Ministro Sergio Abreu: Cavallo quiere transformar al Mercosur "en una mascarada institucional"

"Hay que traer a la Argentina al ruedo negociador, para que comprenda que el Mercosur somos los cuatro países"

–Hace diez años existió una expectativa muy grande con el nacimiento del Mercosur, porque nuestro mercado presentaba posibilidades de crecer. También temores. ¿La falta de una coordinación de las políticas macroeconómicas es el elemento fundamental de la crisis del Mercosur?

Para mí es la desnivelación del campo de juego. Al no existir esa coordinación existieron políticas cambiarias diferenciales, como la de Brasil que nos perjudicó notoriamente. También a la Argentina.

Como informante único en el Senado lo advertí. Dije que el tema cambiario era un elemento clave, como también lo era el elemento tributario. Y señalé que había que ir a la coordinación de políticas tributarias y cambiarias.

Cualquier tipo de preferencia arancelaria que se estalezca para un producto, que antes tenía el 20 o el 30% internamente, y que entra a cero, se ve anulada por una modificación del cambio. Una devaluación supone una alteración de la competitividad que no responde a una política arancelaria, sino a una política cambiaria. Y es justamente lo que no se quiere con un proceso de integración.

La coordinación de políticas cambiarias se vuelve mucho más clave si se resuelve ingresar a una unión aduanera, como se hizo a partir de 1995. Porque una zona de libre comercio deja a los países en libertad de acción y cada uno tiene su propia realidad. Pero en una unión aduanera con arancel externo y políticas comerciales comunes, una alteración del tipo de cambio repercute directamente sobre la competitividad y las corrientes de comercio interior.

–Entonces, ¿no habría que haber gestado la unión aduanera?

–Yo siempre fui partidario de ingresar porque he sostenido que el Mercosur es un proyecto político de base comercial y de alto contenido estratégico.

Político porque es una expresión de cuatro países que quieren fortalecer su capacidad de negociación y que, además, van ingresando en negociaciones de carácter colectivo al resto de la comunidad internacional en mejores condiciones.

El Uruguay solo, tiene dificultades para negociar con la Unión Europea, con los Estados Unidos o con el Asia y el Mercosur, por eso se supone que debería ir en conjunto a negociar.

Esa filosofía se ha mantenido, pero lo que me preocupa es que la idea básica del proyecto político fue deteriorada por un tratamiento o una forma de encarar el Mercosur por los dos grandes países, Brasil y Argentina, que debilitaron el afecto societatis de los socios más pequeños. Todo lo que el Mercosur en bloque quiere pedir hacia afuera para negociar y discutir determinadas conductas comerciales con las que discrepa, a veces son las que se aplican internamente y que sufren los países más pequeños por decisiones unilaterales de los países más grandes.

Hay una fragilidad de ese proceso de integración que no tiene en cuenta la asimetría y la participación de los otros dos países. La unión aduanera, que era para fortalecer a los cuatro, terminó siendo incompleta, no perfeccionado los mecanismos, ni cumpliendo con el programa 2000, que estableció claramente hacia dónde se quería ir. Después quedamos en manos de decisiones unilaterales o bilaterales. Si algo faltaba, llegó una devaluación brasileña que alteró la matriz de competitividad en forma sustancial, tanto para Uruguay como también para la Argentina.

–¿Los acuerdos macroeconómicos no se lograron por que no se hizo todo lo que se podía para establecer la coordinación?

–Se establecieron los grupos de trabajo desde el propio Tratado Asunción, pero la naturaleza intergubernamental del proceso de integración determinó que los países grandes no tuvieran una disposición muy clara para trabajar en conjunto.

El coordinar políticas macroeconómicas y definir las pautas y consultar y trabajar en conjunto, supone una actitud política de cierto renunciamiento del ejercicio pleno de la soberanía.

A veces se puede renunciar en condiciones en que los socios se benefician todos por esta actitud, pero ni Brasil ni Argentina vieron que era factible el estar haciendo consultas permanentes con Uruguay y Paraguay sobre estos temas.

Con esto se le quitó a la expresión institucional del Mercosur la fuerza política de trabajar en esa área. Inclusive en algunos aspectos como el arancel externo común, la suba del 23% se decidió entre Brasil y Argentina, porque Argentina tenía la tasa estadística y el Brasil quería aumentar el arancel externo. Y esto fue un acuerdo bilateral que después se canalizó dentro del Mercosur, pero fue gentilmente impuesto.

