Sigue la incomprensión

Sorpresiva propaganda para Cohelo

Bertrand Russell se burló en su tiempo de filósofos que, apelando al ejemplo de los patagones, sostenían que la frase era anterior a la palabra aislada: «Por lo visto, un patagón puede entenderle a usted si le dice ‘voy a pescar al lago ése que está detrás de la montaña que cae al Oeste’, pero no le entenderá si usted le dice la palabra ‘pescar’ y nada más». Bueno, ahora, en el Parlamento, las interpelaciones nos están poniendo frente a la duda de que, entreverados, con cédula falsa, haya algunos patagones exilados por burros: no entienden la palabra aislada y tampoco la frase entera. De otro modo no se explica ni que el ministro Agazzi detallara veintisiete medidas tomadas por el gobierno ante la crisis por la sequía e igual fuera cuestionado, ni que los blancos se aferraran a argumentos que parecían extraídos del realismo mágico de García Márquez, ni que diputados oficialistas cayeran en esa red y apelaran a réplicas que pudo haber sugerido, de no estar muerto, Edgar Allan Poe. Un breve comentario de Agazzi, hay que admitirlo, pudo haberse entendido mal: «No se puede esperar todo del Estado. Este problema será, en el futuro, una cuestión de autoayuda». ¿Midió sus palabras? Porque dicen que hay decenas de productores buscando como locos libros de Paulo Cohelo. Lo que no perturbó el debate ­de algún modo hay que llamarlo- fue el apacible sueño del que disfrutaron Mariano Arana, muy breve, y el senador Lorier, más extenso y, para su infortunio, suspendido abruptamente por un aviso que le entregó la secretaria de la bancada del Frente Amplio. ¡Pobre hombre, casi se va al suelo! ¡Mire si por ahí soñaba con lluvias abundantes! Después, los detalles paquetes que nunca faltan. Asti reapareció con su computadora: entre otros que siguieron su ejemplo estuvo la diputada Charlone, quien probó que tiene con su aparatito una relación distinta a la de Asti con el suyo. Lo usa menos. Ah, y debido a mi oceánica ignorancia, no sé el nombre de un mueble de madera que custodia las espaldas de los integrantes de la Mesa. Hermosamente ornamentado tiene una pinta que alienta especulaciones: ¿Un confesionario? ¿Un barcito disimulado? ¿Un vestidor? ¿Un coquetísimo baño químico? A ver, lector, desásneme.

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