Prohibido para nostalgicos

La gran ilusión, entre boliches y timbas

Por Luis Grene

Los dados se agitaban, enérgicamente, en el vaso de cuero que golpeaban sobre la mesa de madera. Ojos ansiosos miraban las combinaciones de los números. Anotaban las cifras que iban saliendo y los apostadores, muy serios, seguían toda la noche dale que te dale. Muchas «ilusiones» de ganar unos pesitos. Aunque la mayoría, unas horas después, cruzaba la Plaza haciendo cálculos de cuánto habían perdido. Pero siempre volvían. Es que ese juego llamado «la generala» supo tener muchos adeptos en aquel rincón del Montevideo del Ayer.

Hoy, ¿será por «la chicoria» que nos azota a los uruguayos? la memoria quiere contarnos sobre juegos y «timbas» de los viejos montevideanos. La matraca del tiempo comienza a girar. Los años que partieron vuelven muy lentamente.

El veterano escribidor comparte «la gran ilusión» que tuvieron aquellos que «se amasijaron» de lo lindo en las populares «timbas». Los dados de la memoria abren su juego. Las palabras tratan de recuperar el tiempo de los boliches y la pasión, las esperanzas, las ilusiones por hacer unos mangos «de arriba».

En casi todos los barrios populares, en sus cafés y bolichones esquineros, no faltaban los que entre cañas y ginebras, se dejaban llevar por los juegos y las apuestas.

Ni hablar de las ya conocidas partidas de «conga» y «truco». Las cartas se barajaban, muy lentas, mientras los hombres armaban sus cigarritos de hojillas y tabaco. Para «el disimulo», anotaban con porotos o maíz pero atrás estaban los pesitos. Pocos, es cierto, pero pesos que «les dolían» a aquellos vecinos, en su mayoría de la misma cuadra. Humildes laburantes que habían caido en la magia de creer en sus ilusiones.

Lo distinto estaba en que alrededor de los verdes paños de los billares que tenían esos boliches, también se tejían las telas de la fortuna. Se timbeaba a las carambolas del «casín» o del popular «gofo». Cada golpe del «taco» de madera representaba algunos vintenes, de gente que aun siendo espectadora estaba «tanteando» su suerte.

No hablamos de boliches donde concurría gente «de ambiente» sino de sitios con personas del barrio que se dejaban llevar por la tentación de aquella doméstica fortuna. Alejada de los lujosos casinos o de las reuniones donde los «pitucos» y hasta algunos políticos muy conocidos de aquellos tiempos, armaban las «mesas de póker». Para esos vecinos la suerte los estaba esperando muy cerquita, ahí nomás, en los boliches de la cuadra.

Se organizaban campeonatos de truco patrocinados por marcas de vinos o de las llamadas «amargas». Recordamos que los premios más grandes venían con los auspicios de las hojas de afeitar «Ben Hur» o las tan conocidas, por esos días del medio siglo, llamadas «Legión Extranjera».

Aquellos viejos boliches montevideanos también ofrecían un juego manso, pero no carente de entusiasmo y muy merecedor de ponerle algún pesito y hacerlo más emocionante. A los fondos se construía una pequeña cancha de bochas. Una opción de entretenerse que tenía muchos fanáticos entre los abuelos y los más viejos del barrio.

De tardecita, el boliche en su frente era todo movimiento, pero a los fondos, en su canchita de bochas, los veteranos de boina y con sacos de sus uniformes del tiempo en que laburaban, le daban tranquilos y, pícaros, apostaban algún manguito.

Pero ese pacífico clima se terminaba cuando «el truco» o las bochas, se practicaban en torneos que abarcaban otros barrios. El asunto se volvía muy serio. Todos querían ganar los trofeos. El entusiasmo de los vecinos que llegaban en algún camioncito, «se retrucaba» con el aliento de la gente local alentando a los suyos. En ocasiones, alguna «bronca» pero bastaban unos «pitazos» de los guardiaciviles para calmar los temperamentos.

Un símbolo de ese duende del juego que vivió durante largos años, en los viejos boliches, lo veíamos en la llamada «quiniela». Un señor, sentado en una mesita, casi a la entrada, para levantar las apuestas. Su ubicación era porque muchas señoras del barrio concurrían a timbear unos vintencitos y «no quedaba bien» que esas damas ingresaran en un bar. Por eso, allí en la entrada estaba la libreta que recibía sus apuestas.

Ese señor «apuntaba» la quiniela, como se solía decir. Pero también había «quinieleros» que levantaban apuestas, puerta por puerta, por toda la cuadra. Estos eran los que apuntaban los números en papelitos sueltos, y hasta en las hojillas de cigarrillos. Se trataba de «los corredores» de poderosos capitalistas clandestinos. Estos, gracias a ese incesante «trillar» de sus humildes «corredores», llegaron a amasar fortunas de dinero. La costumbre de anotar en papelitos era por si caían «en cana» los podían hacer desaparecer rápidamente. Aunque sus patrones, los «clandestinos», eran intocables y sus apellidos aún figuran en el juego legal de la actualidad. Esa gente también levantaba apuestas para quinielas de la Argentina.

Esa «quiniela», en un principio fue un juego asociado con «las doñas» del barrio ya que eran sus principales apostadoras. Allí se ponían en práctica todas las cábalas y creencias. Por esos años, las señoras se prestaban un librito llamado «la amorfia napolitana», que había llegado con los inmigrantes italianos. En sus páginas se explicaba que a cada sueño correspondía un número y las mujeres se entusiasmaban buscando el acierto.

Salía del jardín de una casa, entraba al bar, permanecía largo rato sentado en su mesita de la entrada. Alguien le preguntaba sobre un sueño y qué número le correspondía. muy «canchero» sabía todas las cábalas. Al rato, salía rapidito a la casa de aquella veterana del barrio que jugaba muchos vintenes. Así era la vida del «quinielero» del boliche, todo un personaje de los viejos tiempos.

Por los bares de las afueras de Montevideo, esas «grandes ilusiones» de la timba presentaban algunas variantes. Es que con un campito a la vuelta no faltaba el parroquiano, «rápido pa’los mandados», que organizaba unas domingueras carreras de «pencas». Matungos y potrillos al galope, llevando las esperanzas de los vecinos que se reunían con toda la familia.

Y donde había «pencas», no podía faltar el juego de «tabas». Duro y parejo, dándole a «los huesos», los montevideanos de las afueras de la ciudad. Se dejaban llevar por la seducción de las costumbres de «tierra adentro» que algún paisano les había arrimado y ahora todos compartían en esas comunidades, medio urbanas y medio camperas.

Naipes, billar, quinielas o bochas. Hasta «pencas» y «tabas» en aquellos boliches del ayer. En todos, la pasión de creer en los sueños y sus ilusiones.

La memoria sabe de apuestas. Es que domingo a domingo obliga al veterano escribidor a que «se juegue» por sus recuerdos. Que los comparta y los haga girar entre sus «lectores cómplice». Como giraban los dados en aquel boliche de la Plaza y Ciudadela. Con el afiche de la película del maestro Renoir pegado en la amarillenta y húmeda pared. Con Jean Gabin mirando «La gran Ilusión» de aquellos montevideanos de la vieja capital.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos» con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

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