Cuando el refinamiento trepa a escena
Hay una sensación de lento, progresivo doblegamiento. Una impresión de aparente simpleza, pero en rigor el planteo posee una complejidad y por cierto una resolución escénica que llega a conmocionar a los receptores. Esa es la idea por la que operan, interpretativamente, estos excelentes músicos y cantantes que vienen a ser los Embajadores de Viena.
Sin la presencia radiante en esta oportunidad de aquel imponente solista de violín, Igor Malinovsky, la orquesta de cámara cambió de director musical (Alexei) y de alguna manera el formato. Ya no presentan tantos solos o improvisaciones que subrayan una performance individual, sino que es la labor colectiva la que comanda en forma fascinante el proyecto sonoro y su funcionalidad estética y escénica.
Desde el arranque mismo del concierto con un fragmento de «Las bodas de Fígaro» de Mozart y la impecable versión de «Mi señor Marqués» de Johan Strauss, el público sintió que estaba asistiendo a una de las galas más puntillosas y delicadas, plagada de sutilezas en un Hotel San Rafael espléndido que se transformó en Viena por más de una hora y media de concierto dividido en dos actos.
El staff de instrumentistas se complementó a la perfección desde la línea de vientos tan aplomada como enriquecedora en sus apuntes sonoros, hasta los zumbidos certeros de esos zurcidores del aire que vienen a ser los violinistas. Un aparte merece el cellista: Erwin Christelbauer, que es de esos instrumentistas que se acoplan al colectivo, pero que desarrolla en su aplomo, en el desarrollo de su frase un destaque más trascendente sin quererlo. Su labor fue de las mejores a lo largo del concierto, así como las entradas sucesivas de los cantantes Bertin Bebalakowitsch y Sabine Sauorteig ya en dueto o en condición de solistas. El director Alexei Igudesman puso en escena a un grupo de cámara ultraprofesional, muy ensayado y muy ensamblado que disfrutó del repertorio elegido y, en consecuencia, esa actitud promovió el disfrute de un auditorio que ovacionó en reiteradas oportunidades.
El concierto de esta orquesta Embajadores de Viena tuvo momentos cumbre, por cierto: la evocativa, de tonalidad melancólica, «Recuerdos del circo Renz» de Gustav Peter o la exquisitez íntima, de baja textura de «Tristezas de amor» de Erick Kreiler, como así también el impecable y hasta conmovedor vals «La vida de los artistas» de Strauss y en donde todo el equipo de instrumentistas lució claramente su destreza y su virtuosismo como intérpretes.
Los signos de identidad se desplegaron en todo el desarrollo de un concierto formidable en su exposición: desde las polcas rápidas (el caso de la magnífica «Sangre alegre» de Johan Strauss, pasando por el imponente «Vals del Emperador»). Hay una convicción y una concentración pasmosa en esta orquesta que manifestó una sincronía y un aplomo en todas sus líneas de gestión.
Quiere decir que desde la línea de vientos a las sutilezas persuasivas, pasando por la línea de violines, el antedicho cellista, más contrabajista (las cuerdas), hasta los cantantes, los Embajadores de Viena articularon un concierto fresco y luminoso, impactante por trabajar una escala de intensidad de menor a mayor.
Durante el transcurso del concierto se festejaron los 47 años de casados de una pareja con torta de cumpleaños y vals incluido y, más tarde, el director Alexei Igudesman tuvo palabras muy bonitas para los uruguayos y asimismo para la anfitriona, Yolanda Merlo, a quien también se le entregó un delicado obsequio por su generosidad y hospitalidad.
La sorpresiva versión de «La Cumparsita» fue otro de los momentos clave del concierto. Fue un breake a la sucesión de valses y polcas, para que los Embajadores atacaran el legendario tema de Gerardo Mattos Rodríguez. Se trató de una versión más que digna y respetuosa y todo un tributo a la cultura rioplatense.
Algo que logró enfatizarse aun más cuando el director, anunció que había escrito un tema para Uruguay por el afecto que ha recibido no solamente en Punta del Este, sino en los otros sitios del país donde han actuado. La pieza denominada «Yo quiero al Uruguay» marcó la personalidad compositiva de Alexei: una pieza donde pesó el elemento percusivo y sobre todo con un afinado, disfrutable solo de trompeta. Fue de esos momentos cuando el público redobló su atención, disfrutó de esa suerte de homenaje a los uruguayos: las ovaciones no cesaron y abrazaron a una orquesta que ya había dado su jaque mate.
Hacia el epílogo del concierto, los Embajadores de Viena desplegaron su mejor arsenal cultural vienés: noche de valses, de grandes perdurables como el Danubio Azul, y asimismo «Sangre vienesa» y al final ya con toda la gente bailando jubilosamente con el estrépito de alegría de «La marcha Radeszky».
Los Embajadores de Viena lograron una performance brillante: un ejemplo de versatilidad y refinamiento para completar, así, sin grandilocuencias, apostando al ejercicio de la música en escala mayor a otorgar uno de los mejores conciertos de la temporada estival puntaesteña.
Compartí tu opinión con toda la comunidad