Testigo. Ex estudiante de la construcción relata el asesinato de Heber Nieto en 1971

"Vi llegar los Maverick y sacar los rifles con mira telescópica"

Los documentos desclasificados en Estados Unidos por la historiadora Clara Aldrighi, que revelan la ayuda militar norteamericana otorgada a la represión uruguaya a través de la Alianza para el Desarrollo (AID), dejaron en evidencia la existencia de cuatro rifles Winchester 225 posiblemente usados en el asesinato del estudiante Heber Nieto.

El informe publicado por LA REPUBLICA el pasado jueves 12 de marzo explica que el armamento había sido solicitado por el agente norteamericano Dan Mitrione, quien se había instalado en Uruguay desde 1969 para entrenar a las fuerzas policiales y parapoliciales uruguayas en la tortura y la represión, como ya lo había hecho en Brasil.

La investigación periodística estableció que armas largas con miras telescópicas de esas características fueron las utilizadas por hombres vestidos de particular, quienes aquel 24 de julio de 1971 llegaron al IEC, en los Ford Maverick donados a la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII), con el objetivo de matar a un estudiante.

El testimonio que aporta hoy a LA REPUBLICA el ex estudiante Leonardo Cardozo, quien se encontraba trabajando en la azotea del IEC junto a Heber Nieto aquella trágica tarde, permite establecer la hipótesis de que aquel operativo de represión había sido previamente planificado para colocar francotiradores en edificios de la zona.

Cardozo afirma que los disturbios previos, en los que los policías habían baleado a un grupo de estudiantes protagonista de un incidente con un ómnibus de ONDA porque rompió un peaje en solidaridad con los trabajadores de la empresa norteamericana Cicssa, habían terminado cuando llegaron los Maverick y las «chanchitas».

Las declaraciones del entonces estudiante confirman que junto a los agentes de inteligencia policial y la fuerza de choque de la Metropolitana se hicieron presentes en el lugar personas de particular, miembros del Escuadrón de la Muerte, quienes tomaron los rifles con mira telescópica y se instalaron en alturas para disparar la bala asesina.

 

Una obra y un peaje

­¿Pertenecías a alguna agrupación?

­Sí, a nivel gremial. Primero con los socialistas y finalmente en el LER-68, la Liga Estudiantil Revolucionaria 68.

 

­¿Qué pasó aquel 24 de julio de 1971?

­Yo estaba haciendo los últimos años del curso de constructor. Tenía 19 años. La clase nuestra ya era en horario nocturno. Estábamos trabajando en la terraza de la parte del frente de la IEC. Era un sábado. Nos habíamos cambiado en los vestuarios de abajo. Nos pusimos ropa de trabajo y subimos. Eramos estudiante de distintos cursos que estábamos levantando la carpeta asfáltica que cubría la terraza, con picos, palas, baldes y otros implementos para dejar limpio y poder comenzar a cimentar donde se iban a levantar los nuevos salones… Era un día precioso. Con un solcito tibio al mediodía.

 

­¿Esos salones habían implicado toda una lucha estudiantil?

­Era un viejo proyecto que dormía junto a otros en algún cajón de escritorio y que un veterano luchador encargado de la Oficina de Arquitectura de la IEC, el arquitecto Omar Mussi, reflotó. Todos los años lo que había era una lucha por los materiales, porque algunas pruebas implicaban construir cosas que luego se desmontaban. Nosotros estábamos haciendo nuevas aulas que quedarían para nosotros y los estudiantes que vinieran en el futuro.

 

­¿Cómo era el ambiente de entonces?

­Eran tiempos difíciles para los estudiantes y más para lo de la UTU, que siempre peleábamos por nuestras reivindicaciones. Teníamos como prioridad que el gobierno asignara más presupuesto para la Enseñanza. Era el gobierno de Pacheco Areco, con Sanguinetti de ministro de Educación y Cultura y había Medidas Prontas de Seguridad.

­Mientras ustedes trabajaban arriba, había otros estudiantes más jóvenes abajo haciendo un peaje en solidaridad con el conflicto de Cicssa, ¿no?

­Eran los gurises de la preparatoria de ingreso. Venían de la escuela y hacían un año de preparación en talleres. Tendrían 12 o 13 años. Hacían un peaje en la esquina y habían puesto las vallas de la obra del Banco de Previsión Social que eran de hierro con tejido de alambre. Las corrieron y cubrieron media calzada para que los ómnibus que salían del control detuvieran la marcha. Pero, de pronto, salió un ómnibus de ONDA que ni intentó parar. Los gurises atinaron a saltar e instintivamente golpearon las chapas de aquellos ómnibus de aluminio por fuera. El ómnibus para y se baja el conductor, que era un hombre fornido y empezó a remar a piñazos contra los gurises. Nosotros empezamos a gritar desde arriba y a tirarle piedras de carpeta asfáltica y automáticamente los dos policías que estaban en el control empezaron a tirarnos balazos…

El primer incidente

­Vos estabas en la azotea con los otros estudiantes avanzados y entre ellos estaba Heber Nieto, que sería la víctima de esa jornada ¿Lo conocías al Monje?

