Ante el indecente rebuzno de la Liga de Defensa Comercial
Es bien sabido que soy persona de natural benévolo y pacífico. Por lo general. Sin embargo, un descomunal rebuzno de la Liga de Defensa Comercial ha terminado por provocarme cierto fastidio. Hubiera preferido mantenerme en pudoroso silencio ante sus atrevidas actividades en el «affaire Granja Moro», pero no puedo consentir su última grosería. ¿Dónde acabaríamos permitiendo tan feos modales? Un burro silencioso, como animal modesto, es legítimo acreedor de alguna piedad. Pero, ¿cómo tenerla ante el que es burro como sustantivo y burro como adjetivo?
Resulta imposible extender esos buenos sentimientos al asno vanidoso que se empeña en demostrar su condición. Esto es, ser un burro estúpido. Y he terminado francamente irritado. Como muchas otras veces, la explicación de este sentimiento la encontré perfectamente descrita por aquel viejo genial de cuya muerte se cumplirá el primer centenario.
Nietzsche tenía razón
Allá por 1878, Federico Nietzsche escribió Humano, demasiado humano, obra maravillosa. Decía allí que «en la lucha con la estupidez, los hombres más moderados y más dulces, terminan por ser brutales. Quizás de ese modo se colocan en un verdadero terreno de defensa, pues a la frente estúpida el argumento que más le conviene es el puño cerrado. Pero como ya he dicho, su carácter es dulce y moderado, sufren por este medio legítimo de defensa más de lo que hacen sufrir».
Así pues, como inmenso y disimulado dolor, deberé ocuparme de este caso de singular estupidez.
Sucedió que el 27 de marzo, la señora jueza letrada en lo Civil, Elizabeth Anzuberro, dio a conocer su sentencia en el concordato extrajudicial de Granja Moro SA.
Del asunto se habían ocupado LA REPUBLICA y yo personalmente durante más de un año. Todo lo publicado se hizo en base a informaciones absolutamente veraces, de sólidas fuentes y generalmente procedieron del propio expediente, cuyos cientos de páginas leímos atentamente una y otra vez.
Paso a paso fuimos revelando las irregularidades, los hechos de clara apariencia delictiva, la publicación nada menos que de un edicto falso en el Diario Oficial, del que aportamos todos los detalles, aunque no dijimos en qué máquina se escribió. También señalamos los hechos en que intervinieron la Bolsa de Valores y la Liga de Defensa Comercial, referimos la denuncia penal presentada, y revelamos todas las operaciones urdidas en el affaire.
Finalmente la señora jueza Elizabeth Anzuberro, en una sentencia cuya inconsistencia resulta notoria hasta para los legos, hizo lugar a la homologación del concordato. 107 años de unánime doctrina y jurisprudencia, fueron barridos por los furiosos vientos de una sentencia cuyo aspecto más sólido es el papel en que fue redactada.
La Liga de Defensa Comercial no podía dar crédito a sus ojos –asunto que también suele ocurrir en el caso de los burros– y se felicitaba por tan increíble golpe de suerte. Y corrió a redactar y distribuir a todos sus asociados un comunicado –Nº 9, con fecha 29 de marzo de 2000– mientras festejaba dando coces contra LA REPUBLICA.
Nueva burrada. Descomunal ignorancia.
Si hubieran conocido la vida y obra de Napoleón Bonaparte, se hubieran evitado el nuevo bochorno. El emperador se quejó muchas veces de que «tener razón antes de tiempo es igual a equivocarse». Eso fue lo que ocurrió. La Liga de Defensa Comercial se equivoca en todo, hasta en el tiempo. Y creyó que el tiempo de callar era bueno para hablar. Y le sucedió que pocos días más tarde, el mundo se le vino otra vez abajo. Porque la inusual sentencia fue apelada por cinco actores distintos, y se comunicó tanto a la Justicia Penal como al Banco Central que no había quedado para nada firme. Eso era malo, pero no era lo peor.
Mal tiempo y mala cara
En tiempos antiguos acostumbraban escribir en la esfera de los relojes, una frase latina que puede traducirse así: «Todas hieren, la última mata». Así es. Y la Liga de Defensa Comercial, que ya venía muy lastimada, se encontró hace un par de jueves con una demoledora información publicada por el semanario Búsqueda.
