En pleno Montevideo un matrimonio vive aislado

Dieciocho años en la caja de un camión

José Pedro Varela (54), que nació con la mano izquierda amputada y su esposa, Nilda Julia Pereira (67), que trabaja como limpiadora en el hospital Piñeiro del Campo, viven desde hace 18 años en el interior de una cámara frigorífica que fue desmontada de un camión en el barrio Basáñez, cercano a 8 de Octubre y 20 de Febrero.

El matrimonio se desempeñó durante casi dos décadas como cuidadores de la metalúrgica Alicar, que funcionó hasta hace poco más de dos años en Ramón Castriz y Agustín Sosa y que llegó a emplear a cerca de 150 personas.

Luego de su traslado, la empresa vendió las instalaciones a la cooperativa de transporte Raincoop, que días atrás decidió sacar del predio la vieja cámara frigorífica y la colocó en la calle.

«Los tiraron como perros», consignó un vecino que conoce al matrimonio desde hace años.

Los vecinos, preocupados por la situación de este matrimonio, reclaman que por lo menos los saquen de la calle y los dejen en un predio que está ubicado a un costado, ya que allí no molestan a nadie y se evita dejarlos a la intemperie.

«Es por una cuestión de humanidad», recalcaron algunos habitantes de la zona, y acotaron que estando el contenedor en medio de la vía pública –en la calle Continuación Núñez de Arce– puede ocurrir una desgracia si algún automóvil se lleva por delante la caja de metal.

José Pedro Varela se dedicó durante algún tiempo a cuidar las instalaciones de Raincoop, aunque por ello no recibió paga alguna, según denunció.

Manifestó reiteradamente a LA REPUBLICA que la cámara donde vive con su señora es de su propiedad, ya que se la regaló «Mingo» Ambrosio, el propietario de la metalúrgica. El contenedor de metal duro, que apenas tiene algunas pequeñas aberturas, tiene colgados en sus paredes utensilios de cocina, al fondo se ubica una cama y a un costado podía observarse ropa vieja, una antigua radio y una garrafa de 3 kilos. Al ingresar a la cámara frigorífica, que tiene una extensión de 2 por 6 metros, podía sentirse olor a encierro y un sofocante calor. Uno podía imaginarse lo insoportable de vivir durante el verano en el interior de esa estructura, pero sin embargo para este indigente y su esposa los rayos del sol parecen que ya no son un problema. Carecen además de agua potable y de energía eléctrica, servicios que obtenían de la metalúrgica, que se los proporcionaba gratuitamente.

Ahora se alumbran con un farol a mantilla y acarrean agua con baldes desde la casa de sus vecinos.

El único ingreso que tiene este matrimonio es el sueldo de doña Nilda, que por hacer tareas de limpieza en el Piñeiro del Campo percibe $ 1.600 al mes. Para asistir diariamente a trabajar, camina unas 20 cuadras para evitar tener que pagar el ómnibus. La señora tiene 7 hijos y la mayoría de ellos no va a verla ni le da una mano. Los vecinos enfatizaron que en estos tiempos se está perdiendo la solidaridad, tanto de los obreros como del gobierno, y se es indiferente a muchos casos de injusticia, «como el de estos pobrecitos viejos».

Mientras avanzaba la conversación, recordaban otros tiempos y Varela se emocionaba al punto de llorar. Una vecina que pasaba por el lugar le dijo: «Â¡No llore, don José, que todo se va a arreglar!».

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