La mentira es una cualidad de los humanos

Por Carlos Santiago

¡Pocas veces hemos asistido a tamaña cosa! Un hombre desaforado, que transfiere en cada una de sus palabras señales de odio y que, más allá de las consideraciones éticas que se puedan hacer, objetivamente está buscando la destrucción de LA REPUBLICA como medio de comunicación. Pero nos preguntamos: ¿se trata solo de la fuerza irracional de una persona que no tiene medida ni escrúpulos en su actividad de desprestigio y que es capaz de cualquier cosa para lograr sus objetivos?

¡Puede ser!, pero también detrás de él pueden existir algunos (personas u organizaciones) cuyos objetivos sean políticos. Para ellos no sería poca cosa destruir a LA REPUBLICA, el medio de comunicación que desde siempre ha apuntalado al movimiento popular, más allá de sus errores y carencias. No en vano el singular enfermizo denunciante está en esta campaña hace varios meses, llamando a unos y a otros, buscando ecos que nunca logró hasta llegar a CX 36, que le abrió su espacio para que en dos oportunidades lanzara las virulentas andanadas contra Fasano.

Creo que tanto la radio, como los diarios y semanarios que levantaron la información, como los que la reiteraron, estuvieron muy bien en hacerlo, pues no hay mejor juez para la verdad o la mentira que una opinión pública informada. Hasta sus últimos extremos.

Sobre este ex psicólogo policial, hoy en el centro de la atención de unos pocos, tendríamos en lo personal muchas cosas para decir. Por ejemplo de su «maquiavelismo» grosero para tratar de mantener su poder, de cómo destrozó equipos de redacción pues creyó, en su delirio, que trabajar en equipo era una forma de achicar su poder y reducir su método de trabajo: la tiranía despótica (brutalmente mal educado) que utilizó desde siempre con los periodistas. En su segunda etapa en el diario LA REPUBLICA, cuando su poder no era todo lo global que él creía, llevaba adelante insólitos berrinches, como uno que recuerdo en que se encerró por más de un mes en su despacho con el fin de confeccionar, día a día, listados de hechos que la redacción en su concepto se «comía», para realizar un informe «demoledor» a la dirección del diario, que solo mostró un individualismo fuera de toda medida, que no tuvo andamiento y solo marcó la índole traidora del autor.

Ese berrinche tuvo una contrapartida positiva: la redacción pudo trabajar durante ese mes con mayor creatividad, multiplicando las primicias, consolidando en el diario una línea, la de defensa de los intereses populares, que el personaje siempre trató de torcer, hacia la derecha, claro está.

Este «batllista socialista», que trabajó últimamente para el pachequismo, único reducto que le quedó en el Partido Colorado para guarecerse, marcó en LA REPUBLICA la etapa del «disparate», pues las primicias que él conseguía casi siempre tenían el mismo desenlace. Recordamos cuando pontificó sobre el fin político de Guillermo Stirling, asegurando que había caído en desgracia dentro del Foro Batllista (no queremos ofender al ministro con la argumentación utilizada por este personaje). La sección política le reiteró al proyecto de tiranuelo que no era así. Por supuesto que la nota salió vaticinando el fin político de Stirling, sin embargo, pocos días después era nombrado por el presidente Sanguinetti como ministro del Interior.

Y como esas «primicias» hubo muchas otras, en donde parecía que la noticia se debía adaptar a su voluntad, y que ella era la que determinaba los hechos. En definitiva estaba mostrando su falta de informantes. En las reuniones de la cúpula de redacción, cuando se debía hablar de los rumbos para construir el diario ese día, este señor hacía largas exposiciones sobre el periodismo de investigación, que nunca practicó. De hecho no permitía interrupciones. La discrepancia se pagaba con el despido. En materia de organización interna, con sus métodos insólitos, realizó cambios llevando al especialista en temas sindicales (que había logrado durante años de trabajo una importante cantidad de fuentes), a trabajar la información del Senado, a quienes hacían comuna –también con fuentes y relaciones diarias con las autoridades municipales– a realizar tareas en otras secciones donde estaban destinados a fracasar.

Su interés no era otro que dividir para reinar. El mismo que mostraba en las tediosas reuniones de editores en las que planteó una y otra vez que el diario debía comenzar a competir con «El Observador», para lo cual había que cambiar el rumbo, o sea, volcarse a la derecha, para tratar de atraer a un público que no es frenteamplista.

Por suerte algunos nos opusimos a tamaño dislate estratégico. Lástima que tuvo cómplices, pero esa es harina de otro costal y ya no nos importa, solo califica.

Podríamos recordar algunos hechos como, por ejemplo, estando el diario en marcha desde el principio de la tarde, llegar este señor y cambiar toda la paginación con el fin –solo– de desconocer el trabajo de quienes intentábamos hacer las cosas lo mejor posible. Y no lo hizo solamente con quien habla, también lo concretó posteriormente en varias ocasiones, buscando el mismo fin: demostrar su poder y minimizar el de algún editor que trataba de programar la tarea en forma racional.

Luego de «totalizar» su poder sobre la redacción, trató de imponer sus criterios a todo el diario, utilizando para ello la competencia con los jefes de otras secciones, trasladando a los componedores o armadores bajo su égida. Todo por razones de poder, no para lograr una mejor organización. En la etapa de este señor la desorganización fue general y el emprender el camino de la discrepancia significaba el despido. Cualquier compañero lo sabe muy bien.

