Víctor Vaillant. La despedida de un batllista de la actividad pública profesional

"Ser colorado o blanco significa definirse en la lucha de los coroneles de Artigas por conquistar el poder"

Fue dirigente sindical, fundador de la Federación Uruguaya de la Salud a fines de los sesenta. Intentó, con su Movimiento de Reafirmación Batllista, volcar a la izquierda al viejo Partido de Rivera; cuando advirtió que había fracasado en esa tarea, abandonó el Partido en 1999 y poco después se incorporó al Frente Amplio.

En esta entrevista, desarrollada en su despacho del Palacio Legislativo, Vaillant hace un repaso de su vida, su trayectoria, su entrañable amistad con Pepe D’Elía, su adhesión al batllismo de Don Pepe y su experiencia como empresario.

 

-Hace ya un tiempo anunciaste tu decisión de no postularte a ningún cargo electivo. ¿La mantenés?

-Sí. Había resuelto que, al llegar a los 65 años, dejaría la actividad pública profesional; lo que no significa abandonar la actividad política. Es una autoimposición en función de convicciones personales pero que para nada pretendo que sea emulada; no pretendo que otros que llegan a esa edad hagan lo mismo. Soy consciente de que con mi decisión no lesiono ningún proyecto… tal vez en otras circunstancias una decisión de este tipo podría estar lesionando un proyecto político; pero hoy no pongo en peligro, por ejemplo, el triunfo del Frente Amplio. Si yo estuviera en el pellejo del Pepe Mujica, ni se me ocurriría hacer esto porque estaría liquidando un proyecto político; pero no es mi caso. En definitiva, reitero que es una decisión sólo mía, porque entiendo que hay una etapa de la vida pública y política en que uno tiene mucha energía para aportar y poca experiencia; otra etapa, entre los 40 y los 65, en que uno tiene una buena dosis de experiencia y de energía y puede aportar mucho; y luego, inexorablemente, llega una tercera etapa ­que yo no estoy viviendo todavía pero siento que me va a llegar­ en la que hay muchísima experiencia pero la energía comienza a menguar. De modo que trataré de aportar toda mi experiencia, y que la energía la pongan otros. Lo primero que hice fue dejar la Secretaría General del Movimiento Claveles Rojos para habilitar que otros compañeros ocuparan lugares de dirección.

 

 

-Te confieso que me llama la atención cuánto demoraste en integrarte al Frente.

-Creo que demoré el tiempo necesario y justo. Yo fui dirigente gremial, fui fundador de la FUS, allá por los sesenta, era funcionario del Casmu. En la predictadura pachequista conocí las cárceles y la detención arbitraria. Políticamente era independiente. Me incorporo al Partido Colorado después del plebiscito de 1980. Durante la dictadura seguí militando socialmente en forma clandestina, como muchísimos. El gobierno militar, bajo presión internacional, había propiciado la formación de «asociaciones profesionales» como sucedáneo de los sindicatos prohibidos. Se planteó la discusión acerca de si debíamos o no integrarnos a esos nuevos gremios controlados, y triunfó la postura favorable de modo de aprovechar todos los espacios. Y de ahí nació el PIT. Y cuando aparecieron los primeros espacios políticos, también discutimos con Pepe y otros viejos dirigentes si era conveniente que las personas de pensamiento de izquierda nos incorporáramos a las tendencias progresistas de los partidos tradicionales. En mi caso, decidimos integrarnos a la corriente de izquierda del Partido Colorado que fue la Corriente Batllista Independiente; otros lo hicieron en el Partido Nacional, como Carlos Pita en la Corriente Popular Nacionalista. Y llegó un momento en que la militancia contra la dictadura se había transformado en una militancia de protagonismo político partidaria, y fue así que me encontré siendo candidato a un cargo electivo.

Naturalmente, a partir de entonces afloraron las distintas visiones de país, y aparecieron las primeras diferencias con la conducción del Partido Colorado; y consecuentemente, mi cercanía con las posturas del Frente Amplio. En ese sentido, el ejemplo más notorio fue mi voto contrario a la Ley de Caducidad en el Parlamento; fui el único legislador colorado que no acompañó la impunidad. Hasta que llegó un momento en que llegamos a la conclusión definitiva de que no quedaba espacio para el pensamiento progresista dentro del Partido Colorado. Hubo un tiempo durante el cual muchos de nosotros creíamos que valía la pena dar la batalla para transformar al Partido Colorado, pero la vida terminó por demostrar que estábamos equivocados.

 

-¿Por qué elegiste, dentro del Frente, incorporarte al Espacio 609?

