiquito de remendados pantalones. Del interior del cajón, salen los brazos y la cabeza, con ojos hechos con dos botones, de un «judas» de trapo. Es que los niños tenían la costumbre de trasladar un gran muñeco de tela, relleno de lana de colchón, por todas las puertas del barrio.
El carrito y su «judas» viajero se paraban por todos lados y la frase sonaba ingenua y juguetona, «un vintén pa’l judas». Los niños ponían las moneditas en una lata que apretaban en sus manos. En ese recipiente que había sido una lata de yerba, ahora sonaban las monedas. Las juntaban porque a la medianoche del 24, ese personaje hecho de géneros y trapos, explotaba y ardía en las calles, repleto de petardos y luces de bengala.
Había muchos en cada barrio y a las doce de la noche, cada «barra» de botijas quería que su fogata y explosiones del «judas» quemándose, fueran las más bullangueras. Los vecinos se arrimaban y los regaban con una ginebra que al chorrear sobre el fuego, hacía que los muñecos lanzaran chispas y más llamas y humo. Algunos italianos de la cuadra tenían la tradición de arrojar a las llamas del «judas» algunos papelitos con los nombres de personas que ellos creían eran los «jettatores», los que traían mala suerte y así alejar esas «mufas» para siempre.
Esa «Canción de Navidad» de la que escribió Dickens, sonaba en cada hogar de aquellos barrios populares de antaño. Su música late en nuestra memoria y obliga a que el escribidor «haga molde», y no le quede otra que seguir llenando hojas de garabateadas palabras.
Ese espíritu de la Navidad, con sus amables apariciones, calaba muy hondo en esa gente humilde y laburante. Tenía la forma de un muñeco ardiendo, entre la algarabía de todos, pero también tomaba la forma de un corderito. Es que por los primeros días de diciembre, surgían infaltables en los empedrados callejeros, los vendedores ambulantes de pequeños corderos. Los vecinos los compraban para «engordarlos» y hacerlos a las brasas, muy adobados. Pero los niños y hasta los adultos se encariñaban con el animalito y llegado el momento de agarrar el cuchillo, nadie se atrevía. Se terminaba, de apuro, corriendo para la carnicería del barrio, a comprar unas «tiritas» de otros corderos que no habían tenido tanta suerte. Mientras en el fondo de la casa el corderito comprado era uno más de la familia. Esas historias se repetían en cada terreno donde con el paso de los meses, crecía muy saludable y querido por todos, un enorme y peludo corderito. Así, los vendedores ambulantes de esos animales fueron desapareciendo y, en su lugar, surgieron señores que, por encargo, ya los traían faenados y ¡santo remedio!
Pero el espíritu navideño hacía de las suyas en la vieja cocina, rodeada de tías y abuelas de floreados delantales. En ese rincón del hogar, con cariño y ternura, se elaboraba todo lo que se servía en la larga mesa del comedor, o bajo la parra del patio, con todo el clan familiar muy unido. Tiempos en que todo se hacía en casa, todo «casero». Aunque muchas señoras de la «vieja guardia» preferían hacer sus budines, roscas y turrones, en el «horno de barro» del patio. En el que todo el año hacían el pan de cada día, ahora lo utilizaban para «el pan dulce», lleno de dátiles y frutas secas. El que envuelto en un papel de colores lo obsequiaban a otros vecinos que, a cambio, les daban una sidra casera. Una dulzona bebida que bien fría, entre las barras de hielo, a todos nos ponía muy alegres. Pensamos que si Dickens la hubiera probado, su «Canción de Navidad» sería un concierto y sus fantasmas navideños se contarían por cientos.
La tradición de esos días era «pasar» la Nochebuena en la vieja casa. todos los hijos que se habían marchado lejos, llegaban a la casa de la infancia. Para compartir emociones y recuerdos, todos juntos y con «el cuore» a mil, entre las campanadas de la Iglesia y los petardos del llameante «judas».
La Navidad y sus viejas historias también se tejieron en las «misas del gallo», a las doce de la noche, ni un minuto más ni menos. Con un cura haciendo su oficio en latín y con pibes monaguillos tocando las típicas campanillas. Al rato, ese mismo sacerdote, compartía la mesa de las familias que lo invitaban. Entrando y saliendo de las casas del barrio, se quedaba un ratito en cada hogar. Charlaba de temas como el fútbol, la política o la guerra en la lejana Europa. También hacía algunos cuentos que ¿sería por la sidra casera del abuelo? estaban llenos de picardía y todos reían.
Hasta los que esa noche trabajaban, aun a ellos, también les llegaban los amables espíritus de la Navidad. Un tranvía, con varios familiares «rezagados», avanza entre los brindis de la gente en la puerta de sus casas. Se detiene en la clásica parada de Capurro y Agraciada. Al costado del «motorman» hay un canasto de mimbre donde los pasajeros ponían turrones, budines y alguna botellita. Para que ese conductor y el guarda al llegar a sus casas también sintieran que, a pesar de sus laburos, había un mensaje de Navidad.
Nos dice Dickens, en su cuento «Canción de Navidad» que «es un día del almanaque en que hombres y mujeres parecen estar de acuerdo para abrir sus corazones libremente». Como lo hacían antes los viejos vecinos de aquel Montevideo. Y como queremos que, a pesar de todo, lo podamos hacer en estos duros tiempos que estamos viviendo.
Un fraternal saludo repleto de esperanzas a todos nuestros «lectores cómplices». Y a todos los compañeros de LA REPUBLICA, un sincero deseo de Feliz Navidad y un mejor Año Nuevo, de parte de este veterano escribidor.
Esperando tiempos mejores, nos quedamos con el pibito de la esquina, con su «judas» de plástico, siguiendo con la matraca de la memoria y contando una larga e interminable historia de Navidad, allá en la Vieja Capital.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos» con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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