Complemento directo: ¿con a o sin a?
Muchas veces olvidamos las abismales diferencias existentes entre el lenguaje hablado y el escrito. Al hablar, es imposible hacer un borrador previo o, a lo sumo, lo hacemos a medida que vamos emitiendo los sonidos por lo que muchas veces los enunciados producidos por alguien que se expresa oralmente exhiben notorias vacilaciones, irregularidades, incorrecciones y yerros varios que, al ser transcritos textualmente, corren el riesgo de convertirse en francos dislates.
Al ‘desgrabar’ las declaraciones de un parlamentario, el cronista –preocupado por ser fiel al pensamiento de aquél– había escrito lo que sigue: «Pero si a ese proyecto ni siquiera lo trataron». Como el perspicaz lector habrá advertido, la a en negrita está de más pues la regla gramatical dice que cuando el complemento directo es una cosa y no una persona no debe ser introducido por la preposición a.
Este asunto del acusativo suele ofrecer dolores de cabeza a redactores y correctores. Y esto no debe asombrarnos porque en realidad hay que reconocer el alto grado de caprichosidad del régimen castellano en este tema. Debe de ser la única lengua latina (no soy políglota) que exhibe esta dificultad: ni el francés, ni el italiano, ni el catalán, ni el portugués admiten que el complemento directo vaya precedido de a.
En castellano, en cambio, la norma dice que el acusativo de cosa va directamente sin preposición, mientras que el acusativo de persona debe ser introducido por a. Así decimos Vemos los árboles, No compraron fruta, Yo amo los montes sutiles; y Hay que ir a buscar a los chicos, ¿No lo vieron a Molina? Amo a esa mujer. Pero no terminan aquí las dificultades.
Nos encontramos con excepciones. En primer lugar, puede ser que el acusativo sea un objeto o un ser personificados (normalmente, entes abstractos), que adquieren condición humana. En este caso se comportan como si fueran seres humanos y llevan a: Amo a mi patria, El Sabalero no respetó a las Fuerzas Armadas. Sin embargo, decimos Bordaberry clausuró el Parlamento (y no al Parlamento); ¿otro capricho?
En segundo lugar, puede ocurrir a la inversa: que una persona sea considerada como un objeto, en cuyo caso se comporta como tal y no admite la preposición a. Cualquier hijo de vecino dirá Tengo tres hijos y jamás (por más que se trate de seres humanos de carne, hueso y alma) se le ocurriría decir Tengo a tres hijos, ¿verdad? De la misma manera, diremos Se busca secretaria, No admiten mujeres embarazadas, Necesitaremos un cocinero.
También debe eliminarse la a cuando hay riesgo de confusión entre el acusativo y el dativo (el complemento directo y el indirecto) o con otro complemento, como ocurre en estos ejemplos: El gobierno extraditó cinco etarras a España, El esquimal ofrece su esposa al visitante.
¿Entendió cómo es la cosa, Pereyra?
Clarito, Mendieta. Pero le digo que yo, prefiero ofrecer la chancha, porque lo que es la Eulogia… ¡Se me ofendería el visitante!
¡Qué lo parió!
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