"Con aquellos abuelos y sus viejas historias"
Días de encierro en que la memoria es fiel compañera y ellos, sabiéndolo, le dan con todo a «la manija de la maquinita», para que fluyan viejas imágenes de otros tiempos. Y este domingo, la cosa quedará entre ellos. Bueno, entre nosotros, ¿verdad? Porque las imágenes que se nos vinieron arriba, quizás porque el amarillento otoño hizo sus valijas y el invierno está casi al lado, son de los viejos, de los abuelos, de los veteranos, como se los prefiera llamar, de sus hábitos y costumbres en días muy lejanos.
Gastadas postales, fotos en blanco y negro que muy diluidas, apenas muestran sus contornos. De siluetas que nos miran, las miramos, agarramos aliento.
Un largo trago de café, y parece, despacio, ir tomando fuerza el mensaje que esta gente nos quiere decir. Quieren que estemos junto a ellos en el viejo Montevideo. Que «chamuyemos» algo de esos días que hoy son únicamente tenues recuerdos, en la mente del terco escribidor de nostalgias.
No eran tiempos mejores, claro está, pero sí eran distintos. Con personas muy mayores que sin la ayuda de «antioxidantes» o de otras «químicas», iban de un lado para el otro de la ciudad. Un Montevideo que mostraba a sus abuelos muy activos. Algunos, como los inmigrantes de «media lengua», con los brazos muy fuertes y una voluntad de hierro, laburando al frente de sus tallercitos barriales.
Una estampa de época de esos canosos trabajadores fueron los llamados «zapateros remendones». Nunca jóvenes, siempre veteranos, al menos así caprichosamente llegan sus imágenes al laberinto de nuestra memoria. Siempre «tanos», con un delantal de cuero, sentados en un banquito petizón, le daban todo el día al pequeño martillo. Sobre su falda apoyaban las botitas de «taquito militar», las gastadas polainas o los enormes zapatones, de los que le habían dicho: «Para el fin de semana ¿verdad, don Giussepe»? Y el viejo Giussepe, cumplía, a pesar de sus largos 70 «pirulos», cumplía. Y la muchachada que no tenía más que un par de «tamangos» para salir podía estar, bien calzada en los bailongos del Centro. «Cortes y quebradas», con zapatos de charol, se debían al trabajo de ese veterano al que veíamos, muy entrada la noche, siempre sentado en su tallercito allá por Uruguayana y Capurro. Al pensar en este personaje, «el tac-tac» de su martillito, lo escuchamos nuevamente. Vemos la foto que del gran cantante Carusso colgaba entre los zapatones. Por el milagro de su trabajo, a los pocos días relucientes.
Otros veteranos que siempre recordamos siendo muy viejos, eran «los maniceros». Aquellos que cuando el invierno se largaba muy cruel, no le hacían asco al frío y «trillaban» las calles empujando sus carritos, con la forma de locomotoras. Como el también muy italiano, de bigotes «mostacholes» que andaba por la zona del viejo Goes. El mismo que todas las noches terminaba su jornada vendiendo en la puerta de la antigua Estación de Tranvías, de General Flores y San Fructuoso. «Maní, el maní molto calentito», repetía en su pregón, mientras armaba los cucuruchos de papel de diario, desbordantes de esas humildes y crocantes sabrosuras. No tuvimos la suerte de verla, pero dicen que en su billetera, llevaba una fotografía, autografiada y dedicada personalmente de Tito Schippa, aquel genial intérprete de alegres «canzonetas».
Por la Plaza de Deportes de la Villa de la Unión, todos los domingos, andaba «un organillero» que con una pequeña cotorrita sacaba unos papelitos de colores, que todos entre risueños y creyentes ¿por qué no? las llamaban «las cédulas de la suerte. Algunos vecinos afirmaban que tenía más de 80 años y creemos que era verdad. Pero había que verlo, de sol a sol, cómo no decaía en su entusiasmo. Siempre con un chiste, un comentario pícaro o un filoso chisme sobre aquella vecinita del barrio, «tan pizpireta». Mientras le daba y le daba a la manivela de su musical organito.
