Cooperativa de jefas de familia desarrolla inédita experiencia humana

Vivir no es una utopía

Dejaron atrás una penosa existencia, sin más aspiraciones que tratar de sobrevivir. Residiendo en pensiones, alquilando alguna húmeda pieza, estas mujeres modificaron el curso de sus vidas cuando ingresaron al proyecto fundado por la arquitecta Charna Furman, que propuso la creación de viviendas destinadas a mujeres jefas de hogar.

Tras una larga espera de una década, las doce líderes de hogar, a través de la ayuda mutua, obtuvieron su casa propia con esfuerzo y esmero. Trabajaron en la obra y «sudaron la camiseta», asistiendo semana tras semana a la residencia de la calle Pérez Castellano.

Actualmente, a pocos meses de inauguradas las viviendas, las propietarias sienten orgullo y satisfacción de tener lo suyo y la tranquilidad de alcanzar la independencia que les permite buscar nuevos horizontes humanos.

En este complejo de viviendas, son ellas exclusivamente las que toman las decisiones y si algún varón no está de acuerdo con algunas de las decisiones, deberá guardar «violín en bolsa».

Consideraron oportuna la elección de vivir en la Ciudad Vieja, ya que aquí tienen todos los servicios. Asimismo, son contrarias a las políticas habitacionales de trasladar a la población hacia la periferia de la ciudad, porque «se gasta más que en restaurar las viejas edificaciones céntricas».

Las cooperativistas afirman que en todos lados las antiguas construcciones están quedando vacías, problema que afecta también a Montevideo. En ese contexto, proponen los reciclajes como una alternativa en materia de solución habitacional.

Mujefa es parte de un proyecto sin precedentes a nivel mundial, que es tomado como ejemplo en países como China, Costa Rica, Alemania, Colombia, y cuya propuesta uruguaya concursó en Inglaterra y recibió el interés en Argentina, Costa de Marfil y Cuba.

Hilda Boyadjian (45 años), secretaria de la cooperativa, y Elis Araújo (48 años), tesorera, narraron a la LA REPUBLICA sus peripecias de vida como jefas de hogar.

Esta historia de lucha y sacrificio comenzó a principios de la década del noventa, cuando la arquitecta Furman elaboró un proyecto de viviendas para mujeres, aunque por entonces le faltaba el grupo humano destinatario de la propuesta.

Desde el Centro Diurno Maldonado y el Club de Niños Río Branco, pertenecientes al Instituto Nacional del Menor, se percibió la necesidad de viviendas para las familias de los menores que asistían a estos lugares. Por tal motivo, dicha aspiración fue incluida en la iniciativa.

En el marco de este proceso, se integraron dos grupos de cooperativistas: uno conformado con parejas y matrimonios y el otro destinado a contemplar exclusivamente a mujeres jefas de hogar, a quienes se les adjudicaba la propiedad, más allá de la circunstancia de estar solas.

Los primeros optaron por la adjudicación de un terreno en la periferia de la ciudad y construyeron sus viviendas en el barrio Piedras Blancas, mientras tanto las «jefas» prefirieron quedarse en el centro de Montevideo y esperar que se destrabara el embargo de la residencia y su posterior reciclaje.

El lugar escogido fue una residencia ubicada frente al local de la Dirección de Loterías y Quinielas de la Ciudad Vieja, que fue declarado Patrimonio Histórico Nacional. El inmueble perteneció inicialmente a un médico, luego fue residencia de un ministro, un hotel, una casa de inquilinato y en los últimos tiempos estuvo habitada por hurgadores. La Intendencia decidió tapiar la construcción para evitar el ingreso de intrusos y cuando las mujeres empezaron a realizar las obras, la edificación estaba habitada por cientos de palomas.

En el proceso de reciclaje participaron una técnica sanitaria, Gaciela Popelka –primadel sacerdote Ernesto Popelka–, una escribana, tres mujeres asistentes sociales y una escribana.

El proyecto de ejecución de las obras contó con el apoyo y la supervisión técnica de carpinteros alemanes y estudiantes de arquitectura.

Actualmente, estas propietarias se desempeñan realizando limpiezas, trabajando en casas de familia, empleos públicos, agencia de publicidad o en una empresa sanitaria, mientras que otras se jubilaron por incapacidad.

Elis Araújo trabaja como sanitaria y estudia junto con su hijo en la Facultad de Derecho. En los días que hay partido de fútbol y si su hijo no asiste al aula, su madre toma nota de los clases y después se lo pasa.

Por su parte, Hilda reconoció que al tener su casa propia pudo ganar independencia y advirtió que por ser jefa de familia existe el inconveniente de convivir con un hombre que no es el padre de sus hijos.

«Nos da orgullo y satisfacción por lo que hemos logrado y tener la tranquilidad de decidir por nosotras mismas. Si un hombre por machista se siente incómodo por dirigir el funcionamiento de la cooperativa no debe de ser tan hombre, sino él mismo se hubiese construido una casa», afirmó.

Las jefas de familia recalcaron la importancia de vivir en la Ciudad Vieja, porque tiene una ubicación geográfica privilegiada y está cerca de todos los servicios. Reafirmaron que actualmente la única forma de tener la vivienda propia es a través de la ayuda mutua.

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