­El Monje era un muchacho morocho, delgado y alto para sus 17 años. Le decían así porque siempre estaba callado y para trabajar usaba una larga túnica azul. El pertenecía a la ROE (Resistencia Obrero Estudiantil), de extracción anarquista. Nosotros ya habíamos tenido otra víctima de la represión: Susana Pintos, que era una piba petisa que en las asambleas se subía a una silla y hacía temblar de emoción a cualquiera…

 

­Volvamos a la azotea…

­Nosotros respondimos a las balas con piedras y los dos policías se metieron debajo de la escalera del BPS y se guarecieron para seguir tirándonos. Era una locura que hubieran tirado de esa forma. Vinieron otros policías, pero salió uno de los directores, Ruben Fernández y habló con ellos. Entró y nos dijo que todo estaba solucionado y nos sugirieron que los menores que habían participado del peaje y se habían cubierto en la IEC de las balas, salieran por un portón que daba a Dante y se fueran tranquilos a sus casas. Nosotros seguimos laburando…

 

­Entonces, ¿los incidentes habían terminado?

­Sí. Aparentemente estaba todo calmo, pero cuando quisimos acordar estábamos rodeados. Por la calle Colonia aparecieron roperitos, chanchitas y los de la Metropolitana, junto a patrulleros. Cuando miramos para la calle Sierra (hoy Daniel Fernández Crespo) también estaba tupido de policías. No veíamos bien lo que pasaba por la calle Uruguay, porque hay árboles y casas que no dejaban ver bien. Estábamos rodeados y nos empezaron a tirar con gases lacrimógenos.

 

­¿Dónde estaban en la azotea no tenían muchas puertas de salida?

­Nosotros entrábamos a trabajar por una puertita de chapa que estaba en el primer descanso de las escaleras del ala izquierda del edificio, paralelas a la calle Uruguay. En el ala que daba a la calle Haedo, que entonces se llamaba Dante, se había abierto un boquete para la entrada de materiales, pero cuando no se utilizaba, quedaba tapiada con chapas, madera y puntales. Solo quedaba para entrar y salir aquella puertita. Nosotros nos resguardamos detrás del pretil, que era bastante alto, unos 90 centímetros, y nos defendíamos como podíamos con las piedras de asfalto.

Llegan los Maverick

 

­¿Fue entonces que llegaron los Maverick de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII)?

­Estábamos medio gaseados, pero cuando nos asomamos, vimos que por Sierra aparecieron aquellos Maverick negros que usaban los tiras de inteligencia. Lo mínimo, yo vi tres autos de esos. Uno quedó a unos 20 o 30 metros de Arenal Grande. Y entonces, vi cómo sacaban los rifles con mira telescópica.

 

­¿Recordás detalles de aquellas personas o cómo eran los rifles?

­No sé. Vestían de oscuro y de particular. Yo lo que vi bien fueron las armas con miras telescópicas. Vimos a los locos subirse a la construcción del BPS. Yo creo que también subieron a otros puntos altos, quizás a alguna parte del techo del contr
ol… Pero cuando empezaron las balas no miramos más. Nosotros tratamos de salir despavoridos por el boquete que estaba tapiado, pero como estaba asegurado desde adentro no pudimos abrirlo. Solo nos quedaba la puertita, pero para llegar a ella había que subir 3 o 4 escalones desde la terraza.

 

­Ellos se dieron cuenta…

­Sí, porque las balas iban para allí. Los impactos entraban por la puertita y quedaban clavados adentro del cajón de la escalera y dejaban grandes boquetes en el revoque.

 

­¿Cuántos eran los que estaban trabajando arriba?

­Entre 15 y 20 personas, que nos tiramos de cabeza para la escalera. La bala que le pegó en la axila al Monje, a mí ­que nunca medí más de 1,65­ me pudo dar en la cabeza.

 

­¿El Monje fue el último en salir?

­Para mí no, porque yo vi tropezar a alguien delante de mí y que otro lo recogió. Yo bajé y me fui al patio central que comunicaba con los Talleres de Sanitaria y daba a los fondos del Instituto, pero con la confusión, nos olvidamos que la entrada de esos talleres también estaba tapiada. Abajo me enteré que la habían dado al Monje. Cuando se pidió para sacarlo y que le dieran asistencia fue que entró la Metro y particulares con pistolas en la cintura. A mí me apuntó uno de particular que no llegaba a los 30 años de edad. Tenía jeans y un chaleco amarillo patito. Le dije que éramos trabajadores que estábamos haciendo los salones y se burló. Nos pusieron contra una pared, obligándonos a estar en puntas de pie y con los brazos en alto. Los de la Metro nos empezaron a dar con los bastones y me acuerdo que a un compañero, el negro Graña, le daban en una herida que se había hecho con un pico. Buscaban una reacción…

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