Nos salteamos algunas etapas. Pero debemos hablar también de su desubicación: consolidado su mediocre reinado, comenzó con otra tarea enfermiza, la de cuestionar el poder de la dirección, concretando «berrinches» sistemáticos ante cualquier contrariedad. Si había alguna oposición a sus objetivos, renunciaba y amenazaba. Salía del diario, daba algunas vueltas y luego regresaba, para seguir intentando imponer el disparate a la verdad, censurando a quienes no le simpatizaban. (Podríamos recordar, si nos dispusiéramos, una larga lista de nombres vetados)

En el período preelectoral hubo un hecho que le disgustó enormemente y motivó otra de sus renuncias, esta definitiva en LA REPUBLICA. Fue la decisión de Fasano de integrar al equipo a los señores Víctor Rossi, como administrador, y a Hugo Cores, como secretario de dirección. Claro, no se trataba de niños de pecho, eran políticos formados y su poder con esos ingresos comenzó a reducirse. No lo pudo soportar y se fue del diario pero no a gastar su despido en su humilde casa de la zona balnearia, sino a trabajar con uno de los personajes más siniestros que existen en este país, el doctor Marchesano.

No sabemos de los tejes y manejes de esa etapa de su vida, porque este señor nunca nos importó ni merece que nadie se ocupe de él. Paralelamente apuntalaba al diputado pachequista Iglesias, concretando en la última etapa de su cargo de editor la imposición de colocar en tapa un día sí y otro también, noticias de quien fuera nada más que un «oscuro» legislador.

El «batllista socialista», como él mismo se califica, intentó otra experiencia periodística, el vespertino «Primera Plana», imponiendo una lógica tan trasnochada como obtusa. Trató de adaptar la realidad a sus deseos, cuando ello es imposible. Logró editar un nuevo diario cuando el mercado de los vespertinos había desaparecido: «El Diario» había tenido que cerrar
y «Ultimas Noticias», pese al apoyo del poderoso grupo «Moon», tuvo que pasar su edición al mediodía. En contra también de la visión del Sindicato de Canillas que, obviamente, por las inamovibles leyes del mercado, sabe lo que ocurre con los diarios más allá de otras disgresiones que podríamos realizar sobre aspectos de la distribución en Montevideo.

Fue otra etapa en que tuvimos contacto con él, pues no teníamos más remedio que transitar por donde él transitaba, cruzarnos en los pasillos, compartir los baños, etc. Nunca se nos ocurrió recordarle sus «agresiones». Incluso le deseamos suerte para su nuevo desafío periodístico. Obviamente sus métodos no habían cambiado, antes de salir «Primera Plana» ya se habían producido agresiones brutales contra periodistas, muchos de ellos novatos. Es un hombre que siempre despreció a la profesión y (lo decía) prefería a un profesor de literatura que a un periodista de experiencia o formado en alguna de las tantas escuelas con nivel universitario. Para él no valía la experiencia, los antecedentes, y menos –por supuesto– la conducta ética. Valían sus caprichos y contrataba a quienes asentían con humildad a sus largas exposiciones sobre periodismo de investigación, del que poco conoce. Algunas de las primicias que manejó, ¿de dónde creen que las obtuvo? sino de sus pocos informantes de la derecha y de algunos de los «servicios» que abundan en el país.

Ahora se lanzó con una desesperación enfermiza sobre Fasano (y queremos aclarar que esta nota no intenta defender al director de LA REPUBLICA, pues creemos que el señor del que hablamos pudo avanzar en muchos de sus dislates por la visión de la dirección del diario, que no se opuso oportunamente a los mismos (además, Fasano no necesita de alcahuetes u oportunistas para hacerlo). Y lo hizo dos veces por CX36 ensuciando a periodistas, mintiendo –utilizando insólitamente al ex diputado Alem García–, dejando deslizar sus vinculaciones con el Partido Socialista. Este señor con su afán absolutista, su desmedida ambición de poder, logró fundir al diario «Tiempo de Cambio» en pocas semanas y todavía acusa a algunos dirigentes socialistas de no haber aportado dineros que solo él imaginaba. Fin de un proyecto periodístico que duró menos que su niña mimada, el vespertino «Primera Plana», que en una de sus primeras ediciones sostuvo que un legislador del PS se había robado una computadora.

En nuestra vida hemos conocido a muchos alcahuetes, sátrapas, idiotas, traidores, tránsfugas, débiles, insanos. Pero nunca a una persona que unificara muchas de esas conductas y, además, como producto de una personalidad insana, agrediera a los compañeros de trabajo, los expulsara del diario, censurara sus notas, inventara noticias, destrozara reputaciones sin el más mínimo cargo de conciencia.

Lo único que valía era él, era mantener su poder, agrediendo, mintiendo y acosando a Fasano que, al fin del último de sus dislates, lo dejó caer. «Primera Plana» (creemos y esperamos) fue la última experiencia periodística en donde participará esta persona, este capataz de obrador maderero del siglo pasado, metido a la fuerza en la noble profesión de periodista.

Por supuesto que no le deseamos ningún mal en lo personal. Que vuelva a trabajar con Macchesano, o quizás Iglesias –que es un político tradicional con todas sus mañas– lo coloque en el Banco que Batlle le otorgó para dirigir.

Con algunos compañeros de tarea analizando los hechos de las últimas semanas, recordando sus acciones e inacciones en el diario, concluimos que la atipicidad de este señor es formidable, casi única. Y entre todos (no éramos muchos, los que desgraciadamente pueden dilapidar en ocasiones su tiempo en una mesa de café) llegamos en conjunto a una conclusión con ribetes éticos, quizás trasnochada, de que se trata de una de las peores personas que todos los presentes conocimos.

Hablábamos de Enrique Alonso Fernández.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje