El nuevo orden social en un país divorciado
No exento de colonización Uruguay es en su desarrollo histórico — casi como el resto de América Latina–, una gama variada de pensamientos vinculados a los inmigrantes con distintas formaciones culturales, religiosas y concepciones humanísticas que lograron pautar determinadas leyes casi siempre no escritas acerca de las funciones individuales o colectivas.
Una de estas máximas sociales fue la clave para dar a la relación hombre-mujer un equilibrio de «familia» que tomado a gran escala fue el sostén para el desarrollo de la «sociedad» en su conjunto.
Desde los largos noviazgos en sillas de mimbre, las secretas relaciones sexuales en la mujer y el libre albedrío en «los bajos» para los hombres, el final era ceremonioso frente al juez de paz y sagrado frente al altar de las iglesias.
El concepto de pareja y matrimonio después de los años sesenta se decantó en salas de abogados y divorcios. Y la sociedad generó otras estructuras.
Matrimonios y números
Culminado el año 1999, la cifra que maneja el Registro Civil es que se autorizaron 9.172 divorcios. Eso indica que hay 18.344 personas que eligieron por distintas razones o circunstancias terminar con relaciones sentimentales que alguna vez fueron tan intensas como válidas. Si a esto sumamos un número de dos o tres hijos por pareja divorciada, este aspecto social afecta a unos 55.032 habitantes.
Estas cifras del 99 no difirieron de los 97-98, por lo que existen en el trienio más de 150.000 involucrados en el tema en una franja etaria que va desde los 20 a los 45 años.
Ante esto no será aventurado validar que entre 2005 y 2007 habrá 500.000 uruguayos bajo el rótulo de «divorciado».
Los divorciados vuelven a casarse
Tras la eclosión sobreviene la calma.
Según datos oficiales, siete de cada diez individuos divorciados regresan al Registro Civil y vuelven a consolidar la terapéutica social del matrimonio legal y de estos siete, cuatro lo hacen con personas también divorciadas. Y es aquí donde el tema comienza a ser complejo.
Hombre y mujer deciden otorgarse un nuevo marco de felicidad con la diferencia de que ya no tiene –no son todos los casos–, dos o tres hijos, sino que tras la firma, obtiene de uno a tres hijos de su pareja, más el deseo natural de tener ambos uno propio.
Lejos de la numerología los sicólogos indican que «hay un período de duelo después de la separación, pero tanto el hombre como la mujer luego de ese estado emocional desea regresar en busca de aquellos valores perdidos. Lo que no puede determinarse con claridad es si vuelven al estado del matrimonio por los afectos en sí, o simplemente se refugian buscando un estatus social o económico. En cualquiera de las dos posiciones, quien pasó por uno o dos divorcios, cree tener la certeza de la experiencia y supone a priori que es un «ser social cautelosamente preparado» para enfrentar una vez más las complejidades del matrimonio. Desde otro punto de vista, el Estado da más garantías y derechos a una pareja que se casa que a otra que simplemente «convive».
Pero aquí no termina el tema. La diferencia entre el hombre y la mujer divorciados es que el primero tiende a casarse antes que la mujer. La supuesta libertad que goza a nivel social, determina que en ese «pasaje» de soledades y el hecho de no estar preparado para enfrentar una condición social meramente individual, lo lleva a buscar otra pareja.
La mujer condicionada a dar el paso, a hacer frente a nuevas realidades económicas, la crianza de los hijos y el nuevo ordenamiento a nivel laboral. Esto lleva a que necesite un tiempo mayor para darse una nueva chance de matrimonio.
No hay mal que por bien no venga
La sociedad uruguaya ha tenido en su ingenio popular el tema de los divorciados. Hasta no hace mucho tiempo cruzando el río Uruguay, en virtud de que la Iglesia tuvo un poder excesivamente castrador con la anuencia de los militares al servicio de Perón, el divorcio no se consideraba como alternativa de «derecho inherente al ser humano».
La sociedad en matrimonio, sencillamente era un espejismo. Esto llevó a muchos a descubrir que existía una Ley México, una Ley Panamá y hasta una Ley Suecia que permitía los divorcios.
De hecho, en nuestra ciudad de Colonia, muchas parejas aún no divorciadas ante el estado argentino, consolidaban su matrimonio allí. En esta orilla del río y desde que la Iglesia fue separada del Estado, al menos se tenía una solución para desvincularse afectivamente a pesar de que en un principio los habitantes podían morir en la espera de las firmas correspondientes a la disolución conyugal.
Es en este sentido que en otras regiones del mundo, igualmente gracias a religiosidades tan estrictas como incomprendidas para nuestra cultura, la mujer u hombre que intenta disolver una relación matrimonial termina preso o muere con sentencia.
Entonces, cuando se ubican las crónicas policiales y la información indica que existió un acto de violencia física e incluso asesinatos, se puede considerar que en estos tiempos de globalización, el divorcio parece ser el camino más fermental para ir dando a la propia sociedad sus tiempos de recuperación afectiva natural.
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