LA REPUBLICA en el dormitorio presidencial
Al doctor Jorge Batlle seguramente le agrade el hotel que hoy le recibirá en el corazón mismo de Nueva York: tienen algo en común. Ambos llevan un apellido que hace recordar a los mejores tiempos en cada país.
El Hotel Roosevelt, fundado en los gloriosos «twenties», fue considerado la combinación cumbre del refinamiento y la ingeniería en 1924, cuando se abrió.
Hoy los estadounidenses, por estos días casi que los únicos turistas en Nueva York, miran con admiración, devotamente, ese bastión donde se escribió algún capítulo de su historia. Casi como si un uruguayo pudiera entrar hoy al Frigonal, al Anglo, y lo viera funcionando al estilo de su tiempo, con vigencia contemporánea.
Aún con las estrictas medidas de seguridad imperantes en estos días en Nueva York… aquí siempre hay un uruguayo. El encargado de ventas del hotel, es uruguayo, sin embargo, tampoco fue necesario para solicitar una visita a la habitación que ocuparía el doctor Batlle.
Una de las 30 suites, de las 1.000 habitaciones que dispone el Roosevelt.
Cinco estrellas como hay…
Ciertamente se necesita ser estadounidense, y estar imbuido del espíritu patriótico reinante para disfrutar en sintonía con el Roosevelt Hotel. Es que en ese afán por reproducir hasta el último detalle tal como fuera, abaratando costos, mucho de lo que lo hizo famoso, está hoy reacondicionado con diversa calidad y gusto. Las suites habitualmente ocupadas por jefes de Estado, son bastante similares y, si bien por biblioteca, maderas, bronces y alfombrado, reflejan la época dorada de la industria norteamericana, funcionalmente han debido ser actualizadas a tal modo que hoy, son simplemente eso: cuartos de hotel. Homenaje al entonces vigésimo sexto presidente norteamericano, el hotel en que se alojará Batlle era la joya más preciada de la ya entonces creciente industria turística de la época. Bajo tierra, el hotel conecta, directamente, nada menos que al Metro de Nueva York. Los porteros del hotel debían ir y venir en aquellos días a la estación subterránea, acompañando huéspedes.
Cuando se inauguró, había un detalle que pautaba el derroche del lujo: cada una de las 1.014 habitaciones, tenía una radio.
Conocido por «la Gran Dama» de la avenida Madison, a metros de Times Square, en el corazón de Broadway, a este hotel llegó el mismo «Mago». (¿Qué otro Mago hay, además de Gardel?).
En estos salones, se codeó la opulencia más desfachatada del siglo XX, disfrutando el auge del capitalismo, las tecnologías del despilfarro. Guy Lombardo y su Big Band, tocaban en la fonoplatea del hotel emitiendo para la recién nacida y cada vez más popular radio, haciendo del jazz, la concepción musical más completa del público norteamericano por décadas.
«Nos encontramos bajo el reloj del Roosevelt», es una frase tan común en Nueva York, como: «Te espero en la esquina del Gaucho», en Montevideo. El reloj en cuestión (un mamotreto de bronce, con péndulo) obvio que funciona y es tan referente fotográfico para los turistas americanos como la Estatua de la Libertad. Tanto admiran el lugar que, películas recientes como «Wall Street», «Malcom X» y «Presumida inocente» fueron allí filmadas debido al atractivo que ejerce como escenografía en el público.
Un correo ya nada seguro
En Uruguay, aún algunos hoteles emplean la expresión ballroom, cuando refieren a un salón multifuncional gigante. Expresión nacida en esta costa, para salas de lujo al estilo de hace casi un siglo: al menos, 2.000 metros cuadrados decorados con fasto europeo decimonónico, adaptado a la americana.
En el mundo casi no quedan. En el Roosevelt, aún convocan multitudes y ganan millones al año por alquilar sus ballrooms.
A propósito, el Roosevelt tenía el sistema postal más avanzado del mundo: junto al ascensor en cada piso, hay un tubo de vidrio que viene del piso superior y continúa al inferior. Allí se colocaban las cartas que «volaban» tubo abajo a la vista de la gente, que se maravillaba con este adelanto. Hoy, el sistema aún funciona. Pero está cerrado por la eventualidad de que alguien arroje allí, una carta con ántrax. *
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