La lengua no es de trapo

Los pagos neocelandeses

El poeta Sarandy Cabrera, de cuya amistad me honro, se ha ocupado en algunas de sus sabrosas columnas de corregir ciertos errores lingüísticos que se cometen a menudo.

Desde que leí –hace ya unos cuantos meses– sus concluyentes argumentos sobre el error que constituía decir pago por pagado, he estado corrigiendo a diestra y siniestra a quienes hablaban de facturas pagas, o se quejaban diciendo todavía no me han pago. La palabra pago no podía ser más que tres cosas: o bien una voz (primera persona del singular del presente del indicativo) del verbo pagar, o el sustantivo que expresa acción y efecto de ese verbo, o, finalmente, un sustantivo con que designamos un lugar geográfico, una región, un pueblo, un paraje, y que suele usarse más comúnmente en plural.

Pues bien, me he encontrado –no sin sorpresa– con que en el Diccionario de la Real Academia figura –además de las definiciones citadas más arriba– una cuarta acepción que transcribo textualmente: «participio pasivo irregular poco usual de pagar; adjetivo: dícese de aquel o aquello que está pagado».

Por tanto, por más que la Real Academia lo considere poco usual, no es incorrecto decir facturas pagas o todavía no me han pago. Era muy común –y sigue siéndolo– que los cajeros de los comercios tengan un sello de goma con la palabra PAGO, así en mayúsculas, para estamparlo en facturas y recibos que ya han sido pagados. De modo que se puede viajar con los gastos pagos, siempre que uno haya pago sus deudas…

–Así que ya sabe, Pereira, mande la vuelta usté, que todavía no ha pago ninguna.

Esta polémica filológica con Sarandy se aumenta con la i de Nueva Zelandia, que el polígrafo coceador exige no omitir. Pues bien, leyendo el Manual de Ortografía de la Real Academia (edición de 1999) en el apéndice de toponímicos y gentilicios, me encuentro con que los sesudos académicos admiten las dos posibilidades para designar la patria de Ruth Richardson: Nueva Zelandia o Nueva Zelanda. Así que podemos –sin temor a meter la pata y cometer un error ortográfico– decir Nueva Zelanda, así sin i, cosa que no haríamos con Groenlandia o con Finlandia.

Y en definitiva no está mal que se admitan ambas grafías pues el lenguaje es una creación humana colectiva, llena de arbitrariedades y de caprichos, que por otra parte está siendo constantemente modificado por quienes lo usan. Y los académicos –cansados de luchar por el respeto de las normas– terminan dándose por vencidos y aceptando barbarismos, neologismos y cambios semánticos impuestos por la porfiada realidad del misterioso fenómeno del lenguaje. Como el propio Sarandy lo ha dicho más de una vez, si las lenguas no sufrieran esas transformaciones a manos del vulgo, esta columna estaría escrita en latín y no en castellano, una deformación del latín vulgar…

–Si no entendí mal, puedo decir indistintamente Yolanda o Yolandia, ¿no es así Mendieta?

–¡Qué lo parió!

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