–Uno tiene la impresión de que hace diez años había más confianza entre los cuatro países, que hoy. ¿Es así?

–Sí. Creo que eso es así porque aumentó notoriamente el comercio interzonal, que pasó de tres mil millones a veinte mil. A medida que se fueron profundizando las negociaciones con la Comunidad Andina, con México, con los Estados Unidos, con la Unión Europea, lo que notamos dentro del Mercosur fue que no tenía la misma actitud hacia afuera que hacia adentro.

La desconfianza se produce particularmente en Uruguay y esto lo he explicado varias veces a los gobernantes brasileños y argentinos. Es que cualquier dificultad que se le plantee a un producto uruguayo para acceder al mercado, afecta gravemente a todo un sector. Pero cualquier dificultad que pueda tener Argentina o Brasil con un producto, no altera para nada su estabilidad o sus corrientes comerciales básicas.

–¿Es impensable para un país grande que el problema del ingreso de biciletas a un mercado como el argentino, se transforme en un problema nacional?

–Exacto. Para un país pequeño un problema de esta naturaleza llega en un día al ministro y en tres días llega al Presidente. Estos mismos problemas demoran tres meses en llegar a Fernando Henrique Cardoso.

–Versiones de prensa también dicen que existe desconfianza con nosotros. Acabo de leer que los industriales uruguayos no fueron al Consejo Industrial del Mercosur porque priorizan negociar con Estados Unidos. Y a la vez se dice que Brasil quiere arreglar con Estados Unidos. ¿Hay mucha tensión?

–Sí, sí. Eso fue una decisión de los industriales, pero en realidad el mensaje fue «no estamos contentos como funciona el Mercosur». Y esto tiene que ver con lo que yo le decía al principio: hemos vuelto al concepto de comercio administrado. A partir de la Presidencia de De la Rúa y de alguna variación del gobierno brasileño, se ha decidido ingresar en administración de comercio o reparto de mercado, que benefician a las grandes firmas y a los grandes canales de distribución. Y esto perjudica a la estructura nuestra, más allá de algunas multinacionales ubicadas regionalmente, de pequeña y mediana empresa. En este reparto de mercados nuestro país se va a ver perjudicado. Lo acabamos de ver con el sector lácteo, donde se llegó a un acuerdo de precios entre Brasil y Argentina. Lo han querido hacer con el arroz y lo quieren hacer con el aceite. Y esto no es el Mercosur que nosotros queremos. El que queremos es el que nos permite acceder al mercado argentino y brasileño y que las inversiones utilicen al Uruguay como plataforma de inserción. Más allá, debo reconocerlo, que Uuruguay tiene tratamientos diferenciales con la admisión temporaria, que es un instrumento de gran utilidad porque le permite ser competitivo, importando insumos a precios internacionales.

La desconfianza está en que cada vez tenemos más dificultades, más trabas. Hay una filosofía atrás del Mercosur que lleva a que los países más grandes impongan sus puntos de vista.

–¿Hasta la
devaluación del real, nos vimos favorecidos con el Mercosur?

–Toda la economía se vio favorecida; en aumento del comercio interzonal, en inversiones y en posibilidad de mantenerse en un pie de igualdad.

En 1994 el ministro Cavallo alentaba la esperanza de que el Brasil se recuperara, porque estaba en plena hiperinflación. En aquel momento Argentina era superavitaria en su comercio exterior con el Brasil. Pero cuando se produce la devaluación brasileña, uno se enfrenta a la real dimensión de lo que significa desviar el comercio por un instrumento que no está pensado ni es el que debe utilizarse en un proceso de integración.

–Cuando llegó la devaluación se dijo que habíamos cometido el error de quedar atados al Mercosur, perdiendo otros mercados. También se dijo que había que haber hecho como Chile que comercia con todo el mundo. ¿Se pudo haber previsto todo esto?

–Depende de cada país y de su propia realidad geográfica. Lo de Chile es una experiencia de la modernización de su economía, una apertura, inspirada en una estructura política que nostros no podemos justificar de ninguna manera.

No hay ninguna modernización del país que justifica una sola violación de los derechos humanos. Así que por ahí no vamos. Lo otro que no va, es que Chile tiene otra estructura geográfica y geopolítica. Al tener una cordillera que va de norte a sur, tiene una envidiable poligamia comercial. Ellos tienen casi un 30% de comercio con Asia y tienen dividido, en porcentajes similares, el comercio con el resto de sus socios del mundo.

