"El rumor de las hojas y los tanos heladeros"
Con las orejas paradas, a la memoria se le hace agua la boca. Escucha a la brisa primaveral, a los sonidos de un «tano» a los gritos pelados. Las ruedas del carrito se acercan, medio chuecas y chirriando sobre los adoquines. Las imágenes comienzan a bajar del viejísimo y celeste cielo. Ruidos, palabras y un montón de postales caen una a una de muy arriba de los árboles. Se ve un carrito, se ve un heladero, en otra a los pibes rodeándolo, y en esta que ahora nos cayó muy cerquita, el «tano» nos mira, pícaro. Comienza a contarnos sus cositas. Lo escuchamos, las hojas son un puro movimiento y como diría el flaco Onetti, «dejemos hablar al viento».
Por estos días, por los principios de la década del 30, comenzaban a «trillar» los tanos heladeros. Empujaban su carrito, con un toldo muy coqueto. Dos barullentas ruedas llevaban los recipientes de metal. Allí estaban las «cremas heladas». Hombres curtidos, siempre de sombrero, con saquitos marrones, blanco y hasta algunos, con un radiante amarillo. Laburaban duro y con toda «la polenta» de sus aldeas calabresas o napolitanas.
Vainillas, frutillas, chocolates y cerezas, tesoros del buen gusto. Se transportaban en esos recipientes envueltos en alpilleras, con muchos trocitos de hielo mezclado con un puñado de sal, para evitar que se derritieran. Otros cargaban sus tachos al hombro y meta «patacón», ya sea por el coqueto barrio de Los Pocitos o por el Paso Del Molino y sus doñas de bolsitas «chismosas».
Las cremas heladas, como las llamaban, las hacían ellos mismos. Todas las noches preparaban en grandes ollas «las cremitas», que, sobre la cocina de carbón, revolvían con sus cucharas de madera. Frutas por todos lados y unas enormes bolsas de azúcar, principales ingredientes de una deliciosa alquimia. Toda la madrugada enfriándose entre unas barras de hielo. Y, a la mañanita, a los tachos. Desde ahí, a las calles, a sus barrios y a deleitar a todos los montevideanos de la Vieja Capital, que ya comenzaban a sentir el calor y unas ganas enormes de que llegara el ansiado heladero.
La primavera se había «largado» y, a su influjo, los tanos aparecían por todos lados. Mansamente, competían a quién servía el vasito de cartón o el crocante cucurucho lo más lleno posible. Los pibes sabían y al pasar uno se decían muy bajito: «Esperá que pase el Giussepe, te lo llena hasta arriba».
Quizás lo están diciendo ahora, quizás el escribidor se volvió de golpe un botija y, quizás, el tiempo sólo sea una ilusión.
Por las ferias vecinales hacían «pata ancha» y pronto se quedaban con los tachos vacíos. Como cuando bajaban por la Plaza Cagancha y se instalaban en la mítica Feria de Ibicuy. Entre los pastelitos de membrillo, entre los que vendían «masitas turcas» y unas cristalinas jarras de limonada. En esa cuadra se entreveraban los heladeros con sus típicos carritos.
En los domingos rumbeaban para Tristán Narvaja. Siempre llena de objetos exóticos y raros, por la calle Yaro andaban los tanos a puro pregón. Seguidos por los pibles que se escapaban, y saludados por los feriantes de verduras que les conversaban en su querida lengua natal.
También los vimos por el Paso del Molino, en Uruguayana y Zufriategui. En una tradicional feria barrial que se prolongaba hasta mediados de la tarde. Aunque a los heladeros mucho antes se les había «agotado» su mercadería.
No existía sitio, por los inicios del viejo siglo, en que no estuvieran. Allá, trepando la Cuchilla, la botijada los esperaba en la Plaza Lafone. O, por el mágico Rosedal del Prado, casi al lado de las damitas de vaporosos y larguísimos vestidos y sus galanes de bigotes finitos.
Por la pista de patinaje del Parque Capurro, las alegres parejas que se deslizaban sin cansancio, al compás de la orquesta de la Glorieta, reponían sus fuerzas con los helados de cerezas y la codiciada vainilla, que siempre se les acababa primero.
Rodeaban el largo del Parque Urbano y, al bajarse de las lanchitas de remo, era casi un ritual arrimarse al carro del tano heladero. Tardes y noches de aquellos inolvidables veranos en que la gente se quedaba hasta muy tarde sentados en la puerta, con todas las ventanas abiertas. Era entonces cuando los vendedores de helados debían realizar más de un viaje a sus casas para recargar los tachos, y dejar a las familias contentas.
Los años se largaron con «tutti». Con su pasaje muchos de esos heladeros se instalaron en pequeños locales. Como el popular Miguelito, que se ubicó en Centenario casi Avenida Italia. Los días de partidos, los fanáticos que llegaban desde el Estadio invadían el negocio de ese simpático personaje. Se «aburría» de vender vasitos desbordantes de sambayón o el muy solicitado de limón.
Por el barrio De Los Pocitos, dos pioneros hicieron escuela. Por una calle Gabriel Pereyra, de tupida arboleda y con todas sus casas bajas, estaban Don Fuentes y el conocido Toscanni. Muy cerca el uno del otro, los vecinos no sabían a quién elegir, ya que se sacaban «chispas» con sus heladas delicias.
Por el Cordón, en Paysandú y Tristán Narvaja, el boliche «La Cumparsita», hace una pila de años, tuvo un dueño, Don Lorenzo Boragno, que en verano tenía el «berretín» de hacer helados. En ese bastión de las copas y la ginebra, también había un lugar para los vasitos llenos de helados de vainilla. Para los pibes que se sentaban en el cordón de la vereda, en la puerta del bar y se deleitaban con un refrescante y dulce sabor, que para muchos «lectores cómplices» que tenemos por ese añejo barrio, es el sabor de la muy lejana infancia.
Luego, el Centro comenzó a tener muchos lugares para disfrutar ricos helados. Como en el Sorocabana, de 18 y Andes, donde el aromático café tenía que convivir, por los días del verano, con las cremas heladas y el recordado «Frescoco». Una especialidad del antiguo «Soro», hecha a base de coco y leche, presentada en una bonita copa.
Las confiterías céntricas tuvieron sus exquisiteces heladas. No podemos dejar de recordar los sofisticados helados de «La Americana», en 18 de Julio entre Cuareim y Yi.
Cuando las ferreterías «Turcatti» y «La Llave», en la calle Rincón, empezaron a vender las primeras máquinas, al alcance de todos, para hacer helados «caseros», el misterio y encanto de los tanos fue revelado. Aquellos chicos recipientes de metal, con una manijita giratoria, rompieron el hechizo, y ya en todos los hogares se podía hacer helados, sin esperar la presencia de los heladeros ambulantes.
Pero la brisa y el rumor de las hojas de esta primavera le contaron al viejo escribidor que los tanos no se enojaron. Siguieron, a puro pregón, anunciando que llegaron al antiguo barrio. Dice el viento que aún están allí. El veterano, inclinado sobre el papel en que escribe, levanta su mirada y ve al italiano del carrito. También lo mira un pibito que sale como «taponazo»y le pide «uno de cereza, «mientras en la calle pasa, muy lento, un melancólico tranvía de caballitos.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación:
Angel Luis Grene
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