"Se avecina en nuestro país un momento de quiebre en materia de política cambiaria"
RAUL LEGNANI
–¿Cómo llega Argentina a esta crisis?
–La crisis actual es el fracaso del modelo y nos referimos a lo aplicado a partir de 1991 por Menem y Cavallo, que se sustenta en tres grandes ejes: la apertura externa, la desregulación pública (el retiro del Estado en la regulación de los movimientos económicos y las privatizaciones) y la convertibilidad como instrumento de política cambiaria para reducir la inflación.
–¿Por qué salta ahora la crisis?
–El modelo tuvo dos factores que le posibilitaron sostenerse sin entrar en crisis. Uno fue el dinero fácil de las privatizaciones, que le permitió vivir de plata heredada. El otro factor fue que Argentina tuvo una fuerte relación económica con Brasil, que hasta 1998 compartió esa misma política de atraso cambiario que permitió que la relación de precios entre los dos países fuera pareja.
—Pero cuando Brasil devalúa Argentina queda atrás…
–Ahí empieza el deterioro del modelo, que se expresa en la pérdida del crecimiento económico. Mientras la economía crecía, Argentina se podía endeudar porque pagaba sus deudas, exportaba a la región, pero en ese momento pierde la fuente de crecimiento externo con Brasil.
Cuando hubo que volver al mercado interno, en 1999, se encontró con 14 millones de pobres. Es ahí que se comienza a sentir el efecto de la recesión y a la Argentina se le plantean tres caminos. Uno era salirse del modelo. Dentro del modelo era recuperar la competitividad con un gran ajuste fiscal y para eso vino López Murphy, y no lo dejaron. El otro camino era devaluar. Y ahí empezaron las idas y venidas: Cavallo que le puso 8% a las exportaciones y otras medidas que no tuvieron resultado, hasta que al final irrumpió la lucha social y política.
La Central de Trabajadores Argentinos, que participa en el Frente Nacional Contra la Pobreza, convocó a un «plebiscito» para un seguro de desempleo para todos los argentinos desocupados y una asignación familiar para todos los hijos de argentinos pobres, y juntó dos millones seiscientas mil voluntades, cuando la izquierda, toda junta, tuvo un millón y medio de votos.
Si uno mira las movilizaciones, encuentra que hubo gente que salió a la calle empujada por el hambre y gente que salió organizada a mostrar su descontento, fudamentalmente capas medias y trabajadores asalariados, particularmente del sector público.
Este fue el final de la historia y lo que no podemos definir con claridad es saber qué va a pasar.
–¿Qué papel jugó el FMI en esta crisis?
—Los acreedores en su conjunto, tanto financieros como productivos, llegaron a la conclusión de que esa deuda no la iban a cobrar jamás. Creo que por eso el FMI apretó y en mi opinión su expectativa hoy es que Argentina vuelva a crecer. Creo que la suspensión temporaria del pago de la deuda no va a encontrar demasiados problemas en los acreedores, en la medida que se firme un acuerdo de pago posterior. Entre no cobrar nada y cobrar más tarde y menos, siempre van a elegir esto último.
No creo que el FMI esperara que su presión financiera se sumara a una movilización con esas características.
–¿Cómo está viendo los primeros pasos del nuevo gobierno?
–Cuando cayó De la Rúa, yo decía que había tres grandes salidas. Dos extremas. Una era mantener el modelo tal cual y hacer retornar a López Murphy (su concepción), llegando a 2002 con un fuerte ajuste fiscal, con reducción abrumadora de salarios, manteniendo la convertibilidad. Este camino era políticamente inviable.
En el otro extremo estaba la propuesta de la CTA y del Frente Nacional Contra la Pobreza, que era un shock distributivo interno.
La salida que se asumió fue la del medio, que entiendo va a plantear dos temas centrales. Por un lado, el crecimiento económico, que es la base de todo esto, porque no hay forma de acordar con los acreedores ninguna refinanciación ni espera del pago, si los acreedores no visualizan que va a haber crecimiento. Y una cierta redistribución del ingreso que permita poner freno al desarrollo de la movilización, porque Rodríguez Saá y su gente no se tragan el verso del espontaneísmo, porque aquí hay un proceso relativamente importante de organización y de pérdida de miedo a la movilización que está empezando a crecer.
La medida central va a ser, más tarde o más temprano, la devaluación. La devaluación ya está, pero formalmente se va a dar de esta manera: el peso argentino, el viejo, va a pasar a ser una figura que no va a existir porque no se va a emitir más. Y va a empezar a tomar fuerza la tercera moneda, hoy no convertible, pero que a cierta altura va a pasar a ser convertible a un valor menor al que tiene. Se habla de que la conversión va a ser un promedio entre el real, el euro y el dólar, entre 1,30 y 1,50. Así la devaluación se va a instalar, con una nueva moneda que va a estar devaluada y capaz que la ley de convertibilidad con el viejo peso y el dólar sigue existiendo y nadie la deroga, para que nadie asuma el enorme costo político y social.