Otros abuelos, otros veteranos, no tan «notorios», simplemente jubilados, pero muy activos, fuero los que «recalaban» por la dominguera «Feria de Tristán». Para recorrerla, muy temprano, para entreverarse con los amigos, tan viejos como ellos mismos, y, de paso, hacer una pausa. Aprovechando el sol esquinero que calentaba lindo y suave, asomándose entre los árboles y las azoteas de las casas bajas de esas cuadras. Nunca olvidaban dejar unas moneditas en el platillo de lata del «Cieguito Basso», incansable en su tanguero bandoneón.
Y, menos aún, de «colaborar» con la banda de músicos que llevando a su frente a un negrísimo trompetista, recorrían todo el trayecto de la feria. El mismo moreno y un veterano con el redoblante, solitarios vestigios de esa agrupación, llegaron hasta casi los fines de la década del 70, dándole a sus alegres marchitas musicales.
También aparecían los que, domingo a domingo, se acercaban a la Feria buscando un «manguito»para ayudar a sus hijos y nietos. Una mesita junto a la pared y se dedicaban a vender y canjear estampillas y sellos. Muchas veces rodeados de conocidos filatelistas que allí encontraban, de súbito, tesoros para sus afanes de tesoneros coleccionistas.
Y las damas, las viejas y dignas damas y abuelas, no se quedaban atrás. Una muy viejita, a la altura de la calle Paysandú, se dedicaba a reparar, en el acto, muñecas de madera o porcelana. Allí llegaban los padres y sus desconsoladas niñas, que les daban sus juguetes esperando la magia de la señora Carmela y sus delicadas manos. Los padres aprovechaban para dar una vuelta por la feria, y la niña, junto a otros curiosos gurises, se sentaban alrededor de la veterana que arreglaba, con gran paciencia, los rotos vestidos o los bracitos sueltos. Sobre el mediodía, el tranvía llevaba de vuelta al barrio a una radiante niña, muy quietecita, sentada y apretando muy fuerte junto a su pecho a la renovada muñeca. Todo gracias al talento de la viejita que con talento y esmero, pero sobre todo una indomable voluntad de laburo, reparaba las muñecas en la Feria de Tristán.
Otros veteranos que no aflojaban fueron los que conduciendo sus «Ford a bigote», pequeños camioncitos de carga, andaban por la Ciudad Vieja. Con la ayuda de algún nieto joven, cargaban mercadería y cajas de y hacia los remates de la zona. Su punto de reunión fue la Plaza Zabala y por allí «trillamos» muy pibes, cargando muebles junto a un tío, laburante de ley. Las fuerzas se renovaban en la esquina, ahí mismo, en la calle Washington, en una fonda impregnada del aroma de las cazuelas que hacía su españolísimo propietario, para todos los laburantes de la zona portuaria y sus alrededores.
Si «la mano» venía de ocio, nuestros veteranos del ayer hacían «codo» en el boliche de Larrañaga y Caiguá, el famoso «De Los Yuyos». Sobre la barra, la lechuza embalsamada y a sus costados, las cristalinas botellas de caña, con naranja, con pitanga o la hierba que se nos ocurriera, pero siempre en combinaciones exactas que halagaban los paladares de nuestros abuelos montevideanos.
Y por el querido Sorocabana, de la Plaza Cagancha, en horas de la tarde, muchos veteranos «recalaban» en sus mesas para charlar, pocillos mediante, y con gran entusiasmo de lo que pasaba en «la república española» y su fermental experiencia. Se prestaban el último número de «Caras y Caretas», o libros, siempre bienvenidos y estimulantes, como los poemas soñadores y «de barricada» de Miguel Hernández o los versos «marineros» de Alberti.
Hoy los viejos, los veteranos, agarramos «la posta». La memoria así lo impuso. Fue sin querer. Es que con la lluvia y el frío los recuerdos quisieron ser «calientes», para aquellos nobles viejos que con enorme «polenta» vivieron en los días del ayer. De paso, un calorcito para los «lectores cómplices» que, muy veteranos, no aflojan. Los que «apechugando» los temporales del nuevo
siglo, buscan sentirse útiles y, en esencia, tener su lugar en el mundo.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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