Otra que ajuste
El miércoles en la noche, en diálogo con Gabriel Mazzarovich –secretario de redacción del diario– le adelantaba mi opinión respecto a que, ayer jueves, los mercados responderían positivamente al nuevo paquete político-económico anunciado por el gobierno argentino al finalizar la jornada. Mi previsión incluía la respuesta del mercado uruguayo y, en particular, la que se expresaría en el mercado de cambios. Los hechos no me dieron la razón, al menos los hechos de ayer. Empero el partido se está jugando y es preciso explicar las razones de mi solitario optimismo.
Contrariando mi previsión, la crisis ingresó en una zona de catástrofe y especulación. En Uruguay, al tiempo que la tasas volaban, el dólar se mantuvo en el techo de la banda de flotación luego que el BCU debiera vender 41,7 millones de dólares para mantener el dólar en la banda preanunciada.
En Argentina las cosas fueron de mal en peor. La alianza estaba virtualmente fracturada. Alfonsín instaló en su apartamento la pantomima de un gobierno paralelo, con programa incluido… Los sindicatos estatales y municipales se volcaron a la calle mientras los canales de cable competían en seleccionar cuánta mala noticia y opinión adversa a las medidas alguien quisiera comunicar. Afuera, los inversores no aceptaban siquiera tasas de retorno del orden del 30% para los bonos de largo plazo y el riesgo país –plus de tasas que debe pagar el gobierno argentino sobre los bonos similares del Tesoro norteamericano– se situó rápidamente sobre el 15%. Mientras se desprendían de los bonos, los inversores seguían paso a paso la respuesta de los políticos argentinos. En Argentina, los Bancos se prestaban pesos al 100% anual en un país sin inflación. En la previsión de las corridas, las tasas para las aceptaciones de plazo fijo y caja de ahorro se elevaban al 50%- 60% en pesos o el 35% en dólares. Era el preámbulo de la fractura. Argentina entera se enfrentó al riesgo de una verdadera fractura institucional.
Cómo se había llegado a esto y qué es esto
Todo el mundo sabía que la emisión de letras de tesorería del martes pasado –programada y que el gobierno no podía evitar sin costos mayores– confirmaría el virtual corte de los créditos que Argentina podía lograr en el exterior a tasas más o menos aceptables. Ya en los días previos, el mercado financiero estaba anticipando lo que pasaría. Nadie quería pesos pero quien los necesitara debía pagar tasas exorbitantes por obtenerlos, ese 100% de la call bancaria de los últimos días. Sin financiamiento y con la presión de los gobernadores encima, el ministro Cavallo decidió que había llegado el momento de probar si, efectivamente, podía avanzar con su plan disciplinador. Peor que ese escenario del martes 10 no podía haber: la crisis era inmanejable y la gente comenzaba a entender que se precisaba otra cosa que ya no podía ser el regreso al pasado.
El paquete de medidas anunciado a las 22 horas luego de una forzada introducción del presidente De la Rúa ya no buscaba sólo objetivos de equilibrio presupuestal. El plan buscaba instalar un escenario para los próximos tres meses, el tiempo de las elecciones legislativas de octubre. Y en tanto también, el tiempo de una oportunidad insoslayable para la reestructuración del poder político.
El paquete jerarquiza entre sus objetivos principales el equilibrio del sistema financiero. Hasta ahora, la convertibilidad se pudo mantener porque el sistema financiero había sido reformado previamente. Empero, ese sistema –el eslabón más delicado de estas economías– ya estaba expuesto a corridas y probablemente a quiebres de alguna institución. El régimen cambiario debía ser afirmado y esto sólo se podía lograr con un impacto de confianza. Esa confianza debía surgir de las respuestas de la política a una propuesta de equilibrio creíble. Y Cavallo utilizó la oportunidad. Su propuesta de equilibrio fiscal, –déficit 0– estaba investida ahora de características inéditas:
– Objetivo inmediato e impuesto: déficit 0 al 31 de diciembre de 2001;
– Aumento del impuesto a los movimientos financieros al máximo legal, ahora descontables íntegramente de los impuestos al IVA y las ganancias;
– Fiscalización estricta de la recaudación ampliando la bancarización de todos los pagos del Estado, incluidos sueldos, pasividades y pagos a proveedores. Los empleados y jubilados podrán utilizar tarjetas de débito contra sus haberes depositados. A quienes no la quieran utilizar se les exhorta a pedir factura;
– Descuento a los sueldos del gobierno central, pasividades (con excepción de la mínima) y pagos a proveedores del Estado en un orden muy incierto, del 6% al 8% en principio. Este porcentaje de descuento será informado por el MEF a comienzos de cada mes para compensar el resultado de ingresos y egresos previstos.
Otras medidas e iniciativas de reforma del Estado, los servicios públicos de salud y retiro, acompañaban el paquete informado en la noche del miércoles. En paralelo, además, el ministro Cavallo informó que los gobernadores y los responsables del Poder Legislativo y Judicial deberían operar en el mismo sentido. Por último, el ministro, comunicó que de inmediato el gobierno avanzaría en nuevos planes para mejorar la competitividad de los sectores productivos.
Lo nuevo
Empero, lo más importante del paquete distaba de tener su centro en lo económico. Domingo Cavallo estaba esperando esta oportunidad. Algunos creen incluso que fue apresurada por el propio ministro. Liderazgo, soluciones técnicas y una ubicación diferenciada de la coalición de gobierno deberían posibilitarle a Cavallo inmejorables posibilidades de avanzar en la reestructura del área de mayor riesgo de la economía argentina: la fragilidad del poder. Observado desde este ángulo, los objetivos del paquete del miércoles son cuasi revolucionarios. Su inmediata comprensión por parte de los sectores políticos más corruptos y pegados al clientelismo explica la virtual convocatoria al golpe de Estado que, nuevamente ha sido formulada, desde las impolutas oficinas de la city y los democráticos pisos del Barrio Norte. Veamos:
– El paquete incorpora la inestabilidad del conjunto de la población argentina al núcleo más activo y, hasta ahora, más «cubierto» de los trabajadores: los estatales. Aquellos que no tenían riesgos de desempleo y tienen capacidad de mantener actualizada la capacidad adquisitiva de sus salarios. Ahora, este conjunto incorpora la inseguridad de toda la sociedad. De alguna manera, todos los meses sus salarios serán el factor de ajuste de la buena o mala política. Los «ñoquis» ya no ingresarán con la impunidad de siempre. Probablemente, los funcionarios se transformarán ahora en fiscalizadores de la política y el gasto;
– Pero esta nueva utilidad ciudadana se extiende al conjunto de la sociedad. La novedad del plan es que, quizás, logre instalar al ciudadano argentino en una función de responsabilidad inédita en la historia argentina;
– La extensión de la bancarización de los pagos y el uso de la tarjeta de débito podría ser un formidable instrumento de control de la evasión fiscal.
En definitiva, los ajustes del nuevo paquete argentino distan mucho de los de un mero ajuste tradicional de gastos con base salarios e ingresos. Si el plan logra ser ejecutado, el ministro Cavallo habrá instalado ese escenario inédito sobre el cual quiere llegar a octubre.
Si pasa, habrá el ministro logrado el golpe de confianza que necesita la Argentina. En cambio, si el poder instituido y el simplismo de los lugares comunes repetidos hasta el cansancio logran frenar el plan, entonces, todos habremos perdido la preciosa oportunidad d
e la crisis. *
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