-Bueno, mirá, en el 85, a poco de haber sido liberados los últimos presos políticos, Sendic y otros compañeros fueron a visitarme a mi casa y me plantearon la idea del Frente Grande. En 2004, el Pepe Mujica, el Ñato Fernández Huidobro y la barra del MPP nos invitaron a compartir un asado y allí nos contaron su proyecto del Espacio 609, de juntar a toda la gente que en los últimos años habíamos coincidido en casi todos los temas. Allí se incorporó gente del Partido Nacional y nuestro grupo como vertiente batllista.

 

 

-¿Cómo juega tu pasado colorado? Cuando en el Senado se trató el Día de la Nación Charrúa, ¿cómo te sentiste ante las críticas a Rivera?

-Muy cómodo. Yo no soy ni nunca podría ser riverista. Fui y sigo siendo profundamente batllista, entendiendo por batllismo el socialismo democrático que conoció este país a principios del siglo pasado. Yo nunca me sentí colorado sino batllista. Ser colorado significa definirse políticamente en torno a los sucesos que se dieron inmediatamente después de la independencia, cuando los lugartenientes de Artigas se disputaban y se repartían el poder mientras el Padre de la Patria se mantenía en su exilio paraguayo. Ser colorado o blanco significa definirse en la lucha de los coroneles de Artigas por conquistar el poder. Y si yo hubiese vivido en aquella época, no hubiera sido ni colorado ni blanco; habría estado con Artigas. Pero como no me tocó vivir aquellos tiempos, mi definición política se debe a mi identificación, mi admiración, por el pensamiento y la acción de José Batlle y Ordóñez, de quienes lo rodeaban y de quienes le siguieron.

 

-¿A quiénes mencionarías?

-Domingo Arena, Julio César Grauert, Baltasar Brum… y entre los que lo sucedieron: Michelini, la Negra Roballo, Glauco Segovia …

 

-¿Te referís a Segovia, el que fue intendente?

-Sí, a pesar de que tuvo una mala gestión al frente de la IMM, fue un hombre de izquierda. Es más, fue a Glauco Segovia a quien Luis Batlle había encomendado el relacionamiento con la Internacional Socialista. Sigo: Michelini, Roballo, Batalla, el propio Seregni… pero también Maneco Flores Mora, Hierro Gambardella.

 

-En estos días Lacalle y Larrañaga, en la polémica sobre la acción de los Tupamaros, han dicho que, a diferencia de éstos, Aparicio Saravia nunca se levantó en armas contra un gobierno legítimo, con lo cual se sobreentiende que el gobierno de José Batlle y Ordóñez no era legítimo. ¿Qué opinás?

-Saravia se levantó contra un gobierno legítimo y democrático en circunstancias del país totalmente distintas, con una Constitución con muchos defectos y carencias, es cierto, pero que era el marco institucional de la época. Mirá, no es lógico que yo dé respuesta a eso; a quienes afirman eso les digo simplemente: lean la historia.

 

-Sé que fuiste empresario gastronómico y que en determinado momento, les cediste tu parte a tus empleados.

-No es exactamente así. Te explico. Militar socialmente y defender tus ideas implica lograr previamente un grado importante de independencia económica, de modo de poder mantener a su familia sin zozobras. Cuando uno se ha propuesto llevar adelante la defensa de sus ideas, puede estar dispuesto a poner en riesgo su propia vida, pe
ro no la de sus hijos.

Bueno, en dictadura nos juntamos con un socio y pusimos dos empresas que fueron muy exitosas: «Tacuruses» era el nombre. Una rotisería, en 21 de Setiembre y Luis de la Torre, y unos años después, Tacuruses Bar, en Caramurú y General Paz. No por casualidad le pusimos Tacuruses: fue una forma de meter, en aquellos años autoritarios, la idea del Orejano. Durante toda la dictadura, esos Tacuruses vivieron no sólo como un proyecto económico ­que lo fue­ sino también como un lugar de resistencia ciudadana. Fueron lugares de encuentro; muchas veces iba Pepe D’Elía a la rotisería, compraba algo como si fuera un cliente común, y pasábamos a la trastienda a conversar y evaluar la situación.

