LA REPUBLICA propició creación de importante fuente de trabajo en el pueblo Tiatucura
Ettore Pierri
Son las dos de una tarde dorada y azul en Tiatucura. Frente a la casita blanca que años atrás cobijó al destacamento policial, mujeres, hombres, niñas y niños están descargando el gran camión que acaba de llegar.
El camión hizo unos 320 kilómetros desde Montevideo. Vino repleto de telares, máquinas para coser, enormes bolsas con lana y muchas cosas más. Quienes acudieron a recibirlo no esperaban tanto y comentan con alegría su asombro mientras poco a poco trasladan todo a la casita blanca.
Cuando Rodrigo Camacho empieza a fotografiar lo que está sucediendo, una mujer dice:
–Esto es fantástico. No sabemos cómo agradecer a LA REPUBLICA lo que ha hecho por nuestro pueblito.
Después recoge cuidadosamente un ovillo de lana verde que había caído del camión y agrega, con la emoción grabada en su rostro:
–Ya van a ver el fruto de nuestro trabajo. Con lo que ustedes trajeron ya podemos montar el taller.
La esperanza
El taller artesanal era un proyecto de autogestión que Tiatucura acariciaba desde hace varios años. Afectada por un dramático proceso de desocupación creciente, como tantos otros pueblos del Uruguay profundo, esta comunidad había cifrado muchas esperanzas en esa iniciativa. En el pueblo explican:
«Aquí tenemos muy pocas fuentes de ingreso porque en esta zona las oportunidades de empleo se han reducido dramáticamente, como en muchas otras regiones del país. Ante esa situación, un grupo de gente pensó en buscar soluciones propias y una de ellas fue el taller artesanal. Era un proyecto modesto pero podía ser muy útil porque aquí viven sólo 88 personas. Siempre se pensó que el taller iba a dar muy buen resultado en este pueblo pequeño y fue con esa convicción que se empezó a trabajar la idea».
Uno de los primeros pasos fue buscar un local apropiado para el taller. En Tiatucura no sobra nada, de modo que eso no fue fácil. Sin embargo, la Jefatura de Policía de Paysandú salió al rescate. Decidió apoyar el proyecto hasta donde sus posibilidades y potestades lo permitían y cedió la casita donde había funcionado el destacamento policial de la comunidad:
«Ese local ya no se usaba porque habían construido otro para el destacamento y la Jefatura, a nuestro pedido, lo entregó en comodato para el taller. Eso nos vino muy bien, porque habíamos partido casi de cero. Fue una gran ayuda que recibimos de la Jefatura», dicen en Tiatucura.
La casita blanca esperó mucho tiempo vacía al taller tan ansiado. Sucedió que las ganas sobraban y la capacidad de trabajo también pero no había recursos. Pese a los intentos no se logró superar ese obstáculo y el destacamento viejo, ubicado a pocas cuadras del centro de Tiatucura, continuó vacío y cerrado, como testimonio de un gran sueño no realizado.
El apoyo
Pero las cosas empezaron a cambiar cuando el pasado mayo LA REPUBLICA llegó a Tiatucura. Embarcado en un programa que lo ha llevado a numerosos pueblitos del Uruguay profundo, este diario recaló allí sin saber nada acerca del proyecto ni de las carencias que sufría la comunidad, algunas muy graves y de larga data. Tras tomar contacto con esa realidad, reveló los problemas que asediaban a Tiatucura y consignó propuestas que su población había elaborado para superarlos, entre ellas la del taller.
Nuestros informes sobre Tiatucura alcanzaron inmediata repercusión. Una de sus primeras consecuencias fue que la Intendencia de Paysandú puso en marcha medidas en favor del pueblito. Por ejemplo, limpió y reacondicionó el atroz cementerio local, que durante años había sido en rigor un baldío abandonado, con cráneos a flor de tierra, hormigueros monstruosos y restos de cadáveres de niños apilados en cajas de galletitas sin tapas, tal como documentamos con impresionantes fotografías.
También hubo repercusiones en el Parlamento nacional, donde los diputados Gullermo Chifflet y José Homero Mello plantearon la insuficiencia de los puentes, uno sobre el arroyo Salsipuedes y otro sobre el Sarandí, que dan acceso a Tiatucura. Cuando llueve, esos puentes se inundan rápidamente, no dan paso y aíslan al pueblito. El planteo de Chifflet y Mello, basado en nuestros informes periodísticos, pasó al Ministerio de Transporte y Obras Públicas, que según se estima tomará cartas en el asunto tras la apobación de las leyes de urgencia.
Sin embargo, la respuesta más espectacular, importante y sostenida a las notas de LA REPUBLICA sobre Tiatucura provino del Uruguay solidario. Tan pronto se publicaron, nació en Paysandú, Montevideo y otros puntos del país una informal red de ayuda a esa muy pequeña comunidad que la abrumadora mayoría de la gente ni siquiera sabía que existía.
Ya hacia fines de mayo la corriente popular de apoyo a Tiatucura tomó cuerpo y a partir de allí se multiplicó, siguió creciendo hasta hoy y continúa generando aportes de todo tipo. Es, casi 10 meses después de su nacimiento, un torrente fraternal que no cesa y promete más, mucho más. Ese torrente generoso y cada vez más amplio no excluyó al taller tan soñado por la gente de Tiatucura. Al contrario, comenzó a potenciarlo a mediados de octubre y, como se verá, el pasado miércoles 15 de este mes lo hizo posible.
Los Vicentinos
Aide Collazo de Argencio dedica la mayor parte de su tiempo a la obra de la Sociedad San Vicente de Paul (Conferencia María Auxiliadora), grupo de acción social conocido como «los Vicentinos de Villa Colón».
