Aquel muchacho de Las Piedras

Por los carnavales, en bailes del viejo Sud América, unos cuantos meses atrás lo habíamos presentado, sin soñarlo siquiera, por última vez. El «animador», de bigote finito, ahora convertido en terco «escribidor», pronunciaba el nombre del cantor y los cientos de bailarines estallaban en interminables aplausos.

Escribió Ida Vitale que «los guardadores de la nostalgia rememoran los días de oro». Hoy, el emocionado y veterano escribidor acorrala a su memoria. Le exige que le dé todo. La arrincona y, a fuerzas de sentimientos, logra recuperar algo de aquellos «días de oro». Cuando el amigazo Julio Sosa «copaba» las noches de Montevideo y también en la porteña calle Corrientes. Un montón de tibiezas, un cálido homenaje al muchacho de Las Piedras, que todos llamaban «El Varón del Tango».

Una memoria que arranca por días, allá por los fines de la década del 40, que no fueron para nada fáciles para un Julio Sosa, casi un botija. «Trillaba» Las Piedras por todos sus rincones. Amigos como «El Cacho» Magiolo le daban apoyo en sus «berretines» de querer cantar tangos. Fue en el legendario «Café Continuado», propiedad de su amigo del alma, donde ese botija comenzó a creer cada vez más en sus sueños.

Por su ciudad natal, «cayó» una noche el pionero Agustín Pucciano, en su incesante búsqueda de jóvenes valores. Contaba Don Agustín que por el bailongo «Los Rosales», el jockey Gualberto Pérez le presentó a un pibe que tenía un «metejón» muy grande con el ritmo conyengue. Tuvo a su frente a un muchachito vestido con ropas más que humildes, muy sencillo, pero con una enorme personalidad cuando cantó a pedido de Pucciano. Lo invitó de inmediato a que cantara en el «Café Ateneo», de la Plaza Cagancha, donde el infatigable Don Agustín organizaba concursos de cantantes.

De la mano de Pucciano, el botija actúa ante unos noctámbulos que se impactan con «la polenta» de su voz. En esos concursos, donde los parroquianos votaban por sus favoritos y el premio eran unos postres caseros, también concurrían grandes músicos profesionales. Como el genial intérprete del bandoneón Luis Caruso, el inolvidable «Carusito» de la Villa de la Unión, que lo acompaña con su fuelle. Y también le brinda sinceras palabras de estímulo.

Don Agustín siempre recordaba la noche en que por aquel mítico «Café Ateneo» «recaló» el famoso director de orquesta Hugo Di Carlo. Este necesitaba un cantor y Julio resultaba más que indicado. Pero surgió el problema que el humilde muchacho no tenía ningún traje para subir a los escenarios bailables. Le mandaron hacer uno, de apuro, y cantó con toda su fuerza. Aunque en un principio tuvo que cantar con otro nombre, debió llamarse Alberto Ríos, porque por esos tiempos había un político llamado Julio Sosa y nadie quería problemas.

Siempre guiado por Pucciano, brilló en los días de la famosa «fonoplatea» de «El Espectador». De a poquito, el Destino y su talento comenzaron a tirarle las cartas de la fama y el triunfo. De esa época son los recuerdos que nos confió una noche, mientras hacía un descanso de su actuación en Sud América. Pero igual le daba una mano al animador, de bigote finito, que tenía una audición en radio Independencia. Quedó registrada esa charla en un viejísimo grabador «Geloso». De ahí surge el homenaje de Julio Sosa al gran Carlitos Roldán. Nos contaba Julio que una noche en el «Ateneo» lloró de emoción cuando escuchó a Carlitos cantar «Tengo Miedo». En esas mesas, rodeado de gente de la noche montevideana, decidió que dedicaría al tango toda su vida. No importaba si triunfaba o no. Pero, «al dos por cuatro» le daría toda su alma y su vida. Su pasado de pibe, más que humilde, y su presente lleno de esperanzas fueron sólo uno. De esa noche siempre guardó un cálido sentimiento. Aún cuando fue más que famoso y todas las puertas se le abrían al compás de su recia voz y avasallante personalidad.