Desde el inicio de aquellos emprendimientos, a fines de los sesenta, hasta comienzos de 1984, cuando me desvinculé de las empresas porque ya estaba dedicado de lleno a la actividad política, tuvimos prácticamente siempre el mismo personal que, además, estaba habilitado: los empleados tenían, además de su salario, un porcentaje de las utilidades que distribuíamos periódicamente. Naturalmente, eso llevó a que los trabajadores estuvieran muy conformes y que constituyeran un equipo muy sólido. Pero yo era consciente, y se lo decía a ellos, de que mi socio y yo nos estábamos apropiando de la plusvalía que ellos generaban; y resolví que el día que me retirara del negocio, les devolvería esa plusvalía transfiriéndoles mi parte.

Pero mi socio ­que también estaba de acuerdo con devolver esa plusvalía­ falleció, y quedó su esposa como heredera. Hablé con ella diciéndole que era mi intención pasar mi parte a nombre de los empleados, pero la viuda de mi socio me pidió que le vendiera mi parte a ella. Me pareció que debía contemplar ese pedido, y resolví hacer las dos cosas: le vendí mi parte a ella, y el dinero que recibí se lo entregué a los empleados; era bastante dinero. El mismo día en que efectuamos la transacción en una escribanía, tomé el dinero en efectivo y lo llevé directamente a la rotisería.

Me siento profundamente orgulloso de eso. Pero quiero hacer una aclaración. La decisión que he tomado de retirarme de la vida pública es lo que me permite referir esta historia. En otras circunstancias seguramente no te habría respondido como lo hice porque podría haber sido malinterpretado. Esto que te acabo de contar, dicho a cuarenta días de una elección en la que yo fuera candidato, podría ser visto como un autobombo para conseguir votos. En cambio hoy, me siento en total libertad para decir lo que se me da la gana sin que nadie piense que es para conseguir votos porque no lo estoy pidiendo ni los voy a pedir nunca más.

 

Reconocer los errores

-¿Te sentiste cómodo dentro del Espacio 609?

-Absolutamente. Me sentí y me siento muy cómodo en un grupo que aglutina a gente que recorrió diferentes caminos, que se equivocó y fue capaz de rectificar su rumbo. Tal vez lo más importante que tenemos en común los que integramos el Espacio 609 es que somos conscientes de que no existe el ser humano capaz de no cometer errores. Los seres humanos no se dividen entre los que se equivocan y los que no se equivocan porque todos nos equivocamos; en realidad, nos dividimos entre quienes se equivocan pero no lo reconocen y no cambian, y los que nos equivocamos, lo reconocemos y cambiamos.

 

La ruptura con el coloradismo

-Intentaste izquierdizar al Partido Colorado.

-El Partido Colorado había tenido una gran transformación a comienzos del siglo pasado, cuando un hombre excepcional dio una gran batalla para transformarlo y lo logró, convirtiendo el riverismo en batllismo. Pero eran otros tiempos y nosotros no calzábamos ni cerca esos puntos y por lo tanto fuimos derrotados en nuestro intento. Paralelamente, se habían ido incorporando sectores de otros partidos al Frente Amplio, lo que aumentaba sus posibilidades de llegar al gobierno. En el 98 renuncié al Directorio de AFE y en la interna del 99 dimos la última batalla; fue entonces que nos desvinculamos del Partido Colorado y convocamos a votar al Frente sin habernos integrado a él. Luego del balotaje del 99 sí solicitamos formalmente el ingreso al Frente Amplio; de ese modo nos bajamos del carro del ganador para ir a sumar al del perdedor con la intención de que en la próxima elección fuera el ganador. Y así como en la vez anterior la historia demostró que estábamos equivocados, esta vez la historia demostró que teníamos razón.

 

EL EJEMPLO DE JOSE D’ELIA

Por los años ochenta, una persona que quise mucho y que fue uno de los mejores hombres que dio este país, que por entonces andaba cerca de los 60 años, me dijo que me tenía que pedir un favor.

 

-Estás hablando del Pepe D’Elía, ¿verdad?

-Acertaste. Yo no pensaba nombrarlo pero bueno. Un día en un boliche, Pepe me dijo: «Vos sos el hijo varón que no tuve y te pido un favor que sólo se puede pedir a un hijo. Va a llegar un momento en que mis neuronas van a empezar a fallar, y yo no voy a darme cuenta de eso; entonces, necesito que el hijo varón me tire del saco o de la oreja y me diga: ‘Pepe, llegó el momento en que tenés que retirarte'». Yo aprendí muchas cosas de Pepe. Y llegó el momento en que sus neuronas empezaron a debilitarse y yo recuerdo la tarde en que tuve que cumplir con lo que me había pedido.

Te refiero esto porque creo que cuando un político resuelve algo, eso está afectando a cientos de miles de personas, y uno tiene que tener la suficiente lucidez para hacer lo mejor.

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