La esposa de uno de los pescadores que resultó muerto en la tragedia de Pajas Blancas rescató la chalana que protagonizó el naufragio
Ettore Pierri
La Taura II era de Inter Díaz, uno de los pescadores que el mar se tragó aquel jueves de triste recuerdo. Tras la muerte de Inter, su esposa, María Salvador, se abocó a la tarea de reparar la chalana, que había sido portadora del sustento diario.
María, madre de ocho hijos, subsiste alistando y encarnando palangres y lavando chalanas en la playa. Como tantas otras mujeres de la costa, ese es su principal aporte a los ingresos familiares, siempre escasos porque a quienes trabajan en el mar la pesca artesanal sólo les alcanza para ir tirando.
Desde el día en que Inter murió, María estuvo trabajando en Pajas Blancas y otros caladeros, siempre con la esperanza de reflotar la chalana, tarea nada sencilla para quien como ella dispone de pocos recursos.
Gracias al aporte de muchas familias de pescadores fue comprando madera, fibra y todo lo que se necesita para reconstruir la embarcación, gravemente dañada por la furiosa tempestad que precipitó el naufragio. Esa ayuda solidaria y su propio esfuerzo le permitieron hacer realidad lo que hasta no hace mucho era casi una utopía irrealizable. En la víspera dijo a LA REPUBLICA:
«Ahora sólo falta un poco más de madera, que se va consiguiendo poco a poco. Si todo marcha bien, pienso que a mediados de enero la chalana ya estará en condiciones de salir al agua».
Esa certeza le permite esperar un poco más tranquila el futuro, pero de ninguna manera logra mitigar la tremenda angustia que desencadenaron las muertes de Inter y sus tres compañeros, Miguel Angel Viera, Fernando Ciavaza y Heber Daniel Cabrera. Ni María ni nadie de la comunidad de pescadores dejará de sentir dolor por esas muertes ni por muchas otras que se dieron en naufragios como el de junio pasado. La vida sigue pero deja amarguras que jamás se olvidan. Por eso las heridas están y continuarán abiertas, marcando a fuego los verdaderos motivos de esas muertes que, como veremos, constituyeron una tragedia anunciada y evitable.
Sólo papel
Los antecedentes de esta historia se remontan a julio de 1992, cuando todos los sectores políticos coincidieron en considerar «alarmantes» las rudimentarias condiciones de seguridad que caracterizan el trabajo de los pescadores artesanales.
Era, sin duda, un descubrimiento tardío, porque en la pesca artesanal siempre se había trabajado al borde del riesgo de vida en todos los caladeros de Montevideo, Canelones y el resto del país. El pescador artesanal, huérfano de apoyo y asistencia técnica, jamás había contado con el respaldo oficial imprescindible para comprar los equipos de supervivencia que su oficio exige.
Pero en aquel crudo invierno de hace ocho años la inquietud por esa situación tenía un trágico punto de referencia inmediato. En efecto, poco antes, y también en Pajas Blancas, habían muerto en un naufragio los tres tripulantes de la chalana Pablo Daniel y ese hecho hizo que los sectores representados en el Parlamento unieran esfuerzos para evitar nuevos desastres.
Ese propósito se concretó el 15 de julio de 1992, cuando la Asamblea General aprobó por unanimidad la siguiente ley:
1. El Instituto Nacional de Pesca (Inape) tendrá a su cargo la estructuración de un sistema que permita incorporar al permiso de pesca artesanal los elementos necesarios para conformar un equipo de supervivencia, el cual será obligatorio, acorde con las reglamentaciones de la Armada Nacional, e incluirá necesariamente equipos de radio VHF, con el fin de perfeccionar las condiciones de seguridad.
2. Establécese que preceptiva y previamente a la concesión del referido permiso, la Armada Nacional deberá impartir, a través de sus organismos competentes, un curso de capacitación a los pescadores artesanales poseedores o aspirantes al permiso de pesca artesanal, que deberá acreditarse mediante la constancia correspondiente ante el Instituto Nacional de Pesca.
3. El Banco de la República Oriental del Uruguay (BROU) asistirá financieramente a quienes reúnan las condiciones exigidas por el Instituto Nacional de Pesca, a efectos de que los interesados puedan acceder al denominado equipo de supervivencia.
4. Autorízase al Poder Ejecutivo a subsidiar hasta en un 70 por ciento el costo de los equipos de supervivencia referidos, con cargo al producido de la venta de bienes pertenecientes a la Industria Lobera y Pesquera del Estado.
Una buena ley, sin duda, pero, sólo en el papel, como lo confirma el resto de la historia.
El olvido
Tras aprobar fácilmente el curso de capacitación que exigía la ley –innecesario para gente que lleva toda la vida en el mar– los pescadores iniciaron los trámites que les permitirían obtener los equipos. Sin embargo, no pudieron hacer mucho más porque, según les informaron, «no había dinero» para comprar los elementos de supervivencia.
Hasta hoy no se sabe qué sucedió con los recursos que según la ley debía entegrar el BROU. Sólo se sabe que el dinero no apareció y los pescadores quedaron tan desprotegidos como antes. Los famosos equipos de supervivencia estaban en la ley pero no en las chalanas.
El Poder Ejecutivo nada hizo para aplicar la ley aprobada por la Asamblea General. «Fingió amnesia», dijeron algunos pescadores luego de recorrer una y otra vez y sin lograr nada los complejos laberintos de la densa burocracia gubernamental.
