"Yo reivindico a los viejos, pero lo que no necesitamos es a los viejos palangana"
RAUL LEGNANI
–El PDC está conmemorando sus 40 años de existencia. En un escrito que nos hicieron llegar dicen: «La utopía demócrata cristiana no constituye un modelo atrapado en formas geométricas cristalizadas sino en vivir abierto a la novedad del futuro». ¿Qué están afirmando con eso?
–No nos apegamos a un modelo determinado, preferimos hablar de vías de desarrollo, de cambio, también de cambios revolucionarios y de transformaciones profundas. Pero siempre muy atentos a la dinámica de la vida, de la historia y a los desafíos de la realidad concreta; por eso decimos que tenemos una utopía no cristalizada. Pero siempre muy fieles a los principios humanistas y comunitarios, como se definieron los primeros demócratas cristianos.
–En esta hora del mundo ¿estamos más cerca o más lejos de la utopía, que hace 40 años?
–A nivel de piel, a la utopía la sentía mucho más cerca en esos años. Theilard de Charoin, teólogo y científico, decía que el progreso había que medirlo en milenios y no en siglos, porque de alguna manera la humanidad estaba viviendo su prehistoria, sobre todo en relación a los fenómenos de socialización, de integración, de convivencia, de justicia social, de solidaridad. Y en este momento estamos viviendo una etapa de retroceso, que se está superando. Para aproximarnos a esa sociedad que imaginamos, se requiere tiempo.
–¿Qué es lo que más le choca de ese retroceso?
–Voy a poner un ejemplo, para ser gráfico, Cuando empezaron a llegar acá las primeras misiones del FMI, hace muchos años, por lo menos lo hacían con pudor, con un disimulo, que hoy no tienen. Los políticos y los periodistas tenían que descubrir cuando llegaban estas misiones y saber qué exigían. Hoy esto se hace con la más absoluta impudicia. Este es un ejemplo de ese retroceso, como también hay retroceso en los valores sociales. Los jóvenes soñaban con una sociedad más justa, luchaban por la liberación, hoy si bien los jóvenes están disconformes con la sociedad en la que viven, lo expresan de otra manera. Creo que habrá que conseguir, entre todos, que además de esa actitud crítica, expresen esa disconformidad descubriendo valores alternativos.
–Usted es edil de Montevideo y recordará que hace pocos días un grupo de jóvenes ingresó a la Junta Departamental con mucha violencia, incluso golpeando a una secretaria. En esta semana otro grupo de jóvenes arremetió contra el Palacio Legislativo. ¿Cómo se para usted ante estos nuevos problemas juveniles?
–No podemos tener una actitud demagógica, bautizando (se ríe) todo movimiento insurgente, porque la rebeldía tiene que tener un sentido y tiene que expresarse. Yo creo que tenemos que dialogar y también discrepar, para que de esta relación dialéctica salgan movimientos positivos, que no sean erráticos. Es que yo no creo en el grito, cuando no tiene eco.
–¿Qué siente cuando los jóvenes dicen que los políticos son todos iguales?
–Siento una gran tristeza, porque es una generalización que está fundada en cierta frivolidad que es fomentada por determinados medios de comunicación que sólo transforman en noticia el escándalo y la reyerta. Además yo reivindico a los viejos, porque las sabias civilizaciones se han caracterizado por la presencia de grandes viejos que eran referentes. Lo que no necesitamos es a los viejos palangana (se ríe). Hoy prima el aquí y el ahora, sin construir el futuro y olvidándonos del ayer. Situación cultural que se da en medio de un país en crisis, con asentamientos que en Montevideo llegan a 300, cuando en 1960 había 24, según una encuesta que hicimos con Juan Pablo Terra en un trabajo de campo del Equipo del Bien Común.
–Uno tiene la sensación de que el primer mundo resolvió que sobramos. Europa pone leyes contra los inmigrantes, Estados Unidos aprieta con el Fondo y no nos deja margen de salida. ¿Este momento se puede comparar con alguna otra situación similar vivida por la humanidad?
–Pienso que el Imperio Romano tenía algunas características parecidas. Estaba el mundo conocido con sus esclavos y una especie de deuda externa terrible, debido a que los pueblos tenían que pagarle al imperio. Y luego estaba el mundo de los bárbaros, donde no imperaba el Derecho Romano, que eran los que sobraban, de los cuales el Imperio ni se preocupaba. El Imperio pudo, del punto de vista militar, haberse expandido aun más. Pero en un momento las famosas legiones romanas no avanzaron más, porque consideraron que todo lo demás sobraba, que estaban de más. Recordemos que los esclavos, en la noche tenían que salir de Roma, fuera de las murallas. Hoy algún sociólogo ha hablado de los «insignificantes», porque para ellos una gran parte de la humanidad no significa nada. Para esta Nueva Roma, que para mí es el predominio de las trasnacionales, el mundo conocido es donde las trasnacionales tienen su residencia y lo demás es una especie de excrecencia del mundo civilizado, del mundo conocido.
