Horneando ladrillos, El Talar desafía al fantasma del desempleo

Cuando la vida se va

El Talar es un barrio antiguo y pobre que durante varios decenios fue apenas un punto en el mapa de Pando y ahora está creciendo en medio de enormes dificultades desatadas por el avance demoledor del desempleo generalizado.

Habitado por familias laboriosas que buscan su lugar bajo el sol, es asiento de unos 35 hornos de ladrillos donde artesanos jóvenes y adultos luchan desesperadamente para vivir de un oficio noble que hoy, tras el relativo auge de épocas pasadas, brinda menos de lo que exige.

De todos lados vienen estos artesanos: algunos comenzaron a amasar barro desde ninos, varios recalaron en los hornos buscando una segunda fuente de ingresos y se quedaron para siempre porque perdieron el otro trabajo, muchos llegaron cuando ya mil oficios habían pasado por sus vidas sin mejorarlas.

Ubicados de espaldas a la ciudad, a unos tres kilómetros del desconsolador cadáver de la estación ferroviaria, los hornos constituyen uno de los rasgos distintivos del bello, apacible paisaje de El Talar, donde en varias zonas se mixturan lo rural y lo urbano a escala humana.

Con ese hermoso paisaje como telón de fondo, los horneros casi siempre cambian ladrillos por frustraciones, ilusiones por desenganos, sudor por lágrimas, trabajo duro por pesos flacos.

Y de eso, es decir de sus vidas, hablan.

En el fuego

«Esto va mal», dice Dangelo Rodríguez quien con su hermano opera un horno ubicado a corta distancia de la cancha de fútbol y del flamante Centro Cívico del barrio, no lejos de la ruta que serpentea entre canteras, casas modestas y mucho campo solitario.

Mientras Dangelo habla, su hermano y otro hombre alimentan con costaneros el fuego que lentamente trepa sobre las compactas piezas negras de adobe destinadas a convertirse en sólidos, excelentes ladrillos rojos.

Según Dangelo, las ventas están cayendo en picada a causa de la crisis económica que afecta a amplios sectores de la población:

«Lo que se gana no alcanza para salir adelante. Hay épocas en las que hasta es difícil cubrir los gastos y quedarse con algo para comer.

Si yo tengo que contratar, digamos, a cinco peones contrato a cuatro, o a menos, a la cuarta parte, y trabajo también de peón porque de otra manera los números no dan», explica.

Hay casi 32 grados a las cinco de la tarde y el horno siempre encendido es otro sol ardiente, pero pese al cansancio, el calor y la sed la tarea no se detiene y seguirá tal vez hasta que la noche llegue:

«El trabajo escasea y cuando aparece es cuestión de darle o darle porque aquí no es nada fácil hacer un jornal en otra cosa» dice uno de los hombres que están trabajando desde la manana en un horno cercano al de Dangelo.

Sucede que roto el sueno del Pando industrial y próspero no poca gente se aferró a la módica salida de la producción de ladrillos pero ahora con el bajón de las ventas también esa esperanza se está esfumando.

En el mejor de los casos un peón puede ganar 250 pesos tras agobiante jornada de trabajo a destajo, pero los datos de la realidad dicen que lo más frecuente es que obtenga mucho menos.

«Y en los hornos no hay changa todos los días sino a veces porque dos por tres la producción se para, ya que ahora los compradores casi siempre llevan menos ladrillos que antes», afirman en El Talar.

La vida dura

Los horneros de El Talar venden baratos los muy buenos ladrillos que producen todo el ano, sea cual sea la cantidad que les quieran comprar empresas constructoras, barracas o cualquier particular.

Según la cotización de este verano los precios van desde unos 80 centésimos el ladrillo común de costo más bajo hasta 1.30 o 1.40 el más caro y de mejor calidad puesto en obra.

Estas cifras demuestran que ellos, los productores, son quienes menos reciben por su trabajo: el sistema de comercialización lleva a otras manos la parte del león, tal como sucede en muchos ámbitos. Pero además los horneros deben invertir en materiales y mano de obra y esos gastos, unidos a la demanda en declive, los está sumiendo en un proceso de empobrecimiento que se acelera día tras día.

Miguel Anchorena, uno de los horneros más veteranos de El Talar, afirma:

«Yo dejé la vida en esto y sé bien de lo que le estoy hablando cuando le digo que aquí la chicoria es cada día más grande. Yo mantengo los mismos precios de hace dos anos porque si aumento capaz que no vendo nada. Está brava la cosa».

Dangelo también es contundente:

«Uno se va descapitalizando y sin plata no se puede hacer mucho. Si un peón te pide para comprar la comida tenés que darle pero si no disponés de unos pesos hasta que vendés los ladrillos, ?cómo arreglás? Y además tu familia también necesita. ?Y de dónde vas a sacar para todo eso y para los gastos y para el material si no te entra lo necesario para hacer una reserva de dinero que te permita trabajar? Sí: está dura, muy dura la vida aquí».

De mal en peor

Los horneros de El Talar viven en la mayor parte de los casos rigurosamente al día, apremiados por necesidades que en ocasiones ni con los sacrificios más grandes logran satisfacer plenamente.

Para ellos todo podría ser mejor si su trabajo estuviera protegido y estimulado por políticas departamentales o nacionales específicas, pero siguen olvidados y librados a su propia suerte.

En los campamentos –como ellos llaman a los predios donde trabajan y, en muchos casos, viven– la sensación de que lo peor siempre es posible para un hornero quema más que el fuego que cuece los ladrillos:

«Hay días en los que te sentís como perdido y con bronca porque pensás que la situación puede empeorar manana y también pasado por más que te rompas el lomo sin aflojar nada», dicen varios.

Dangelo, quien empezó como peón tan pronto dejó la escuela, agrega otro dato:

«Ahora están llegando a Montevideo ladrillos que se hacen en San Carlos, Maldonado, donde los costos son más bajos. Y como esos ladrillos tienen costos de producción menores que los nuestros, se venden todavía más baratos que los que hacemos nosotros. Esa es otra de las razones por las cuales vendemos cada vez menos». Carlos Perdomo y Sebastián Daniel Rodríguez coinciden con Dangelo:

«En esta situación todo se hace más difícil ano tras ano y no se sabe en qué vamos a terminar. Ahora sólo para poder mantenernos como estamos, y estamos mal, debemos hacer muchísimos esfuerzos. No sabemos qué podrá pasar más adelante, pero por ahora vamos para peor». Pero de Brasil también llegan ladrillos más baratos que los uruguayos y eso agrava los problemas que asedian a la gente de los hornos de El Talar:

«Yo hace cuatro meses que estoy con el horno y no puedo levantar cabeza. Pero hay gente que lleva una vida entera en esto y anda igual que yo», dice Dangelo.

La posibilidad de que los hornos se apaguen para siempre es el fantasma que amenaza a El Talar. Si eso sucede también se apagará la vida de los horneros:

«?De qué vamos a vivir si esto se termina?», preguntan ellos mientras el sol sigue quemando los campamentos.

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