Más personajes populares en la vieja capital (segunda parte)
Por Luis Grene
Andaba por todos los barrios pero hacía «pata ancha» en las noches de febrero por el Centro. Por los carnavales de antaño se sentía en «su salsa».
Lo llamaban «Menecucho». Auténtica leyenda urbana de una ciudad que en sus «adultos mayores», como le dicen ahora, nos negamos a olvidarlo. Un disfraz lleno de remiendos, con pantalones y un saco varios talles más grandes. por todos lados, coloridos parches. Su blanca cabellera revuelta, y los enormes ojos muy abiertos y «saltones».
Menecucho hacía versos satíricos, algunos muy audaces, que imprimía en una imprenta del barrio Palermo. Luego, el paquetito bajo el brazo y a recitar con todo su característico vozarrón. Si «trillaba» los barrios, lo encontramos en los «boliches de copas», en los clubes de bochas o pegado a las mesas de billar. Pero, al ser Carnaval, luego de «hacer» algunos tablados, siempre rumbeaba para las «luces del Centro».
Como por un hechizo, su pequeña silueta iba y venía entre las hileras de sillas, llenas de familias en la noche del desfile inaugural. ¡Cómo pensar en un desfile de ’18», de antes, sin estar viendo a «Menecucho» repartiendo, a voluntad, sus cómicos versos! Se paraba en el medio de la aglomeración de personas. Recitaba muy fuerte. Un instante serio y, enseguida, una sonora carcajada. Despertaba un sentimiento de ternura como muy pocas veces vimos en la historia del Carnaval. Solitario, a puro pulmón, muy humilde, meta «patacón», bajo los luminosos que colgaban de 18 de Julio. También en los corsos barriales y en sus tablados de tanques y tablones. En todos lados, al mismo tiempo, como si hubieran muchos «Menecuchos» a la vez. Pero, era solo uno. Con un corazón tan grandonte que le daba para compartirlo con todos los montevideanos, que lo convirtieron en una leyenda que muy empecinados se niegan a olvidar.
«Tito» Cabano, un tanguero de ley. Cuando lo veíamos era siempre por la zona de Goes y Villa Muñoz. Flaquito, serio, hasta demasiado callado. Sin darle «bolilla» a la fama que lo seguía como una empecinada amante. Poeta del mostrador que nunca esquivaba «el bulto» cuando había polémicas sobre artistas de «la musa tanguera». Tocó el cielo, sin buscarlo ni quererlo, al componer su inolvidable tangazo «Un boliche», que interpretaron los más grandes cantantes.
Su sensibilidad para retratar, en pocos versos, el alma de los barrios y sus vecinos, le nacía espontáneamente. De golpe, se apartaba de todos y, acomodandose su gorrita de visera, lo veíamos solitario en una mesita del fondo del bar.
«Meta» escribir servilletas y papelitos. Podía estar en el antiguo «Caballero», el de las interminables madrugadas con «gente de ambiente». O, muy cerquita, en el viejo «Vaccaro», siempre con personas vinculadas al ritmo «canyengue». Si la cosa «pintaba» temprano en la noche, allí estaba «Tito» Cabano con el amigazo Miguel Angel Manzi, en la cantina de don Roque Santucci, por José L. Terra y Blandengues. Cuando un director de orquesta o un cantante querían verlo para que les compusiera unos versos o les diera su opinión sobre aquella letra que estaban por grabar, no quedaba otra que agarrar por Gral. Flores hasta Vilardebó. Allí estaba el local del «gordo» Alonso, donde no faltaba ese bohemio que muy a pesar de su enorme modestia fue tan querido por los vecinos de una ciudad a la que amó desde siempre. El «Tito», su poesía que nacía entre las botellas, los inextinguibles «fasos» y el culto a la amistad.
Por la Villa de la Unión, Don Agustín Pucciano, fue una figura emblemática de las primeras décadas del siglo. Un pionero y luchador de la radiotelefonía. Los montevideanos lo amaron por sus esfuerzos en un medio que nacía, y ya desbordaba música y comunicación en las legendarias «radios de capilla». Por 1931, su pasión en esos «Días de Radio», como diría Woody Allen, lo llevó a realizar el programa titulado «Caramelos surtidos». En los estudios y fonoplatea de CX 18 se dedicó a promocionar a los valores uruguayos del mundo musical. Ante aquellos enormes micrófonos de pie, desfiló gente que se iniciaba y luego supo ser famosa. Como Carlitos Roldán, y luego un muchachito que don Agustín trajo de Las Piedras y cantaba con enorme personalidad, nuestro querido Julio Sosa.
La audiencia lo saludaba en la calle y le daba sus opiniones de los cantantes que él «apadrinaba». Tuvo un éxito que arrancaba tempranito, su audición «Mañanitas del campo». El mérito de este pionero fue la infinidad de figuras que difundió en sus programas radiales. Talentos del «dos por cuatro» montevideano que nacieron en sus recordados concursos y certámenes. Nombres como Gloria Groba, Luis Alberto Fleitas, Humberto Correa y Enrique Campos. Cantantes de la vieja capital, que brillaron en una ciudad de tranvías y empedrados tapizando el mosaico de sus barrios populares. Don Agustín culminó siendo un activo colaborador de la revista «Cine, Radio, Actualidad», donde con periodistas como la exquisita Lilián y Angelito Laborde defendían la música ciudadana y los intérpretes nacionales.
¿Con quién cerrar este álbum de antiguas postales? Y por un rincón del laberinto de la memoria aparece un personaje. Como aparecía entre las calles del barrio. Surgía mágicamente. Nadie sabía de dónde venía y, menos aún, adónde se dirigía. Como un recién llegado de la época de los profetas bíblicos.
Barba y cabellos blanquísimos que llegaban hasta sus hombros. Una larga y remendada túnica que lo cubría hasta los pies, apenas cubiertos por las sandalias. Su «selva» de pelos se agitaba cuando, muy enérgico, se paraba a predicar en las esquinas. Lo llamaban «El Dios Verde» y poco se conocía de sus orígenes. Lo real es que hablaba de la moral y de la decadencia de las costumbres. Invitaba a la lectura de la Biblia, un libro que siempre llevaba consigo en su incesante trajinar por todo el Montevideo de la mitad del siglo.
Cuentan que también se largaba para las ciudades del Interior. Siempre a pie y con una gran convicción en lo que hacía. A todos les pedía que retornaran a la senda de una vida «pura y austera. Siempre arengando en las esquinas. Rodeado de niños que primero se mostraban traviesos, pero luego al igual que los curiosos y todos los vecinos, se quedaban muy pensativos. Es que»El Dios Verde» les hablaba de sus cosas cotidianas en un lenguaje claro y directo.
De a poquito, todos esos personajes se fueron esfumando. No así sus recuerdos que están «flotando» en el aire montevideano. Y suben al Palacio Salvo, se pasean desde Carrasco a la Unión, cruzan el Prado, atraviesan el Paso Molino y Belvedere, pisan fuerte por Goes y hacen un alto en su Estación de tranvías.
Personajes populares que fueron una parte muy grande del Montevideo del ayer.
Sólo basta convocar sus nombres para que estén «latiendo» nuevamente. Mientras la memoria los recuerde, y algún viejo escribidor diga algo sobre ellos, seguirán «latiendo». Como lo hicieron antes, muy fuerte, en las calles y esquinas de la Vieja Capital.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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