DETRAS DE LAS MASCARAS

Caminos en el silencio

«Compra lo que no te hace falta y carecerás de lo que necesites» (Refrán popular)

Tal vez a usted le suceda lo mismo. Preocupado por ver cómo hago para llegar a fin de mes con algún mango, no había reparado en que ya transcurrió el primer mes de 2000 y con él se nos fue la mitad del verano. Pasaron las elecciones, pasó fin de año, pasaron los reyes (¿pasaron?). Y acá estamos: esperando un gesto, una actitud, algo que nos aliente a creer que las cosas pueden mejorar y que lo prometido y dicho no es como Y2K; ese cuento de que al llegar el último minuto de 1999 las computadoras iban a estar más para el Vilardebó que para servir al hombre que las creó. Algunos dicen: «esto es un carnaval y nada puede cambiar». Debiéramos estar curados de espanto.

En cada cambio que se produce en la sociedad, cuatro vivos se quedan con el vuelto. Pruebas al canto. Cuando para la tareas rurales en los campos se incorporaron herramientas y maquinaria, sobró tanta mano de obra que declararon hombres libres a quienes antes tenían para esclavos y que para hacerlos laburar habían ido a buscar a los confines del mundo. Después llegaron las máquinas a vapor y más gente sin trabajo al punto tal, que muchos la emprendían a los fierrazos con las susodichas. Con la electricidad sucedió otro tanto pero se notó menos porque andaban entretenidos jugando a las guerras para conseguir nuevos mercados y a los que no mandaban a morir al frente de batalla, los usaban en las fábricas. Entonces llegó la electrónica. ¡Otra que carnaval!

El advenimiento de la informática que trajo consigo este tiempo de máquinas inteligentes que sustituyen al hombre, pudo y debió ser la panacea, el sueño largamente acariciado de trabajar menos y disfrutar más de la vida, pero la sociedad (o quienes la gobiernan), comete el tremendo error (de cuyas nefastas consecuencias hay abundantes muestras); de poner ganancia, renta, valor, riqueza y otras lindezas; por encima de los derechos de personas, de dar prioridad a lo financiero antes que a lo humano y a lo económico antes que al bienestar común. Antepone así estúpidamente dinero a dicha y lucro a logro, dicho esto en el sentido de gozar o disfrutar de una cosa.

Sólo una sociedad enferma puede apostar al desempleo, al cierre de industrias, a la venta irresponsable de su patrimonio y empresas estratégicas para salvar los intereses de unos pocos. Vaya insania condenar a la angustia y miseria a una buena parte de los mienbros de una sociedad siendo que éstos, son su sostén. Más que locura es una burla, un engaño, propiciar una «sociedad de consumo» y estimular la adquisición de bienes cuando no hay necesidad de sustituir otros en uso y más aún cuando no se combate el desempleeo que liquida a los consumidores. No entiendo como llaman carnaval a eso.

Carnaval; esa fiesta enorme de nuestro pueblo, acompañó todos los cambios que se han ido sucediendo a través de los años. Creció junto a ellos, luchó junto a la gente en tiempos difíciles, se plantó frente al poder de turno y denunció las injusticias, enfrentó a la corrupción, reclamó por los derechos conculcados, resistió y aún le sobraron fuerzas para soportar la indiferencia e incomprensión de muchos.

Noche tras noche recorre los barrios juntando los pedazos de nuestros sueños rotos y crea nuevas banderas con los jirones de las viejas utopías.

Mago genial que logra unir la familia aún hoy cuando muchos descreen de ella. Carnaval es esperanza en horas aciagas, luz en las sombras, canto y arenga en el silencio y es la posibilidad cierta de volver a la infancia, porque él, conoce el camino de regreso.

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