Así planteadas las cosas, los pescadores iniciaron intensas gestiones para que el Parlamento hiciera cumplir al Ejecutivo la ley que la Asamblea General había aprobado, pero tampoco les fue bien y los equipos y el dinero no aparecieron. Sin otra salida a mano, los pescadores, quienes de acuerdo con la ley debían pagar sólo el 30 por ciento del costo de los equipos, ofrecieron hacerse cargo del importe total si el BROU les habilitaba una línea especial de crédito. Sin embargo, les dijeron que no y allí quedó todo. Ejecutivo y Parlamento seguían amnésicos. Y esa amnesía habría de tener dramáticas consecuencias para los pescadores.
El saldo
Empujados por la necesidad, los pescadores siguieron saliendo al mar. Víctimas del incumplimiento de una ley que en teoría debía beneficiarlos, continuaron trabajando con escasísimos elementos de seguridad, porque no podían hacer otra cosa. Dijeron a LA REPUBLICA, único medio que ha seguido paso a paso estos hechos :
«Se siguió saliendo al mar porque debemos ganar el jornal y si nos quedamos en tierra esperando que lleguen los equipos que nos prometieron, nos morimos de hambre. Así son las cosas. Así es nuestra vida».
Y lo que se temía sucedió. Mientras la ley violada y olvidada yacía en algún voluminoso archivo empolvado, el mar se tragó a más de 20 pescadores. Eran tripulantes de El Halcón de los Mares, Tropezón, Santa Cecilia, Odisea y otras chalanas que como la Pablo Daniel desaparecieron en naufragios registrados durante los últimos 10 años. Si la gente de la pesca artesanal hubiera recibido los equipos de seguridad, ahora no estaría lamentando ese triste saldo de la irresponsabilidad oficial.
La Taura II
El jueves 15 de 2000 amaneció tormentoso. No había buen tiempo para pescar y el temporal se acercaba peligrosamente a la costa de Pajas Blancas, uno de los dos caladeros más importantes que Uruguay tiene en el Río de la Plata.
El día anterior, los tripulantes de la chalana de Inter Díaz, Taura II, habían dejado 45 palangres en el agua. Allí estaba el jornal y debían ir a recogerlo porque la necesidad no espera.
El pescador artesanal vive al día, gambeteando las deudas, siempre asediado por todo tipo de problemas. Por eso no puede dejar pasar la oportunidad de ganar unos pesos, aunque para aprovecharla deba
correr riesgos.
Y por eso, porque necesitaban hacerlo, Inter, Miguel Angel, Fernando y Heber Daniel salieron aquel jueves tormentoso a buscar los 45 palangres que prometían un respiro entre tantas dificultades.
No llevaban a bordo el potente trasmisor VHF que permite comunicarse rápida y directamente con la Prefectura Naval en caso de emergencia, ni las costosas bengalas que se usan para dar aviso de un naufragio. No tenían nada de eso porque la ley de 1992 sólo existía en los papeles. Cuando el temporal estalló con toda su fuerza, el mar se los llevó para siempre.
Resurrección
La Taura II apareció en Playa Pascual, un día después del naufragio, en pésimas condiciones. Ahora está en San Luis, Canelones, 62 kilómetros al este de Montevideo. Allí la están reparando desde hace dos semanas.
El encargado de reparar a la chalana es Uberfil González, veterano carpintero de ribera. El Tito González trabaja a destajo, con afán solidario, para dejarla lista en el menor tiempo posible. El opina que en unos 15 días más puede quedar apta para salir al mar si el material que falta llega esta semana, tal como está previsto.
Darío Salvador, hermano de María, estará a cargo de la remozada Taura II. Darío es un pescador experimentado y su aporte será decisivo para que la chalana siga siendo una fuente de producción. Pajas Blancas está en plena zafra de verano y por eso será bueno tener otra vez a la vieja embarcación. Después, en el invierno, seguramente la Taura II emigrará a San Luis para continuar la búsqueda del jornal, siempre tan esquivo.
Mientras tanto, la vida sigue como siempre en Pajas Blancas, ahora repleto de chalanas que llegaron de San Luis siguiendo a los peces que en verano recalan en el oeste. Algunos días se pesca bien y otros regular o mal. Siempre ha sido así.
Toda la gente del caladero espera que la Taura II retorne con buena marea. Así, la familia que dejó Inter estará mejor y María tendrá más para los varones y las mujeres que trajo al mundo.
Ayer, cuando la entrevistamos, María estaba planeando un nuevo envío de madera a Tito. No quiere ni puede perder tiempo, pero sólo está en condiciones de hacer lo que le permiten sus posibilidades y el apoyo solidario.
Una de las cosas que necesita imperiosamente es un motor para la chalana. El que tenía se hizo añicos en el temporal que mató a Inter y sus compañeros. Se puede usar uno viejo pero uno nuevo es más seguro.
María espera que esta zafra deje más de lo que muchas veces quita. Si hay buenas caladas, toda la gente del pesquero vivirá mejor. No es siempre así. No es nada raro que la zafra venga mal y exija gastar más en comida y combustible que lo que se gana en el agua.
Mientras hablaba, María miraba hacia el mar que devoró a la chalana de Inter. El recuerdo de aquel fatídico 15 de junio no la abandona. Pero no la vence. Ella quiere seguir adelante. Reflotar a la Taura II es una afirmación de vida para María Salvador.
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