Alonso el sofista

Por Carlos Peláez

Una semana atrás, los periodistas de LA REPUBLICA fuimos sorprendidos por las afirmaciones que hizo nuestro ex editor general, Enrique Alonso Fernández, en Radio Centenario. En defensa de mi dignidad profesional y la de mis compañeros, que en sus dichos aparecemos como un grupo de idiotas útiles al servicio de un «gatopardo» llamado Fasano, me permitiré relatar varias circunstancias que me tocó vivir durante los años en que Alonso fue mi jefe. Integro el cuerpo de corresponsales de LA REPUBLICA desde el 3 de mayo de 1988, con la única interrupción de un año, cuando me dediqué a un proyecto propio.

En más de una oportunidad he discrepado con el director de LA REPUBLICA a propósito de su decisión de no publicar notas de mi autoría. En cada oportunidad se lo he hecho saber y discutí con él diferentes puntos de visto, ejerciendo mi derecho profesional a que se me expliquen las razones. Nunca se me negaron respuestas y siempre fueron expresadas con respeto. Más de una vez, también, logré convencer a Fasano. Pero además, y lo recalco, nunca fui objeto de represalias o sanciones por defender con vehemencia mis puntos de vista.

En cambio, muy diferente fue la situación con Alonso Fernández.

A mediados de enero de 1991, plena guerra del Golfo, él trataba de competir con la CNN.

Un domingo, muy temprano a la mañana, llamó a mi casa para insultarme y recriminar que «me hubiera perdido la noticia sobre la presencia de un comando iraquí en Punta del Este», noticia que, por otro lado, ningún medio había dado. A media tarde, y después de revolver cielo y tierra, una fuente, con la que también Alonso había hablado, me reveló la verdad: la noticia no era más que un invento del entonces subdirector. Suspendí la corresponsalía hasta que Fasano regresara del extranjero y a principios de febrero le presenté un informe. Alonso pateó puertas, gritó y dejó de saludarme hasta que se fue en marzo. En 1995 regresó y nuestra relación profesional se recompuso, tanto que hablábamos por teléfono todos los días, y varias veces, para chequear datos e informaciones que luego se convertirían en noticia.

En mayo de 1998 escribí a propósito de un intento de estafa por unos 80 millones de dólares con cheques de Haití que involucraba a un senador del Partido Colorado, cuyo nombre revelé a Alonso, pero no explicité en la nota. Al otro día me encontré con un editorial de Alonso, consignado en portada, reclamándole «al senador Wilson Sanabria que explicara su participación en la maniobra», notas que luego se repitieron en tono cada vez más duro durante dos días más. Por lo que escribió entonces y lo que dijo ahora en CX 36, parece quedar claro que él piensa que Sanabria es un corrupto. Pero entonces no encuentro razones que justifiquen una misteriosa y cordial reunión que ambos mantuvieron en junio del 98, apenas un mes después de sus duros editoriales, en el lobby del Hotel San Rafael y que fue presenciada por varios empleados del establecimiento.

En agosto de ese mismo año ocurrieron otros hechos profesionalmente reprobables y de los que informé a la Dirección. Una calificada fuente de un partido político tradicional, a la que consultaba diariamente me expresó en forma reiterada «su preocupación porque Alonso le revelaba a otros dirigentes de esa colectividad, quién era mi informante». Y ello, a pesar de que el Editor nunca supo el nombre de mi fuente. Se trataba de un simple ejercicio deductivo.

Poco días después ocurrió otro hecho que, ahora, ante lo que dijo de Sanabria, aumentan mi sorpresa. Una noche de ese mes una fuente parlamentaria me llamó para decirme que «en su presencia, Alonso había llamado a Sanabria para que se quedara tranquilo porque una nota de mi autoría sobre la interna de ese Partido no se iba a publicar». Enseguida intenté hablar con Fasano y me encontré con que estaba en el exterior. A su regreso y por teléfono, le advertí de este hecho y entonces oí la discusión que se dio al respecto cuando Fasano le recriminó a Alonso su actitud. Ahora sí dejó de hablarme en forma definitiva.

Entre los años 1997 y 1998, en reiteradas oportunidades, Alonso me expresó que «no me ocupara más de asuntos relativos al Banco Hipotecario porque había orden de arriba de no publicar». Yo seguí escribiendo y mis compañeros de redacción, que son testigos porque lo hablamos en varias oportunidades, fueron guardando las notas. Pues resulta que cuando Alonso renunció en 1999, me encontré con la sorpresa de que todo lo que yo había escrito se empezó a publicar. Lo que hizo que en la redacción nos preguntáramos ¿quién era en realidad el responsable de la orden de arriba?

Tal vez al lector esto no le aclare nada. Francamente, ni siquiera sé si le interesa. Sin embargo, siento que está afectada nuestra credibilidad profesional. Y lo peor es que quien la afecta es alguien que no merece el mínimo de credibilidad y que ha bastardeado esta profesión recibiendo dinero de particulares para publicar noticias ciertas usando su posición de privilegio dentro de la empresa.

Muchos de los periodistas que ahora nos señalan con el dedo, saben quién es Alonso y para quién trabaja. Y sinceramente se les debería caer la cara de vergüenza ante tanta hipocresía.

Los periodistas que trabajamos en LA REPUBLICA hemos ejercido nuestra labor con dignidad, peleando cada espacio y cada día por la mejor versión de la verdad que podamos obtener.

Eso no quiere decir que nuestro trabajo haya sido perfecto, nos hemos equivocado más de lo deseable.

Pero el verdadero y único asunto que tiene interés público en este debate es la batalla por imponer un modelo informativo. Este diario y sus periodistas han investigado y publicado mucha información molesta al poder.

Por ello hemos sido denostados, amenazados, enjuiciados, perseguidos. Curiosamente han sido muy escasos los apoyos de APU e inexistentes los de la Comisión de Libertad de Prensa de la SIP. Sin embargo todos hemos sabido de la dedicación que ponen para reclamar, por ejemplo, por todo lo que pueda afectar al semanario Búsqueda.

En cambio no hemos oído una declaración protestando por la existencia de listas negras en varios medios de comunicación, o por los notorios periodistas a quienes se adjudicaron hasta tres frecuencias de radio en un año, o por aquellos que de mañana trabajan en un organismo público o para un político y de tarde están en la redacción escribiendo acerca de quienes pagan ese otro salario, o sobre aquellos que sin ser dueños de un medio recibieron miles de dólares en publicidad oficial. Ni tampoco nunca me preguntaron si era o no verdad y si tenía las pruebas de lo que informé el 23 de enero de 2000, revelando un presunto soborno a por lo menos dos periodistas de Maldonado por parte de jerarcas municipales y dirigentes políticos.

Es decir, en este Uruguay también hay periodistas de primera y de segunda.

Y en este gremio, el que da clases de ética profesional es Alonso Fernández.

El, que leyó tanto a los griegos, sabe que eso es un sofisma.

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