Uruguay está ubicado en otra región, en otro contexto, y no existe la tecnología que invente la pala mecánica que nos traslade a otro punto geográfico, ni que seamos una república independiente flotante en el Atlántico, para poder trabajar en forma independiente.

Somos hijos de la vecindad, somos hijos de la geografía que es la madre de la historia, pero somos también una unidad política que debe rescatar su identidad para no ser absorbidos en todos los aspectos.

Uruguay ingresó al Mercosur, para potenciar su comercio con sus grandes socios. Ahora, el objetivo del país no era quedar atado a sus socios, sino de utilizar el Mercosur como plataforma para insertarse hacia afuera. Eso implica todo un proceso de modernización, de inversiones, de actualización empresarial y sobre todo de un ritmo muy fuerte de la reconversión productiva, para poder ser realmente competitivos.

Hoy necesitamos apostar a la calidad, a la marca y a la continuidad. Y eso no podemos dejarlo librado a Argentina y a Brasil. Hay que diversificar mercados y productos, pero los condicionamientos están ahí y son geográficos.

–Hace diez años los analistas decían que la economía mundial marchaba hacia los acuerdos regionales. Al poco tiempo se profundizó el proceso de globalización. ¿Esos acuerdos regionales se consolidaron o se debilitaron con la globalización?

Yo dividiría al mundo en tres grandes zonas de prosperidad y seguridad: la Unión Europea, los Estados Unidos y Canadá y el Asia con Japón, más allá de su fragilidad presente.

Luego tenemos tres áreas de depresión, con dificultades graves para incorporarse a la matriz competitiva del mundo: el mundo islámico, el ex mundo comunista y Africa.

Después las áreas periféricas o lo que se llama las «economías emergentes», de las que nosotros participamos dentro de lo que es la zona de influencia geográfica de los Estados Unidos.

La ventaja del Mercosur es que su principal socio en inversión y comercio es la Unión Europea, a diferencia del resto de los países de América. México está comerciando el 85% con Estados Unidos y tiene aquel problema de estar «tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos». Venezuela y Colombia están aproximadamente en un 50%.

–¿Por eso nosotros podemos jugar políticamente más libres?

–Sin duda, tenemos un mejor equilibrio político que hay que saber manejarlo. Europa entra en una faz proteccionista y además comienza a incorporar a los países de Europa Oriental que son competitivos con nuestros productos. Desde que nosotros iniciamos el acercamiento, la Unión Europea aumentó las exportaciones en un 300% con el Mercosur, y el Mercosur aumentó en un 25%. Estamos ante una desigualdad, pero de todas maneras somos una articulación política muy sensible

–¿Usted qué quiere?

–Yo (se ríe) quiero un país que inversamente a su pequeñez tenga la debida capacidad de decisión para no quedar atado ni a la voluntad ni a la filantropía, ni al romanticismo de nadie. Para eso tenemos que ser cada día más profesionales, más fuertes en el respaldo de nuestra política exterior y de nuestra estrategia comercial. Pero sobre todo sabernos parte de una región.

Yo me siento hombre de la región, pero no para encerrarme en la región, sino para que la región me sirva para lanzarme hacia afuera.

–Esa es su propuesta filosófica. ¿La salida del país es con Mercosur?

–Es con Mercosur, pero que le sirva al Uruguay. Un Mercosur como el de ahora no nos sirve.

–¿La clave es convencer a Brasil de que integre al Mercosur a su estrategia impregnada de nacionalismo? ¿Es posible convencerlo?

–Hay que convencerlos a los dos, pero también hay que convencer a Chile, porque es un socio especial que está en negociaciones directas con Estados Unidos. Lo que tenemos que buscar es que los países tengan la capacidad de negociación, convenciendo a Brasil de que políticamente necesita darle un tratamiento distinto a Uruguay y a la Argentina, nada más que cumpliendo con sus obligaciones en el Mercosur, para después potenciar la capacidad de negociación del Mercosur.

–Si logramos asociar a Chávez con Ancap, ¿le pisamos un dedito a Brasil para que se acuerde de nosotros?

–PVSA puede perfectamente asociarse. Nostros hicimos una integración comercial y hoy la integración ya tiene aspectos estratégicos de infraestructura muy importantes. Hay que saber que va a haber en la zona una lucha geopolítica.

–Manejemos una visión optimista que parte de que convencemos a Brasil y a Argentina de tomar al Mercosur, con el talante que usted aspira, como plataforma. ¿Vamos al ALCA?

