Duelo de titanes. ¿Qué hacer con los parlamentarios violentos?

Discrepo con el "Turco"

La idea del diputado Washington Abdala, el Turco para los amigos (me considero entre ellos), de crear un código de ética de los parlamentarios, para impedir que se agredan ante las cámaras de televisión cuando debaten, me parece un absoluto disparate, casi como el intento de arar en el mar.

Soy de los que sostienen que los legisladores son ante todo seres humanos y por ello son capaces de calentarse, de deprimirse, de festejar y de llorar, como cualquier cristiano.

Claro, algunos dicen que ganan muy bien ­ creo que deberían ganar menos – , pero no por ello deben dejar de sentir en el alma la polémica, el debate y la confrontación de ideas. Y hasta las ganas de romperle la boca a algún canalla.

Son parte de una profesión que rinde cuentas cada cinco años. Mientras que los burócratas del Estado no rinden cuentas nunca. Como no rinden cuentas los militares, que cuando llegan a general por lo general – valga la redundancia-, tienen el pecho caído, solo sostenido por muchos litros de whisky, sin rendir cuentas a nadie.

Nunca pude imaginarme, tomando también yo whisky, a algunos de nuestros generales como aquel sargento Sander que peleaba en todos los frentes. Les digo más: no me imagino a esos militares corriendo para tomar un ómnibus.

Estos militares, tan patrióticos como el resto de los uruguayos (nosotros), no rinden cuenta nunca, ni en cuatro o cinco años. Son militares de por vida, mientras que nuestros legisladores tienen que ir a las urnas ­ por suerte- para saber si siguen o no siguen en su actividad. Por ello ¡viva los parlamentarios!

Filosóficamente el planteo del Turco es interesantísimo, hasta que uno se imagina el escenario concreto y la lista de sanciones posibles. Veamos. Para poder sancionar a uno u otro legislador violento, habría que poner un juez, dos líneas y si se complica un cuarto árbitro, para no errarle.

Como podemos avanzar más que la FIFA, siempre muy conservadora, se podrían instalar en las salas de debate diez o veinte cámaras de televisión (para esto se podría contratar a Tenfield) para que atendiera los gestos de cada parlamentario y así saber quién comenzó el quilombo.

¿A quién le echamos la culpa del incidente? ¿Al que agredió de palabra o al que se levantó para taparle un ojo? Estoy seguro que para esto hay más de dos bibliotecas, como lo han escuchado muchas veces esas salas parlamentarias por temas mucho más importantes.

Así que mejor dejemos las cosas como están, o dar cursos intensivos y a distancia para que los parlamentarios tengan una idea, y el que quiera matarse con el otro que lo haga, porque a los cinco años viene el examen y la gente lo confirmará a lo sacará, de acuerdo al entender de la gente que no siempre es lo más sabio. Pero, sabe usted, la democracia es lo mejor que ha inventado la humanidad. ¿Me entiende? No le ponga reglamentos inquisidores, porque algunas veces, no todas, vale la pena pelearse. Aunque no quede bien.

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