Palermo en tiempo de Nyanzas y Llamadas

De pronto una noche y no se sabe por qué tiene que ser de verano, sobre esas callecitas de Palermo que van a dar al mar, un mar que no es mar pero que los trajo, una cuerda de tambores llama.

Avanza por el medio de la calle, comenzando la vuelta por el barrio y mientras avanzan se van prendiendo y agregando otros hasta sumar blancos y negros una orquesta de tambores. Es tiempo de llamadas.

En ese ardido Palermo de los años treinta, con madreselvas en los patios, el canario en la jaula. Cuando en la calle se estiraba el aroma de algún jazmín del país y los vecinos sacaban sillas a la vereda, sentándose frente a la noche en busca del aire fresco que venía desde la costa. Tiempos en que la luna semejaba a un farolito de plata colgado entre los espacios del cielo. Palermo tenía por orgullo a dos comparsas lubolas que se las traían. «Los Nyanzas» y «Los libertadores de Africa». Los primeros salían de la esquina de Ejido y Curuguaty. Algunos memoriosos vecinos –de los pocos que van quedando– recuerdan al sordo Pauglione, escobero y boxeador, haciendo mil malabares con la escoba y con los puños.

A los hermanos Ricci, herreros de día y tamborileros de noche, a la voz del sastre Paladino, a El Macaco, responsable de pintar los tambores y hacer las decoraciones de la comparsa, a quienes se sumaban Pindonguita y El Lungo. Todos recuerdan sus motes, sus nombres y apellidos se perdieron con los años.

En Ansina, entre Isla de Flores y San Salvador, tenían su punto de encuentro «Los libertadores de Africa»; desde allí partían a varios puntos de la ciudad llevando los prestigios de su barrio y el orgullo de su raza.

Pero en esas noches de verano, Palermo también se estiraba en los boliches esquineros donde cruje el mazo de cuarenta naipes que después de barajados se desplazan sobre la mesa entre vasos de vino o caña cubana y porotos en montones contabilizados.

Mientras la calle era animada al sonido del chico, piano y repique, el truco seguía viviendo dentro del boliche entre ese mundillo de jugadores que lo animan con frases ingeniosas, pero donde lo más habitual es la frase mentirosa. Otros barrios vecinos imitaban a Palermo. En el Sur, por donde corría la calle Paraguay, salían «Los Cubanos» y a pocas cuadras de ellos «Los guerreros de la Selva Africana», mientras que desde el viejo barrio Guruyú sonaban las lonjas de «Los hacheros».

«Las llamadas, históricamente, siempre fueron tambores, allí nada tuvieron que hacer los demás integrantes de una comparsa lubola, ni sus símbolos, ni sus coreografías». Así me lo recuerda don Héctor, un viejo vecino de Palermo que lo memoriza con sus ochenta y seis años.

Hoy las llamadas y el candombe son patrimonio de negros y blancos, pobres y ricos, jóvenes y viejos, de Palermo y La Teja, Sur y Malvín. Es de todos.

En amarillos almanaques han quedado las salidas espontáneas de quienes al golpeteo de las lonjas llamaban y llamaban con su sonido atrapante para estremecerlo todo.

También quedan las historias de los años treinta, que en forma enredada cuentan los viejos vecinos de un Palermo que tenía despreocupada pobreza, con almacenes, conventillos, corralones y casa de modestos balcones con puerta cancel que se volcaban sobre calles ariscamente empedradas.

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