Y «el guardador de la nostalgia» llega a «los días de oro», como diría la poeta Ida Vitale. Luego de años de lucha por su vocación tanguera, apoyado por amigos «de fierro» como Cacho Magiolo y Agustín Pucciano, siguiendo el camino de su ídolo Carlitos Roldán, Julio Sosa irrumpe, con todo, en la noche porteña.

Con la orquesta de Leopoldo Federico «rompe todo» y se hace dueño de las luces de la tanguera calle Corrientes. En un momento en que el movimiento musical llamado «Nueva Ola», con la muchachada del programa televisivo «El Club del Clan» parecía que arrasaba con la musa tanguera. Igual, pese a todo, Julio Sosa brilla en la noche de Buenos Aires. Se une a figuras de la talla de Edmundo Rivero, Florial Ruiz y Susi Leiva, para batallar fuerte por la música nacida en los arrabales.

Graba su respuesta a esos momentos que vivían los tangueros. Se llamó «El Firulete» y con toda su energía y picaresca poesía, nos dice a todos los rioplatenses que al tango le quedaba «cuerda para rato». Tal fue el éxito de ese tema que fue seleccionado para que el propio Julio lo interpretara en la película «La música de Buenos Aires».

Cada vez que podía «cruzaba el charco» y era uno más entre sus amigos de Las Piedras. Y no olvidaba las actuaciones en Montevideo donde la gente lo quería y se sentía orgullosa de sus triunfos. Todos nos conmovíamos cuando comenzaba a recitar: «Pido permiso señores…» mientras la orquesta de Leopoldo Federico le daba a los acordes de La Cumparsita. Hizo un inolvidable ciclo de televisión titulado «Las noches de Gala de Manzanares», creemos en Saeta, donde las instalaciones del canal se llenaban de sus innumerables seguidores. Y también cuando «cruzaba», sus actuaciones se repetían en el «Ambassador Club», en los altos del Café Vaccaro, y en los famosos bailes organizados por el Sud América. Por esos tangueros sitios, el ahora viejo escribidor se ganaba unos flacos pesitos, laburando de «animador». Pero recibía mucho más que eso cuando hacía una tierna amistad con personajes como Julio Sosa, que tanto comprendían la lucha de los laburantes de la noche. Quizás porque él, a pesar de su fama, nunca olvidó sus orígenes. Cuando por «Los Rosales» de Las Piedras o por «El Ateneo» de Montevieo, no tenía ni un traje para actuar y se presentaba en mangas de camisa o con un saco prestado. Montevideo, la Vieja Capital, lo quizo por ser como era. Por su personalidad, por su voz, pero más aún por ser como era. por ser un cantor que maravillaba pero nunca dejar de ser aquel humilde «muchacho de Las Piedras». Que siendo una estrella, en la puerta de los bailes rodeado de admiradores, siempre tenía tiempo para charlar con los canillitas o con los lustradores de calzado que se le arrimaban para saludarlo. Y Julio les daba siempre algo más que su saludo pues sabía de sus necesidades.

Contaron los informativos de la radio que una noche, con su flamante coche deportivo «al mango» por una calle de Buenos Aires, se «piantó» para siempre. Nunca lo creímos. Y ahora que la memoria nos largó todos sus versos tampoco lo creemos. Es que aún estamos juntos, en aquellos escenarios, diciendo muy fuerte, mientras atrás Julio nos decía bajito alguna broma, «Señoras y Señores, en esta noche de gala ahora llega El Varón del Tango, Julio Sosa».

Y aquella sala, sus bailarinas, toda la ciudad, se inundaban de tangos, aplausos y un montón de cariño.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene 

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