–Al Alca hay que ir con el entusiasmo de saber que se abren nuevos mercados…

–Pero eso ya me lo propusieron hace diez años, cuando nació el Mercosur…

–Claro.

–Y estamos en medio de una crisis.

–Exacto. Pero las cifras que tenemos nosotros es que el porcentaje más significativo de aumento de las exportaciones lo tenemos hacia el ALCA, hacia Canadá, México y Estados Unidos.

Hay que ir con ese ánimo, pero teniendo en cuenta que tenemos una cantidad de productos que queremos exportar a Estados Unidos y que no ingresan y que están en la base de nuestro sistema agropecuario.

Hay que saber cómo funcionan los mecanismos de precios del arroz en Estados Unidos y de qué manera se subsidia un productor y de qué manera se impide que se ingrese al mercado norteamericano con infinidad de trabas en muchos sectores. Y no solamente en el sector textil.

–Ahora nos paramos en la visión pesimista y no logramos reformular al Mercosur porque no convencemos a Brasil y Argentina. ¿Qué hacemos?

–Cada uno va a quedar liberado para realizar negociaciones individuales en el ALCA, con 34 países. Brasil va a tener que negociar en forma individual su realidad y la Argentina también. Va a ser más difícil si se sigue con el planteo de Cavallo de que con el 35% se sube el arancel para los productos finales.

–Cavallo dice que se aumentarán los aranc
eles de importación de bienes de consumo final, llevándolos hasta un 35%, incluyendo aquellos productos comercializados dentro del Mercosur. Y reclama medidas similares a Brasil y a nosotros ni nos nombra…

–Antes de negociar con el ALCA se tienen que convencer los cuatro países de cuál es el rumbo que van a tomar. Porque el planteo que está realizando la Argentina es, institucionalmente, una decisión que tiene que ser manejada a través de los órganos del Mercosur. Porque elevar los aranceles al 35% y bajar los bienes de capital a cero, significa alterar la decisión de 1994 de arancel externo común. Y para esto, puede ser que consiga la autorización de Brasil, pero tiene que pasar por el Mercosur, quien tiene que decidir en conjunto cuál es la política arancelaria que va a tomar en materia externa.

Si vamos a negociar al Mercosur estos temas, hay que definir qué Mercosur queremos. La propuesta de Argentina, que puede ser fundada o no, altera las reglas de juego. Y si se alteran las reglas de juego se supone que detrás de esta alteración hay una filosofísa de cómo se encara el Mercosur.

Si el Mercosur es para tener un arancel externo del 35% en todos los bienes finales, hay que ver si realmente al Uruguay le sirve, si le sirve a su estructura productiva quedar cautiva de los productos finales de Argentina y Brasil.

–Si Brasil y Argentina acuerdan este 35%, ¿qué nos pasa?

–Si lo acuerdan bilateralmente es un tema que está afuera del Mercosur o pueden jurídicamente buscarle una vía de canalización a través del acuerdo bilateral que tienen registrado en la Alalc. Pero el Mercosur necesita el apoyo de Uruguay, para que sea Mercosur.

–Si acuerdan el 35%, ¿cómo repercute en nuestra economía?

–Que la producción de bienes finales y el valor agregado van a ser incentivados dentro de las economías de Brasil y Argentina y por lo tanto van a ingresar al Uruguay. Se corre el peligro de quedar más dependientes de Brasil y de Argentina y eventualmene tener un nivel tecnológico más bajo.

–Usted conoce a Cavallo y alguna vez intentó llevarnos a los ponchazos…

–Es un estilo. Es un hombre inteligente, activo, un economista que no está apegado a las formas. No digo que sea un hombre de ruptura institucional, no puedo cometer ese agravio, digo que es un hombre que quizás las formas pueden resultarle un instrumento más molesto que potenciador.

En negociaciones que tuvimos directamente, sobre la mesa nos dijo: «Ustedes los uruguayos viven enamorados de los tratados». Y la respuesta que le dimos en esa oportunidad fue que no estamos enamorados de los tratados, sino que estamos apegados al concepto de seguridad jurídica. Porque es la mejor forma de defender el interés de los países pequeños, particularmente cuando los países más grandes miran de costado sus obligaciones de carácter formal.

