Guntín: "Acto de primitiva prepotencia y de arrogante poder" de Doyenart
En una columna publicada en la revista Caras y Caretas calificó la actitud de Doyenart como «acto de primitiva prepotencia y de arrogante poder; una enorme falta de respeto a la audiencia del canal, una censura flagrante».
Guntín indicó que «no sé qué pasó por su cabeza en el momento en que decidió ordenar que se suspendiera la transmisión del acontecimiento, pero indudablemente no pensó en quienes deben ser sus fundamentales referentes, que son los televidentes, las personas que estaban mirando la pantalla de Canal 5. Doyenart no pensó en ellos, pensó en otras personas. En aquellas personas allegadas al poder político, económico y diplomático, a quienes no les iba a gustar lo que estaba diciendo Federico Fasano. Y cedió a estas presiones. Al hacerlo incurrió en un acto de primitiva prepotencia y de arrogante poder; una enorme falta de respeto a la audiencia del canal, una censura flagrante».
«Esa atrocidad» –agregó Guntín– «no se arregla llamando inmediatamente por celular al Presidente, y si éste avaló lo hecho comete un error mayor que el del censor. Una horrorosa convalidación de una transgresión a la libertad de prensa».
La columna de Guntín
LA REPUBLICA reproduce textualmente la columna publicada por Guntín en el último número de Caras y Caretas. He aquí su texto:
«Un acto de censura convalidado
José Luis Guntin*
Hasta ahora no había querido opinar sobre cuestiones relacionadas con Canal 5 porque haber estado por tres años en su conducción, con tantos tropiezos y tantas dificultades, a uno lo convierten en parte implicada, aunque haga otros tres años que lo hayan echado del cargo. Desde entonces, siempre he sentido al canal oficial, y sobre todo a sus carencias manifiestas y a sus posibilidades inexplotadas, como algo que tocaba lo personal.
Creo que es por haber sufrido en carne propia por un tiempo prolongado el dramatismo de sus limitaciones. Por eso, cuando veía el batallar de su actual director, el señor Juan Carlos Doyenart, por momentos creía estar viendo una película que no sólo ya había visto sino que había protagonizado; e íntimamente lo acompañaba en su lucha y prefería callar.
Ahora no puedo mantener el silencio. Lo que sucedió la semana pasada en la ceremonia de entrega de los premios Tabaré, que anualmente realiza el diario LA REPUBLICA, rebasa todos los pruritos autoimpuestos. Fue atroz. Quienes dirigen un canal de televisión tienen, entre otras, una potestad enorme que es la de cortar una transmisión y ella implica una responsabilidad tan grande, que uno la debe sentir cuando ejerce el cargo. Muchas veces va a estar tentado de aplicar este poder de bajar la palanca ante algo que no le gusta, pero no debe caer en estas tentaciones.
Doyenart cayó en la tentación y cometió un error garrafal. No sé qué pasó por su cabeza en el momento en que decidió ordenar que se suspendiera la transmisión del acontecimiento, pero indudablemente no pensó en quienes deben ser sus fundamentales referentes, que son los televidentes, las personas que estaban mirando la pantalla de Canal 5 (perdón, pero me resisto a usar ese nuevo nombre que le han puesto, el cual me suena tan mal). Doyenart no pensó en ellos, pensó en otras personas. En aquellas personas allegadas al poder político, económico y diplomático, a quienes no les iba a gustar lo que estaba diciendo Federico Fasano. Y cedió a estas presiones. Al hacerlo incurrió en un acto de primitiva prepotencia y de arrogante poder; una enorme falta de respeto a la audiencia del canal, una censura flagrante. Y esa atrocidad no se arregla llamando inmediatamente por celular al Presidente, y si éste avaló lo hecho comete un error mayor que el del censor. Una horrorosa convalidación de una transgresión a la libertad de prensa.
Ningún atenuante y menos una justificación del horror cometido es a quien se le aplicó el atropello. Se pueden tener enormes diferencias con Fasano de todo tipo –yo de hecho las tengo y cada vez más en los procedimientos que en lo ideológico–, pero eso no amerita interrumpir la transmisión de sus palabras y además penalizar al orador y a la audiencia llevando la prohibición a toda la ceremonia de entrega de premios. Voltaire escribió tres siglos atrás diciendo a un oponente que aunque estuviera en completo desacuerdo con todas las cosas que éste decía estaba dispuesto a defender con su vida el derecho que tenía a expresarlas. Esta enseñanza parece no haber sido bien aprendida por estos nuevos censores que se llenan la boca proclamándose liberales. La defensa de las libertades se demuestra con los actos y no con las palabras, allí se ve a los verdaderos liberales.
Pero estas consideraciones no traen como corolario que el señor Doyenart deba renunciar a la dirección de Tveo, como a él le gusta llamar. No creo que sea bueno para el emprendimiento que con tantos tropiezos ha comenzado en el canal oficial. Sería una nueva frustración para un lugar como Canal 5, tan azotado por las decepciones. Alcanzaría con que reconociera el error cometido, se disculpara y prometiera que en el futuro conservará la calma y no cederá a la tentación despótica de cortar la transmisión. El canal oficial no es un templo especial de pureza en el que el director debe concordar con todo lo que se dice en cámaras. Eso es creerse dueño del medio y hasta de la verdad.
Pero basta con este tema. Quería terminar este artículo con algo positivo, recomendándoles un programa de radio.
No se trata de un programa nuevo, pero sí de uno que ha pasado de la FM a la AM recientemente.
Su nombre es Las cosas en su sitio y ahora ocupa las mañanas de Sarandí a partir de las nueve. Es conducido por Ignacio «Nacho» Alvarez, a quien nunca he visto, pero tiene una manera «joven» de dirigir un programa de radio. Habla de manera muy suelta con los oyentes de temas siempre interesantes y es secundado por Gustavo Escanlar, que también es un muchacho muy culto, muy informado y que lo sabe transmitir. Todo el programa es muy bueno, pero la estrella es Darwin Desbocatti, un personaje desopilante que hace apariciones telefónicas en diálogo con «Nacho» Alvarez comentando algunas noticias recientes de los diarios. Es para morirse de risa (al menos para mí); castiga sin piedad a los actores de la política y del fútbol, sin contemplaciones y sin sesgos partidarios.
Les pega a todos donde más les duele y lo hace con una particular sutileza. Por ejemplo, en recientes audiciones ha introducido un fino recurso de ingenio radial: cada vez que se nombra el apellido Sanguinetti empieza a sonar la música de El Padrino como por arte de magia. Oiganlo, a muchos les va a gustar. No hay nada mejor que empezar el día con un poco de buen humor». *
*Ex director de Canal 5″
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