–Voy a cortar muy grueso. ¿La clase dirigente que ha gobernado este país en los últimos 50 años se siente identificada totalmente con la política de la Nueva Roma».
–Cortando grueso, sí, sí. Creo que estamos presenciando un proceso acelerado de identificación de esa clase dirigente con la Nueva Roma. Puede ser que haya algunos planteos que no sean ortodoxos en relación a la Nueva Roma, pero entiendo que en las últimas décadas hay un deterioro, un agravamiento y una identificación con la ideología del nuevo poder. Es un volver a las ideas de los unitarios de la época de Artigas, que se identificaban no sólo con la filosofía, las doctrinas del Imperio Británico, sino también con sus intereses.
Cuando nosotros no asumimos una actitud crítica frente a los intereses de los imperios, nos convertimos en sus esclavos. Yo creo que aquí hay una filosofía que nos está diciendo, de alguna manera, que es bueno ser sus esclavos, es bueno pertenecer a ese imperio. Y ante este planteo uno se resiste.
–¿La izquierda y el progresismo han logrado generar una contracultura? Pregunto esto porque existe la sensación de que hay protesta de la gente, que hay mucha más bronca que hace unos años, que incluso hay votos para la izquierda, pero que la ideología dominante es muy poderosa.
–Sí, yo estoy de acuerdo. Así como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista (se ríe), creo que este imperio va a pasar, pero hoy estamos en pleno ascenso del imperio; estamos en la punta de la ola. Pero, además, con la caída de la URSS y con todas las críticas que se le pudieran hacer a ese sistema, aceleró ese ascenso al terminarse la bipolaridad, lo que trajo el pensamiento único. Hoy el FMI y todos esos organismos responden a esta ideología y a estos intereses. Cuando nos muestran como único camino el que nos proponen estos organismos y nos dicen que todo lo que difiera es disparatado o populismo, es igual a lo que hacía el Imperio Romano que te ubicaba entre las culturas bárbaras y primitivas. Hoy se pueden plantear propuestas alternativas financiadas y bien elaboradas, pero igual van a ser descalificadas mediante una actitud de soberbia. Parecería, para ellos, que la ciencia económica está en manos de esta clase de tecnócratas y que lo otro, lo nuestro, no es científico. Esto lo hace el doctor Ignacio De Posadas cuando descalifica todo lo que no esté en el nuevo Derecho Romano, todo lo que no entre en su universo conceptual es una burrada.
–Parece difícil que ustedes puedan ganar una elección si por lo menos no hay una contracultura que comience a crecer. ¿Este no es el gran desafío de
la izquierda?
–Sí, sí, sí. Yo aquí veo coincidir a dos grandes intelectuales, como lo fueron el italiano Antoni Gramsci y el francés Emmanel Mounier. Los dos vieron muy claro este problema. Para los grandes cambios es necesario, también, lograr significativos cambios culturales. Y esto es lo que le dará perdurabilidad a los cambios, porque de otra manera serán cambios sólo traumáticos y no duraderos.
–¿La izquierda debate poco?
–Sí, sí. Antes el debate era más rico. A veces no se debate por temor a quebrar la unidad. Un teólogo decía que «la verdad es sinfónica» y yo digo que de lo que se trata es de no desafinar, pero que tiene que haber timbres diversos. Yo creo en el pluralismo ideológico, dentro de la propia izquierda. La experiencia en la Alianza Progresista, donde venimos de historias diferentes con distintos puntos de vista, muestra que hablando con los compañeros descubrimos, unos y otros, cosas hermosas.
–¿Batlle fue para usted una confirmación o un fracaso?
–Para mí fue una confirmación, porque yo no tuve las expectativas que algunos compañeros, de manera mesurada, podrían tener. Yo conocía su pensamiento liberal en el plano político y económico, ideas de las que me siento muy distante. Batlle está absolutamente convencido de lo que hace. Cuando Batlle tuvo algunos gestos que podían ser bien avalados por la izquierda, estaba siendo coherente con su pensamiento liberal de cuño político. Creo que el señor Presidente de la República es muy coherente. Respetándolo porque lo veo coherente, discrepo con el 90% de lo que él piensa y dice.
–Entonces ¿a Batlle no lo cambia nadie?
–Creo que no. Tenemos que ganar el gobierno. *
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