Cavallo va a impulsar fuertemente sus convicciones. Hay que traerlo al ruedo negociador para que comprenda que el Uruguay es parte del Mercosur, que el Mercosur somos los cuatro países. Y lo tiene que entender Cavallo, pero lo tiene que entender el gobierno argentino que es el Presidente de la República y no el ministro de Economía, más allá de que el escenario pueda ser más movible.

Este es un tema que lo tiene que entender Argentina y que lo tiene que entender Brasil, así como nosotros y el Paraguay. Pero Cavallo es un actor de primera línea que va a manejar su política con una impronta muy fuerte y que nosotros tenemos que ir administrando para que esa impronta no nos saque o nos margine de las decisiones o nos transforme el Mercosur en una mascarada institucional.

–¿La inversión extranjera sigue priorizando a Brasil en el Mercosur?

–Sí, y por varios motivos. Uno porque el mercado es grande, otro porque los estados al tener incentivos potencian la ventaja de ser un mercado grande, otra porque ya tiene un desarrollo industrial muy importante. Por ejemplo, la inversión alemana en San Pablo es la más importante del mundo, incluso tomando las inversiones alemanas en las ciudades de Alemania.

Argentina también tiene incentivos en las provincias, pero la locomotora brasileña ha tenido mucho más eficiencia en el sector industrial. Por ejemplo el sector automotor, que es un comercio administrado, fue negociado básicamente entre Brasil y Argentina, que tenían la preocupación de que las plantas armadoras no se fueran a Brasil y que la industria autopartista pudiera mantener su posicionamiento adecuado. El autopartismo en Brasil maneja 15 mil millones de dólares y tres mil millones en Argentina. También en Brasil la mano de obra es más barata en algunos estados y tiene subsidios al transporte, que permite sacar la producción de la zona franca de Manaos hacia las salidas marítimas.

–Incentivos y subsidios, ¿malas palabra en Uruguay?

–Para mí no es mala palabra. Son instrumentos que deben manejarse con inteligencia y de acuerdo a los organismos internacionales. Los subsidios están permitidos. Están los recurrentes, los no recurrentes y los prohibidos. Nosotros tenemos que buscar los mecanismos para respaldar sectores estratégicos. Nuestra política industrial tiene devolución de impuestos, también tenemos algunos sistemas de reintegro como el sector automotor.

También el incentivo a la declaración de interés nacional. Una empresa se presenta y puede estar exonerada del impuesto al patrimonio, del impuesto a la renta.

–Pero a veces declaramos de interés nacional un supermercado…

–Esa es una idea un poco más amplia. Hay empresas que entienden que el concepto de interés nacional puede ir más allá del sector industrial puro. Pero más allá de estos temas puntuales, el año pasado se beneficiaron proyectos por valor de 60 millones de dólares.

El régimen de admisión temporaria involucra unos 350 millones de dólares anuales, para un país que tiene exportaciones por tres mil millones de dólares. Y esto nos permite modernizar la estructura productiva del país.

 

«Me calienta que me digan neoliberal»

–Dentro de cuatro años, cuando abandone el Ministerio, ¿qué espera dejarle al país?

–En el sector industrial, espero recuperar competitividad con políticas comerciales activas, defendiendo a los sectores más sensibles. Espero posicionar al Uruguay en el mejor escenario respecto del acceso al mercado con Brasil y Argentina y el resto de los terceros países. Espero potenciar al Ministerio para trabajar en conjunto con el resto de los ministerios, en un equipo negociador joven que estamos tratando de conformar. Hoy el país necesita treinta o cuarenta negociadores. A ese equipo lo voy a dirigir yo personalmente. Y esto no es compitiendo con nadie, por eso comparto con Viglieti la canción «A desalambrar». Vamos a desalambrar las chacras institucionales que son las peores que tiene el país (se ríe) y a defender los instrumentos legales, como por ejemplo: a la caída de los precios mínimos de exportaciones del sector textil, establecemos licencia previa automática, información al resto de los productores de las importaciones que se realizan y hacer pagar un derecho específico por la diferencia de valor en el caso de que se compruebe. Es que valor y origen son temas que deben ser controlados para que algunos sectores no se vean afectados por el ingreso de mercaderías, en competencia desleal. Ya sea dumping o subfacturación. Y esto lo queremos extender a otros sectores, pero en un ámbito que no sea proteccionista. La idea es protección para defender la competitividad y no para defender la ineficiencia. Junto a esto, política comercial activa.

