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Leishmaniasis: ¿qué es, cómo tratarla y qué puedo hacer para prevenirla?

Se constituye como un importante problema de salud pública en las Américas debido a su amplia distribución y a la elevada prevalencia. Además, posee un complejo ciclo de transmisión que comprende diferentes especies de parásitos, reservorios y vectores.

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La infección por Leishmania puede causar en el humano un conjunto de síndromes clínicos que llega a comprometer la piel -presentación más común-, las mucosas de las vías aéreas superiores y las vísceras -forma más grave de la enfermedad-.

La leishmaniasis visceral es mortal si no se trata. Se caracteriza por episodios irregulares de fiebre, pérdida de peso, hepatoesplenomegalia y anemia. En 2015, más del 90 % de los nuevos casos notificados a la Organización Mundial de la Salud (OMS) se produjeron en: Brasil, Etiopía, India, Kenya, Somalia, Sudán y Sudán del Sur.

Leishmaniasis cutánea es la más frecuente y produce en las zonas expuestas del cuerpo lesiones cutáneas, sobre todo ulcerosas, que dejan cicatrices de por vida y son causa de discapacidad grave. Más de dos terceras partes de los casos nuevos aparecen en: Afganistán, Argelia, Brasil, Colombia, Irán y Siria.

En tanto, la leishmaniasis mucocutánea conduce a la destrucción parcial o completa de las membranas mucosas de la nariz, la boca y la garganta; más del 90 % de estos casos se suscita en Brasil, Bolivia, Etiopía y Perú.

Esta enfermedad es causada por un protozoo parásito del género Leishmania, que cuenta con más de 20 especies diferentes, transmitido por la picadura de flebótomos hembras infectados (mosquitas); se conocen más de 90 especies de flebotominos transmisores de Leishmania, y solamente una pequeña parte de las personas infectadas acaban padeciendo esta enfermedad.

Entre las acciones de control, se destaca la importancia del diagnóstico temprano y el tratamiento adecuado de las personas afectadas.

Factores de riesgo

La OMS informa que en referencia a las condiciones socioeconómicas, la pobreza aumenta su riesgo ante las malas condiciones de vivienda y las deficiencias de saneamiento de los hogares -la ausencia de sistemas de gestión de residuos y el alcantarillado abierto, por ejemplo- que promueven el desarrollo de los lugares de cría y reposo de los flebótomos y aumentan su acceso; a esto se suman algunas pautas de comportamiento humano, tales como dormir a la intemperie o en el suelo.

Por otro lado, las dietas bajas en proteínas, hierro, vitamina A y cinc aumentan el riesgo de la infección.

Las epidemias se asocian a menudo con la migración y el desplazamiento de personas no inmunizadas a zonas donde ya existen ciclos de transmisión; la exposición en el trabajo y el aumento de la deforestación siguen siendo factores importantes.

Las alteraciones ambientales que pueden influir en su incidencia son: la urbanización, la integración del ciclo de transmisión en el hábitat humano, la incursión de las explotaciones agrícolas y los asentamientos en las zonas boscosas.

La leishmaniasis es sensible a las condiciones climáticas, y los cambios en las precipitaciones, la temperatura y la humedad influyen en gran medida en la enfermedad al alterar su distribución e influir en las tasas de supervivencia y el tamaño de la población. Asimismo, las sequías, hambrunas e inundaciones que se producen como consecuencia del cambio climático pueden llevar a desplazamientos masivos y la migración de personas hacia zonas de transmisión de la leishmaniasis, mientras que la desnutrición puede debilitar la inmunidad de las poblaciones afectadas.

Tratamiento, prevención y control

La selección de la opción terapéutica debe ser tomada de acuerdo a las presentaciones clínicas, al número y la localización de las lesiones, la especie del parásito, la disponibilidad de medicamentos, y el nivel de atención, entre otros factores. Se podrá optar por tratamiento local o sistémico.

Es una enfermedad que se puede tratar y curar, pero para esto es necesario un sistema inmunitario competente porque los medicamentos solos no son capaces de eliminar el parásito. Todas las personas diagnosticadas con leishmaniasis visceral requerirán la administración inmediata de un tratamiento completo.

Se requiere una combinación de estrategias de intervención, ya que la transmisión se produce en un sistema biológico complejo que engloba al huésped humano, al parásito, al flebótomo vector y, en algunos casos, también a un reservorio animal. Las principales estrategias tienen en cuenta lo siguiente:

El diagnóstico temprano y la gestión eficaz reducen la prevalencia y previenen la discapacidad y la muerte. La detección precoz y la rápida instauración del tratamiento ayudan a reducir la transmisión, así como a controlar la propagación y la carga de la enfermedad. Actualmente, existen medicamentos muy eficaces y seguros.

El control de los vectores ayuda a reducir o interrumpir la transmisión de la enfermedad. Entre los métodos figuran los insecticidas en aerosol, los mosquiteros tratados con insecticida, la gestión del medio ambiente y la protección personal.

La vigilancia eficaz de la enfermedad es importante. La notificación rápida de datos es fundamental para el monitoreo y la aplicación de acciones durante las epidemias al igual que en las situaciones con una elevada tasa de letalidad a pesar del tratamiento.

Dr. Óscar López
Médico de SUAT

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