"Suenan las vitrolas, con tangos y milongas"
La memoria «olfatea» esa costumbre. Se hace «la interesante». Pero, de golpe, también se enchufa los auriculares y obliga al veterano caminante a que él también se ponga los «walkman». Haciéndose la «canchera», mira la hora donde el viejo está escribiendo, y lo corrige: «portable C.D. player, se dice». «Â¡Será posible!», piensa el veterano, «una memoria con aires de moderna». Pero, la «banca». No queda otra. Es una coqueta y caprichosa, pero ¡sabe tantas cosas!
«Dale, sabelotodo, contanos cómo empezó todo esto, allá en la vieja Capital», le susurra el escribidor. Segura de sí misma, la memoria le entrega una llave. Se abre una puerta y el laberinto de recuerdos se convierte en un camino fácil y sencillo.
Las imágenes se aclaran y vemos un muchachito de apenas 15 añitos, que por 1932 comienza a darle «bolilla» a unas cajas de madera, a cuerda, que todos llamaban «vitrolas». Para escuchar música, para aprender a bailar y para saberse de memoria todas las letras de los tangos de moda. Una enorme bocina, como un embudo. Y también un modelo muy antiguo que le decían «fonógrafo», donde la magia sonora nacía de un cilindro de metal.
Pero, se les decía «vitrolas» y en su versión más popular, como «la Royal», servían para deleitarse con los artistas que habían grabado en unos muy negros y frágiles discos «de pasta». A darle cuerda se ha dicho y la barra de amigos «paraba la oreja», pues los inundaba la música de sus favoritos.
Una vieja tía prestaba su vitrola. La poníamos en la mesa del boliche esquinero. Todos rodeaban el extraño artefacto. Como por encanto aparecían discos de «el sello del perrito», la RCA Víctor, que mostraba en su etiqueta a ese simpático animalito, muy sentado y atento, escuchando una vitrola. También de otras compañías discográficas como la «Odeón» y la «Columbia».
El ambiente del cafetín se impregnaba con el sonido de los tangos, milongas, fox-trox y hasta los muy americanos «charleston». La música era también muy bien recibida por esos años. La voz del «Invicto» Gardel, salía por la ventana del boliche y, rebotando entre los farolitos y adoquines, se paseaba por todos esos barrios de casas bajas.
Todos los pibes querían estar «al alpiste» de los temas musicales en boga. Es que habían empezado a surgir, como hongos después de la lluvia, por todos lados, salas de bailes a nivel popular. Allí, grandes «bailongos» y la oportunidad de conocer «querendonas» compañeras de danza. También otras que acompañadas de sus tías o abuelas «vigilantes» también tenían su atractivo. Es que, muchas veces, se hacían las tímidas, «las mosquita muerta», pero cuando se largaba a bailar ¡qué les podemos decir, queridos lectores cómplices! Y ni hablar cuando el asunto, escapando de las miradas vigilantes, llegaba a otros «terrenos».
¡Basta! dice la memoria, ahora el tema es las vitrolas y no esas chicas entrando de apuro de la calle, arreglándose el peinado, cuando notaban que las abuelas las estaban buscando por todo el baile.
Por eso es que todos querían aprender a bailar Y no resultaba extraño que los muchachos se reunieran alrededor de ese aparato y, al compás de las notas que emanaban de su enorme bocina, ensayaran sus «primeros pasos».
Dándole cuerda, que bien podía durar para dos discos, se escuchaban los tangazos de Arolas, del «Pacho» Maglio o las milongas de un compositor montevideano de lujo, ese personaje que se llamó «Pintín» Castellanos.
Entre varios, haciendo «escote», comprábamos las púas que se gastaban de tanto disco y más disco. Venían en unas cajitas de lata que se compraban en los negocios del ramo musical de la calle Rondeau.
Vitrolas, púas, discos, todo lo que se quisiera para escuchar mejor la música había en la especialista «Casa Cardelino», de Rondeau y Paysandú. No olvidamos «El London París», donde las vitrolas y los discos se presentaban en un catálogo, editado en forma anual, que con los precios y todo, salía desde 18 y Río Negro hasta los más perdidos rincones de todo el Uruguay.
Un caso aparte fue «Introzzi», de la calle Galicia. Es que por la cercanía a la Estación del Ferrocarril, mostraba una imagen más que pintoresca.
Gauchos, de botas y grandes sombreros, salían muy sonrientes, caminando, a tranco lento, hacia la Estación de trenes. Llevaban dos grandes paquetes y en uno de éstos se adivinaba la forma inconfundible de la bocina de una vitrola.
Hasta en el campo y su gente había «pegado» fuerte la fiebre de la música «a cuerda» y sus discos grandotes.
Unos sitios donde nunca faltaba la sonora compañía de esos artefactos fueron los primeros «ranchos de pescadores», ubicados en la costanera. Desde los de «El Bajo», de la Ciudad Vieja, pasando por los históricos frente a las canteras del Parque Urbano, hasta llegar a límites como la Punta de las Carretas o un poco más lejos, en el Banco, casi enfrente al mitológico «Cabaret de la Muerte». Por esos lados, los muchachos le daban «con tutti» a la manija. Y entre alguna «corvina a las brasas», de rechupete, sonaban los ritmos «cayengues» del dos por cuatro.
Esas queridas vitrolas también cambiaron las costumbres familiares. Las había en cada «casorio», en cada cumpleaños, y en los festejos de aniversarios de matrimonios o los bautismos. La consecuencia es que cada una de esas reuniones del clan familiar, más los infaltables vecinos de la cuadra, se convertían en «un baile». Entre las risas, por los chistes repetidos de un pariente pícaro y solterón, y entre las copas de «un clericó» casero que se servía con un cucharón de una fuente de vidrio, allí se instalaba la música y «el bailongo».En el centro de la pieza más grande, con los muebles corridos hacia los extremos, se podía ver sobre una mesita a la vitrola y su gran corneta, sonando muy fuerte. Siempre con una vecina «comedida», que con un vasito de «clericó» a su lado, le daba vueltas y vueltas a la manijita de la cuerda.
Ahora, las pocas vitrolas que quedan están en las casas de antigüedades. Son un «tesoro» para los coleccionistas que pagan por ellas muchos dólares. Cuando las vemos, el corazón comienza a latir muy fuerte.
Y aunque están calladas, escuchamos sus músicas que allá en los rincones del tiempo, le dieron vida y alegría a los vecinos de Montevideo, la Vieja Capital.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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