Con sede en el colegio Pío, esta sociedad ayuda a grupos y personas con carencias materiales. Su centro de acción más importante es el barrio donde está arraigada pero también opera en muchas otras zonas de Montevideo y el país.
El soporte financiero de su actividad proviene de vecinos, comercios, escuelas, organizaciones de ayuda social y fuentes similares. Abiertos a toda la gente, sin exclusiones por razones políticas o religiosas, los Vicentinos de Colón le dan una mano a cualquiera que la necesite.
Aide Collazo es lectora de LA REPUBLICA, como muchas otras personas de su grupo. Hace poco menos de un mes nos telefoneó:
«Leímos las notas sobre Tiatucura y queremos ayudar a ese pueblito» –dijo–. «Aquí tenemos unas cosas que pueden ser muy útiles para esa gente. No tenemos cómo llevarlas, pero si ustedes se encargan las pueden retirar cuando quieran».
Las «cosas» de que hablaba Aide constituían en realidad una gigantesca cantidad de elementos imprescindibles para el proyectado taller artesanal de Tiatucura. El sueño del pueblito comenzaba a ser posible.
En Tiatucura, Raquel Hernandorena, una de las más activas propulsoras del taller, quedó muda cuando recibió la grata noticia. No podía creerla:
«Esto es realmente increíble» –dijo cuando se repuso del impacto–. «Jamás pensamos que una cosa así podría suceder. No sé qué decir. No tengo palabras». Estaba feliz y profundamente conmovida.
La donación de la hermandad vicentina alimentaba aun más el manantial de solidaridad que habían detonado las notas de LA REPUBLICA. A esas alturas, Tiatucura ya había recibido championes y útiles para su población escolar, ropa, objetos diversos llegados desde Paysandú y Montevideo y una larga, nutrida lista de otras colaboraciones que Carlos Lestarpe y Susana Manzini distribuían irreprochablemente. También un circo ambulante se había plegado a la campaña, con funciones gratuitas que alegraron a la comunidad. Y ahora venía nada menos que el taller. Tiatucura era una fiesta.
El aporte vicentino, que incluyó también ropa y zapatos, salió de nuestro diario a las 10.40 del pasado miércole
s 15 y llegó a Tiatucura, tras una escala en Paso de los Toros, poco después de las 14 horas del mismo día, en el gran camión que condujo con mano segura Andrés «Pocho» Menéndez. Ya con todo el material prolijamente acondicionado en la casita blanca, el equipo de LA REPUBLICA fue a almorzar a la acogedora casa de Odila Segredo y su esposo, Severo Hernandorena. Fotógrafo, conductor y cronista comimos churrascos con huevos fritos. Sabían a gloria.
El futuro
Tiatucura es chiquito, hermoso, tranquilo. Tiene más de 100 años, tal vez el doble. Nació junto al arroyo que le da nombre y tuvo un pasado mejor, mucho mejor, que su presente. Se fue vaciando de gente como consecuencia de la desocupación generalizada y hoy sólo un pequeño puñado de familias lo mantiene vivo.
Está rodeado de grandes latifundios ganaderos y agrícolas pero recibe muy poco de esos riquísimos enclaves de capital nacional y extranjero. Es un puntito pobre entre monumentales campos ajenos.
La gente de Tiatucura conserva intacta su dignidad. Quiere salir adelante con su propio esfuerzo y de esa actitud surgió la idea del taller autogestionado. Raquel afirma: «Los productos artesanales de lana pueden dejar ingresos aceptables a gente de aquí que ahora cuenta con muy poco. Eso contribuirá a dinamizar el pueblito, que tanto necesita un buen aliciente».
Pero hay otros proyectos, entre ellos la elaboración de objetos de cerámica:
«Para eso necesitamos un horno adecuado, especial para este tipo de cosas, y por el momento no estamos en condiciones de hacerlo. Precisamos apoyo y asesoramiento para esto. Si lo conseguimos tendremos otra fuente de trabajo».
En Tiatucura abundan las piedras semipreciosas. Están en todas partes, al alcance de la mano. De esa abundancia puede emerger una nueva microempresa comunitaria, dice mucha gente del pueblo.
A juicio de Ariel Tavares, artiguense que hace unos nueve años se radicó en Tiatucura, hay buenas condiciones naturales para emprender varias actividades, entre ellas algunas mejoras que necesita la localidad: «Con la gente unida se puede lograr mucho», subraya Tavares, quien desde Paso de los Toros acompañó en su camioneta al camión que llevó la donación de los Vicentinos a Tiatucura.
En tanto, la siembra de ideas sigue a todo vapor. En la comunidad ya se está hablando de apicultura, elaboración de conservas, artesanías en madera. Raquel dice:
«Todo esto sale de la necesidad de vivienda, salud y empleo que tiene la gente de aquí y de cualquier otro lugar. En el medio rural, por ejemplo, los hombres sin ocupación fija pueden hacer changas de vez en cuando, si es que consiguen, pero las mujeres no tienen la misma perspectiva y de esa realidad surgió la idea del taller. Pero en el taller también hay lugar para los hombres, por supuesto. Es un proyecto para toda la comunidad, como los otros que están en danza. Ahora, gracias a esta donación que ustedes posibilitaron tenemos una fuente de trabajo y es posible lograr otras».
Y en eso está Tiatucura, que con esfuerzo, talento, ganas de trabajar y el apoyo incesante del Uruguay solidario va logrando convertir en realidad sus sueños.
Compartí tu opinión con toda la comunidad