Couriel fue presidente 270 minutos
Entre las 12 y las 16.30 horas en punto, nuestro destino estuvo en manos del hijo de un ciudadano turco que se ganaba la vida vendiendo cigarrillos por las calles de Esmirna (una de las siete ciudades que nombra el Apocalipsis) recordó Couriel en la Casona de Suárez y Reyes, lugar en donde ayer al mediodía recibió el poder del Estado de manos del vicepresidente Rodolfo Nin Novoa, a su vez presidente en ejercicio, quien viajó a Qatar. Tabaré Vázquez había tenido similar recuerdo en 2005 cuando homenajeó a su padre, un funcionario de Ancap. Hasta aquí todo se percibía muy pomposamente: el traspaso de mando, los actos protocolares, las firmas de rigor, las fotos para la posteridad desde la óptica burocrática del servicio de prensa de la presidencia. Lo de siempre. Gris y cartón. Pero para Alberto Couriel las íntimas sensaciones no eran las mismas que para las del resto del personal presidencial acostumbrados a estos ejercicios. No siempre se es primer mandatario de un país. No siempre se llega a esa investidura máxime teniendo en cuenta que, antes que él hay dos políticos Huidobro y Mujica que por cuestiones de la providencia estaban imposibilitados de ser convocados. La oportunidad que recayó en Couriel fue como una conjunción cósmica, esas que ocurren entre planetas una vez cada mil años. Y como es altamente improbable que vuelva a ocurrir, se preparó con la debida antelación. Como para una cita. Pero ojo, a no creer que le dedicó mucho trabajo previo. El sábado fue a una peluquería de un amigo suyo. Se hizo un rebaje en el cabello y se recortó los bigotes. De manicuría, nada. De precio, tampoco, porque al coiffeur del barrio no le pagó. «Che ¿somos amigos o qué somos?», le dijo Couriel mientras le guiñaba un ojo. Ayer el que iba a ser futuro presidente se levantó tal vez algo más temprano que el resto de los días domingo. Se afeitó, se palmeó el rostro con una colonia after shave, eligió una camisa y una corbata al tono (no era la mejor por cierto) y desechó colores oscuros. Los predictores de turno anunciaban un día de mucho calor y no convenía mucho ropaje.
A las 11.30, media hora antes del momento en que meteóricamente se iba a transformar en presidente llegaba a la residencia de Suárez y Reyes y apareció el primer problema para él: ¿por donde entro?, le preguntó a su mujer que lo acompañó en todo momento como un sidecar humano. Como era de esperar acertó la entrada sin titubear porque, ya se sabe, los dioses estuvieron de su lado. Saludos y deseos de «suerte en la gestión» entre Nin Novoa y el ascendido y, listo, ¡a vivir que son cuatro horas!. Couriel y en su propio automóvil emprendió rumbo al restorán «Las Leñas» que suele frecuentar donde los dueños, familiares suyos y algunos parroquianos lo esperaban. Allí, unos troncos de espinillo en lenta combustión le daban color y aroma a pulpones, asados y a un abanico de vísceras que se ofrecían sobre la parrilla. Brindó, comió y bebió como si esa fuera la última vez que iba a ser presidente. Del gobierno sólo estuvo para saludarlo el subsecretario de Salud Pública, Miguel Fernández Galeano. De allí se fue a cumplir con el clásico ritual dominguero: 30 minutos para dormir en su casa y no como un rey, sino como un presidente.
A pesar de todo el ajetreo tomó tres decisiones de alto riesgo. No quiso personal de seguridad. Desechó el auto oficial. Y la última: del menú eligió ñoquis en cuatro quesos. Sobre el final de la tarde, todo volvía a la normalidad.
Vázquez retomó el mando, Mujica se convirtió en el nuevo vicepresidente sí, lo puede hacer, no está inhibido , y Couriel, simbólicamente, regresó al Senado.
Compartí tu opinión con toda la comunidad