En el ámbito de la energía, me gustaría llevar los precios al n
ivel regional, me interesa que los entes autónomos vayan ajustando sus variables internas para ser más competitivos y más eficientes. Soy partidario del sector público (golpea la mesa con suavidad), soy partidario de un sector público que se justifique a sí mismo. He visto muchos privados que han arrastrado a muchos sectores sociales a la ruina por ineficiencia y no quiero que eso haga el sector público. Quiero un sector público con niveles tarifarios adecuados y lo estamos haciendo con UTE, tratando de encontrar un plan de rebajas de tarifas para los pequeños y medianos empresarios. Lo estamos haciendo con Ancap, buscando un socio inversor estratégico que le permita fortalecer su presencia en el mercado regional y extrarregional. Estamos ante un cambio no ideologizado, estratégico. Yo no soy neoliberal, no me gusta que me digan neoliberal…

–Me caliento…

–Me calienta que me digan neoliberal (se ríe). Soy un realista, sabiendo que ni el mercado asigna los recursos en forma inmediata, ni el Estado es capaz de solucionar todos los problemas.

 

«El Presidente es un hombre que escucha»

–¿Alguna vez le dijo al presidente Batlle que no critique tanto a Europa?

–Lo hemos hablado. El Presidente tiene una gran virtud: es un hombre que escucha, que intercambia ideas, que sabe que ha trabajado toda su vida en un escenario que no le es ajeno y que sabe muy bien que el tema europeo es el que tiene más bloqueo. Es que las señales de Europa no son las más adecuadas. Y un gobernante juega y también ve que la propuesta del ALCA puede ser beneficiosa si es que negociamos en forma adecuada. Las apreciaciones siempre son subjetivas, pero un Presidente como el que tenemos hay que aprovecharlo, como dice él. Batlle puede decir una cantidad de cosas que después no son las facturas políticas que le pudieran cobrar para volver o para no volver.

 

Cardoso y el «global player»

–De todos los actores políticos, el más permanente ha sido el presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso…

–Y además es un hombre que tiene una visión muy clara y muy profunda de América Latina. Yo tuve la suerte de trabajar con él como canciller. De manera que lo conozco mucho y tenemos una relación muy fluida. Incluso hemos conversado de estos temas en más de una oportunidad. Lo mismo me sucedió con Domingo Cavallo o con Di Tella.

Fernando Henrique Cardoso tiene una visión muy clara del Mercosur, pero también tiene una expresión clara de la estrategia brasileña, que es legítimamente una expresión de nacionalismo que tiene tres vertientes: las Fueras Armadas, la diplomacia y la industria brasileña. Estas tres vertientes tienen como hilo conductor los tres sectores que se querían proteger en el área del Mercosur en 1994 y que acompañó la Argentina y el ministro Cavallo: bienes de capital, telecomunicaciones e informática.

El Uruguay negoció en otras condiciones, discrepando con esta forma de encarar el proceso e integración. Pero podemos decir que Brasil ha mantenido homogeneidad en su estrategia, pero que se ha potenciado enormemente por la devaluación.

Brasil aumentó su competitividad, sus exportaciones, en una economía que por expresión de ese nacionalismo nunca había quedado atada en forma exagerada al dólar. De manera que el nivel de precios internos no acompañó la tasa de devaluación.

–Incluso Brasil tiene una mayor independencia tecnológica…

–Exactamente. Eso es parte de ese sector industrial que expresa una visión de ese nacionalismo, beneficiado por un mercado muy grande donde el proveedor del exterior o de la zona que se perdía para Brasil por la devaluación, lo sustituía por otro, pero brasileño.

Por eso Brasil va marcando la pauta de la integración. Siempre entendimos que a Uruguay hay que ingresarlo en el proceso de integración con un tratamiento diferencial. Pero sin Uruguay no hay Mercosur, sin Uruguay lo único que habrá será un acuerdo Argentina-Brasil y un socio paraguayo, con las dificultades que tiene.

–Pero Brasil y Fernando Henrique también miran para el norte de Sudamérica. Saben que tienen a Venezuela y a Colombia…

–Eso es evidente. Políticamente Brasil es un «global trader» y un «global player». Y respecto del Mercosur, el porcentaje de comercio que Brasil tiene con nosotros es del 18%, lo que es un porcentaje reducido. Utiliza el Mercosur porque es una expresión de su política de círculos concéntricos acuñada en 1964 por Castelo Branco. Brasil necesita al Mercosur para trabajar en bloque en las negociaciones del ALCA, porque necesita potenciar esas negociaciones.

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