Una vez que se haga esta devaluación el argentino (tercera moneda) puede ser que quede fijo en un valor o que se aplique la flotación. Yo creo que se va a ir a una flotación.
Si esto se complementa con el no pago de los intereses de la deuda y el traslado de esos intereses a políticas de empleo y políticas sociales, se resolvería el problema inmediato.
–¿Y después?
–Puede ser que se mantenga el modelo de apertura y desregulación con la nueva paridad cambiaria y algunas políticas de empleo o se va a ir a la profundización de un modelo basado en el mercado interno, con mejoras salariales… Esta es la incógnita. Pero si se va por este segundo camino, su mercado interno se va a fortalecer y eso va a traer efectos para la región porque los demás países van a poder usufructuar el poder de compra de los argentinos. Si se va por el primer camino, será pan para hoy y pan para mañana.
–Mientras tanto, ¿qué? ¿Se puede seguir con esto de pagar 200 dólares por hacer una changa?
—Si esto es parte de un cambio de modelo, sí. Pero si termina en un nuevo equilibrio cambiario, como en 1991, no va a servir para nada.
Si estas medidas de emergencia forman parte de un plan efectivamente contra la pobreza y por el fortalecimiento del crecimiento económico y de la distribución de la riqueza, es un paso imprescindible porque la situación es de emergencia.
–En las últimas horas mucha gente duda, me incluyo, sobre lo que está ocurriendo en Argentina. Hay momentos en que uno piensa que algunos cambios no son tan difíciles de realizar y en otros momentos surge la duda de si no estamos ante una aventura…
–Lejos está de la verdad pensar que no se podían hacer estas cosas. Incluso el programa electoral de la Alianza decía gran parte de lo que ahora está diciendo Rodríguez Saá. Si la Alianza hubiera cumplido su programa electoral tal cual lo diseñó, y que abandonó a los dos meses, hubiera sido posible hacer otras cosas.
La situación de Uruguay respecto a la Argentina no tiene muchas diferencias: hace tres años que no crece, su endeudamiento está al tope, el pago de intereses de la deuda es de diez a uno, las políticas sociales están bajando en su monto, tenemos un índice de pobreza relativamente parecido.
Estos modelos que crecen sustentados en unos pocos, en el triángulo de poder del modelo (los grandes comercios importadores y de ventas, los bancos y sus depositantes y los grandes exportadores), llega un momento que se topea, entra en crisis.
Los modelos económicos de Argentina y Ur
uguay llevaron la desigualdad propia de las relaciones de producción capitalista al cubo, por su carácter subordinado y su modelo aperturista.
Si cualquiera de los dos países saliera de la recesión en la que están con modelos similares, manteniendo la apertura y la desregulación, en cuatro o cinco años tenemos como dice el título de mi reciente libro «Crecimiento y exclusión», donde hablo del modelo «Lace» (liberal, aperturista, concentrador y excluyente).
–¿Qué genera la exclusión?
—No es un problema de falta de riqueza. En 1998 la riqueza era el doble de la de 1968. Si a la riqueza de 1998 le sacáramos lo que el país necesita para invertir y dividiéramos lo que se consume en partes iguales, a cada familia le tocaría 20 mil pesos por mes.
El problema de la exclusión en Uruguay tampoco es la falta de crecimiento y de recursos, sino la distribución de esos recursos.
En el libro trato de demostrar que todas estas políticas sociales focalizadas que hubo en los años 90 puede ser que hayan mejorado en términos estadísticos el nivel de vida de los sectores más pobres, pero terminaron fragmentando a los pobres. Se les construyen viviendas en un espacio urbano propio, se les construyen escuelas a las que se les dan recursos importantes, se les da atención sanitaria en esas zonas. Sólo falta que se los alambre.
Puede ser que vivan un poco mejor, pero quedan fragmentados y excluidos de la sociedad. Desaparece la movilidad social y se consolida la desigualdad social. Dentro de 10 años los niños pobres van a ir a escuelas pobres, los niños de clase media van a ir a escuelas públicas para ricos y los ricos van a ir a las escuelas privadas.
–¿Esta política económica está profundizando la exclusión?
–En el libro trato de demostrar que desde 1968 a 1998 hubo una gran continuidad de la política económica. Hubo dos momentos para la construcción del modelo «Lace», el modelo neoliberal. La dictadura desde 1974 a 1981 y la gestión del doctor Lacalle. En el primero se realizó la reforma financiera y la gran redistribución regresiva del ingreso. En el segundo se hizo la reforma comercial, la apertura al mundo y la reforma laboral, el retiro del Estado de los mecanismos de negociación laboral. Y se intentó hacer la reforma del sector público, que es la que está haciendo Batlle.
