Apagá y vamos
«El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por la sociedad al individuo: la amplitud del saber permite a los hombres formarse ideas propias»
El humor es una cosa seria, un extraño y dulce privilegio, un breve descanso que nos da la vida entre tanta prisa y sinsabores. Más que un remedio infalible, como suele decirse, el humor es una muestra de salud mental. Entretener ya de por sí es un bravo desafío y quienes aceptan el reto, más que artistas, son médicos del alma.
En el mundo mutante en que nos ha tocado vivir, los valores están subvertidos.
A un pícaro se le considera inteligente, a los rufianes les conceden patente de ligeros, a los pillos que prometen gobernar en nuestro nombre pero después acomodan a parientes y amigos les dicen «estadistas» y nunca falta algún lacayo que a estos «vivos» los llame «políticos de raza» como si ser político fuese un estigma. Enlodan así el oficio de político. Los límites entre el bien y el mal, entre lo honesto y lo deshonesto, entre una cosa y «otras cosas» se han vuelto imperceptibles. ¡Qué comida!
Mientras unos pocos se benefician y gozan sus privilegios, muchos debemos soportar la injusta situación. Absortos contemplamos cómo cruje y sufre el país que parece no encontrar respuestas. Pero los sectores más lúcidos intentan hallar el camino.
La cultura en todas sus formas se manifiesta, denuncia injusticias, reclama por los derechos conculcados y marca a fuego a quienes quieren seguir aferrados a modelos viejos y obsoletos y el carnaval es el abanderado, el líder de esos reclamos.
Cómicos, humoristas, actores y actrices, poetas, músicos y cantantes, bailarines y coreógrafos y una pléyade de artistas, son parte de esa gran avanzada cultural que no quiere que seamos meros espectadores en un hora que exige el esfuerzo de todos.
Artistas geniales, los actores de Canaval, cambian el absurdo y torpe disfraz de hombres serios por la nariz postiza y el bonete de payaso y salen por las noches a sembrar luz y color por la ciudad. Irreverente y burlón, el dios de la farsa, reparte alegría a manos llenas sin exigir a cambio, nada más que risas y sonrisas.
Pero no todos comprenden. Quizás no sepan que él vive atormentado por nosotros que somos su amor prohibido y que por eso fue castigado. Que en febrero nos encuentra pero nos vuelve a perder y que su condena es buscarnos sin descanso y vagar eternamente tratando de hacer reír.
Dice un refrán popular que «La vida es una milonga y el que no baila rezonga», por eso el genial bufón anda loco de humor; a su paso todos bailan, cantan y están felices, mientras él va recogiendo sonrisas para calmar su dolor. Muchos que lo conocen bien y los niños que son sus mejores amigos cuentan que lo han visto triste y que en más de una ocasión le han oído cantar estrofas de «Cascabelito»*. Entre la loca alegría/ volvamos a darnos cita, / misteriosa mascarita/ de aquel loco Carnaval.
Por eso te quiero invitar a que abandonemos por unas noches el aburrido sillón que nos tiene encadenados al televisor y vayamos en su ayuda. ¿Adónde? Al tablado donde Carnaval nos espera. No te arrepentirás. Te lo aseguro. Dale, apagá y vamos.
* Cascabelito,(tango). Letra de Juan A. Caruso. Música de José Böhr.
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