Febrero tumultuoso y con fuerte debate
No cayó del todo bien en la comunidad de los operadores turísticos en general la designación del empresario Alfonso Varela como futuro ministro del ramo. Cuando todos esperaban a alguien vinculado a esta actividad, como Mario Amestoy, Ricardo Victorica e incluso Ernesto Rodríguez Altez, saltó este nombre que coloca a la interna del sector privado un subrayado en fase de interrogación, o de incertidumbre en cuanto a lo que promoverá desde su cartera el futuro secretario de Estado.
Que no haya caído bien o que de alguna manera el sector privado no se sienta representado por la figura de Varela, no supone que los operadores turísticos no vayan a darle su voto inicial de confianza ni se pongan a su disposición para salir de la peor crisis que soporta el sector.
Lo cierto es que el hiato ha sido fortísimo entre el sector privado y el oficial y, en las declaraciones públicas, algunas voces han arremetido contra la figura del actual ministro, Benito Stern. Dicho jerarca, según se pudo apreciar, se ha sentido «dolido» por estas críticas a su gestión.
Pero hace unos días, Augusto Victorica aclaró que no hubo intención de lanzarle todo el fardo a Stern y que, de alguna manera, el sector privado también se hacía responsable de esta temporada. A su juicio, fracasaron las estrategias de marketing, las promociones y los paquetes turísticos, que resbalaron estrepitosamente frente a las ofertas mucho más atractivas de Brasil y otros mercados de fuera de la región. Ahora, llegó el momento de romper con el hiato en pos de tentar soluciones para reposicionar a Punta del Este, ganar cuerpos en la superficie de la competitividad de los destinos turísticos y, al mismo tiempo, generar nuevos atractivos que «enganchen» a los factibles turistas, además de convencer al Estado de la decisiva importancia que posee la industria.
Habrá que bajar las tarifas o adecuarlas, de acuerdo al testeo o el cotejo de los restantes destinos. Asimismo, sería conveniente generar una política turística donde la idea de promoción sea rigurosa y eficente y que, en definitiva, no se transforme en un boomerang.
Habrá que llamar a los productores de eventos para que viertan sus opiniones sobre la denominada «tumba de los cracks» y para que no terminen proponiendo espectáculos que no tengan la taquilla adecuada, evitando que se terminen regalando entradas para que las salas se colmen de público.
Porque la figura del productor parece degradada y no debería ser considerada así. Habrá que escucharlos y, por cierto, habrá que respaldarlos y no matarlos con impuestos de toda índole.
No hay mejor ejemplo que el espléndido proyecto de la Secretaría de Cultura de Buenos Aires denominado «Buenos Aires Vivo», que se transformó en un éxito y en un hito popular. Habrá que pensarlo.
Hay que romper el hiato y el escepticismo, sin perder volumen crítico y autocrítico. Tales elementos de reflexión tienen validez para el sector privado y para el oficial, única forma de amalgamar iniciativas que produzcan una verdadera lógica de cambio.
El turismo, que es sin dudas una forma de cultura y tiene una identidad propia, amerita mayor atención, porque siempre resultó una industria de alta rentabilidad para el país.
Hoy los operadores privados se ven a la deriva. Pero también depende de ellos instalar un tramado de iniciativas que ingresen a la mente del gobierno y lo convenzan que el turismo no es un quiosco o un carroussel de 30 o 45 días, sino una industria absolutamente rentable, que se merece mayor respeto y flexibilidad de parte de las autoridades oficiales, para que se pueda salir de la hora más crítica.
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