Depende de todos y cada uno

El plenario de la Cámara de Representantes aprobó hace pocos días un proyecto de ley largamente esperado, que tuvo tratamiento previo en la Comisión de Derechos Humanos integrada con la de Género y Equidad y que declara en su artículo primero «de interés general las actividades orientadas a la prevención, detección temprana y atención de la violencia doméstica», estableciendo a renglón seguido que las disposiciones de la presente ley son de orden público.

Define, en su artículo segundo, que «constituye violencia doméstica toda acción u omisión que por cualquier medio menoscabe el libre ejercicio o goce de los Derechos Humanos de una persona, causada por otra con la cual tenga o haya tenido una relación afectiva, de parentesco o de cohabitación».

En un total de 32 artículos, esta versión mejorada y resumida de otros intentos anteriores –que tal vez por demasiado abarcativos quedaron por el camino– procura ir modificando una realidad más que dolorosa, seguramente cruel, que golpea a miles de familias y que nos va volviendo insensibles de tanto convivir con ella.

El dolor reiterado, acumulado, de las víctimas y sus familiares, la solidaridad que actores en forma individual u organizada, tanto de ONGs como del propio Estado, sumado a experiencias vitales que merecen más de un monumento, junto al esfuerzo de destacados luchadores sociales e intelectuales, dieron al fin nacimiento a este proyecto que esperamos pronto sea ley y empiece a aplicarse para cambiar una situación que hoy es terrible y que se agrava hora tras hora.

Destacar una virtud o un solo concepto como para titular este comentario acerca de una ley tan necesaria es tarea para mí difícil.

Intentaré solamente en la oportunidad poner énfasis en dos artículos, que no son necesariamente los más importantes, pero sí los que me interesa destacar porque tienen que ver con la solidaridad, la responsabilidad y porque entrañan también un mensaje para los habitantes del Interior del país.

En el artículo séptimo se establece que los «Juzgados de Paz en el Interior de la República tendrán competencia de urgencia para entender en materia de violencia doméstica, pudiendo disponer de forma provisoria las medidas pertinentes…» y el noveno dice claramente que «cualquier persona que tome conocimiento de un hecho de violencia doméstica, podrá dar noticia al juez competente», agregando: «siempre que la noticia presente verosimilitud, no le cabrá responsabilidad de tipo alguna a quien la hubiese dado».

Por lo tanto, cuando la ley se sancione con la aprobación del Senado, no tendremos posibilidad de hacernos los distraídos, ni decir «no me incumbe» o «quisiera denunciar pero no puedo por no pertenecer a la familia o por vivir lejos de Montevideo». Para no perpetuar las injusticias. Para acabar con algunas impunidades. Porque es posible y por sobre todas las cosas, necesario cambiar. Porque esperamos señales claras de parte de la Justicia, de las fuerzas policiales y de todos nosotros, para que la gente crea entonces y se sume a esta esperanza de humanizar la vida de los humanos…

Y esto debe servir para replantearnos muchas actitudes de prescindencia o indiferencia. Ahora tenemos, en esta triste materia, más posibilidades que antes; propongo que las utilicemos.

Lo que hagamos responsablemente podrá mejorar la calidad de vida de muchos, especialmente de las víctimas, aliviar el sufrimiento y evitar alguna muerte más.

Cualquier logro en este sentido vale la pena, más allá del «dolor de cabeza» que nos puede causar o el «lío» en que nos metamos.

Está claro que no alcanza con la ley, los jueces y la Policía. Tampoco con todo el esfuerzo y amor con que maestros, médicos, abogados, asistentes sociales, miembros de organizaciones o instituciones pongan en su tarea. Todo eso sigue siendo imprescindible y verdaderamente encomiable, pero no alcanza…

Deberemos superar comodidades en las que nos refugiamos y posiblemente hasta miedos en algunos casos, pero tendremos que ser capaces como humanos y hermanos, de asumir otra actitud. Habrá que sumar «militantes por la vida» a la vida cotidiana.

Y recordando a Serrat, tan grato para nuestra generación, permítanme convocarlos a renunciar a la pasividad y la indiferencia, recordándoles que «todo está listo…pero si falta usted, no habrá milagro». *

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