Espantoso.
El cronista refirió el malestar de la Suprema Corte de Justicia, dio cuenta de las irregularidades del proceso concordatario y, para colmo, anunció que la jueza Elizabeth Anzuberro quedaba sometida a sumario en la Corte. Precisamente por su actuación en el affaire Moro.
Supuse que la Liga de Defensa Comercial emitiría de inmediato un nuevo comunicado, esta vez contra Búsqueda, pero esperé en vano. Pasaron cinco, diez, doce días y la Liga no volvió a rebuznar.
El silencio del burro me pareció un caso muy extraño, porque todo lo señalado por Búsqueda fue exactamente lo que informamos durante más de un año. Y según la Liga de Defensa Comercial, publicar lo que notició LA REPUBLICA y luego Búsqueda, es tener un «desprecio intrínseco a los conceptos éticos que deben inspirar las conductas», y obviamente, es dar crédito a falsedades y mentiras.
Ya que el ahorcado mentó la cuerda en su propia casa, volvamos a decir lo que dijimos: que la Liga de Defensa Comercial produjo dos informes. En el primero, aseguró que el concordato era inaceptable, inviable, lleno de irregularidades y que merecía un frontal rechazo. Nada cambió luego, en el fondo del asunto, salvo por el hecho de que el grupo Rasic adquirió Granja Moro SA. Y entonces la Liga y la Bolsa de Valores, nombrados acreedores informantes por la jueza Anzuberro, presentan un segundo informe. ¡Mirabile visu! Todo lo que estaba mal, está ahora bien, lo irregular es regular, lo malo, bueno y danzando alegremente, ambas instituciones recomiendan que se homologue el concordato. Si estuviera muy enojado diría que «asinus asinum fricat». Pero no lo diré. Y, sin embargo, los hechos son más horribles: la Liga informa a favor de la homologación, pero ninguno de sus clientes firma el concordato.
¿Por qué no lo hicieron? Buena pregunta, que merece una reveladora respuesta.
Sucedió que los clientes de la Liga de Defensa Comercial vendieron al propio Rasic sus créditos contra Granja Moro en condiciones más beneficiosas que el resto de los acreedores. En la operación emplearon una empresa colateral de Rasic, Saliway International, según se probó en juicio. ¿Qué sabe la Liga de ello? ¿Será necesario publicar lo que testificaron ante la Justicia el presidente de la Liga, Ignacio Rospide y el secretario, Angel Urraburu? Podemos refrescar su memoria en cualquier momento. ¿Tendremos que referir, nuevamente, que la Liga no comunicó en tiempo y forma a la Justicia que no podía actuar como acreedor informante, porque ya no representaba a nadie? ¿Por qué hizo todo lo que hizo?
No logro comprender, más que como burrada, que la Liga de Defensa Comercial sienta «orgullo y vanidad» por todos estos penosos acontecimientos. Al menos, la vieja dama podría tener alguna dignidad, a sus 85 años, y callarse.
Una gran carcajada
Creyó la Liga de Defensa Comercial que todos sus secretos entendimientos, sus inconfesables arreglos, su turbio papel en el concordato, habían bajado a una silenciosa sepultura, enterrados por la magistrada del caso. Y no, no es así.
Creyó también la Liga que era llegado el momento de agraviarnos e insultarnos, de difamarnos y someternos al escarnio entre sus asociados, ignorantes quizás de los espesos y turbios manejos de la vieja dama, ahora muy indigna. Y tampoco es así. A la Liga de Defensa Comercial, la sentencia le resultó escasa como cobija. Se le ven los dedos de los pies, si es que intenta taparse la cara.
Todo este asunto mueve a risa. Y eso es lo más grave. No podemos criti
car el comportamiento de la Liga sin sentir una irresistible carcajada que brota espontáneamente ante este colmo de la estupidez. Decía el genial portugués Eca de Queiroz, que «la risa es la más antigua y también la más temible forma de la crítica. Hágase circular siete veces una carcajada alrededor de una institución y la institución se derrumba».
Si yo fuese la Liga –lo que afortunadamente no ocurre– me apresuraría a llamar a un arquitecto. O a los bomberos. Dixi.
Compartí tu opinión con toda la comunidad