Lacalle fue el gran transformador de la economía uruguaya. Yo no comparto esa idea de que las grandes transformaciones, del punto de vista estructural, las hizo Sanguinetti. Fue Lacalle, con una visión de largo plazo, totalmente contraria a la que tengo yo, quien transformó al país. Faltó la transformación del sector público que Lacalle no pudo concretar por el plebiscito en defensa de Antel en 1992.
Batlle está consolidando ese modelo «Lace» con la reforma del sector público, que pasa por una disminución sustantiva de los salarios en la administración de gobierno. Por eso se anuncia que no va a haber convenio salarial en las empresas públicas, anuncia que el ajuste salarial del sector público va a ser del 1% el primero de enero, y al mismo tiempo plantea una reformulación de las empresas públicas a través de los mecanismos de la desmonopolización de los servicios públicos.
En esto también hay un mito que hay que desmitificar. Cuando uno piensa en privatizaciones, piensa en venta de activos. Venta de activos es Pluna, el gas, pero también cuando el Estado se retira del mercado como hizo con el Frigorífico Nacional en los años 60 dando paso a los frigoríficos privados, o como lo va a pasar a hacer ahora con Ancap y Antel; es también una forma de privatización, que es la privatización de mercados.
Para el presidente Batlle los problemas son dos: el costo laboral, que hay que reducirlo, y por otro lado los monopolios públicos, que hay que desmonopolizarlos. Todo su gobierno está pensado en eso, apuntando a completar este modelo de desregulación y apertura.
–Con una Argentina que devalúe, se puede seguir con este modelo de política cambiaria…
–Creo que no va a ser posible mantener la política cambiaria tal cual está. No creo que alcance con duplicar el ritmo devaluatorio.
–¿Para usted va a haber un momento de quiebre?
—Para mí se avecina un momento de quiebre en materia de política cambiaria. Entiendo que el gobierno no quiere discutir la posibilidad de que se presente un momento de quiebre.
Ante un momento de quiebre quedan dos caminos. Uno es quebrarlo y chau y que cada uno asuma el tema individualmente. El que se endeudó en dólares aumentará su endeudamiento. Y la otra es asumir la responsabilidad de esta política cambiaria y del endeudamiento en dólares, y por eso hay que tomar medidas.
–¿Cuáles?
–Hay que ir a un tipo de cambio comercial. No de por vida, pero por cuatro o cinco años. Y en ese período voy acercando los dos tipos de cambio, pero el que está endeudado en dólares tiene un plazo bastante largo para ir adecuando sus pasivos.
Como la devaluación arrastra inflación, de inmediato –a los tres o cuatro meses del quiebre– hay que ir a un ajuste salarial automático por el monto equivalente a la inflación.
De esta manera la economía recupera competitividad, no se perjudica a los sectores endeudados en dólares y a los que tienen salarios y jubilaciones fijas, no se beneficia arbitrariamente a los que tienen depósitos en dólares, y de alguna manera el sistema financiero asume parte del costo, como contrapartida de las enormes ganancias acumuladas durante estos diez años. Esta es la solución que estamos proponiendo desde el PIT-CNT.
Lo que no puede ser es que ante una expectativa casi inmediata de quiebre, no se haga nada. El problema no es si se puede sostener o no el tipo de cambio con las reservas que hay…
—Bensión dice «yo sostengo»
—Puede sostenerlo, tiene resrevas suficientes para vender dólares un largo rato, pero los costos de sostenerlo en términos de pérdida de competitividad son abrumadores. Los turistas argentinos no van a venir, cuando Uruguay quiera exportar lácteos a Brasil, nos van a decir que compran en Argentina porque están más baratos, los propios mexicanos van a terminar comprando a las empresas argentinas.
¿Nos están proponiendo otra vez un crecimiento con exclusión? Hoy el debate en el Uruguay no es recesión versus reactivación, no aguantar y aguantar hasta que se pueda porque después vendrá una reactivación. El problema es el tipo de reactivación.
¿Queremos una reactivación sustentada en la baja del costo salarial, con desmonopolización de los servicios públicos, con una reducción fuerte de la participación del Estado en la economía o queremos una reactivación basada en un shock distributivo interno, mejorando el mercado interno, los salarios y el poder de compra de la población? Por eso el tema central es apertura y liberalización versus mercado interno.
En este momento que quiebra la política más ortodoxa neoliberal es el momento de crear algún tipo de intersocial o intersectorial que ponga este debate real sobre la mesa. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad