Escrito por: Antonio Pippo
Llegó temprano, sereno y sonriendo. Buscó una banca con clara intención: un espacio donde lo captasen todas las cámaras fotográficas y de televisión concentradas en dos rincones de la sala.
Luego conversó con cuanto legislador se cruzó en su camino y al que no lo hizo, sin vergüenza, lo fue a buscar. Más tarde se sentó, desplegó una impresionante cantidad de papeles, se calzó y descalzó los lentes con gesto estudiado y sólo se le vio ansioso, casi al borde del estallido emocional, durante la lectura agobiante de los informes de trámite a que la Mesa está obligada en estas sesiones.
Cuando se dio la palabra a Edgardo Ortuño (Vertiente Artiguista) para que hiciese el informe oficial, se dispuso a escuchar con respeto y compostura. La extensión del verbo de Ortuño, cual si buscase un récord olímpico, lo hizo cambiar de posición corporal varias veces y le extrajo vocablo adecuado porque pareció la consecuencia de una intervención odontológica ciertas sonrisas sarcásticas y unas expresiones moderadas de desaprobación.
El nerviosismo se le notó recién cuando estaba a punto de contestar: barajó, sin leerlos, unos papelitos que llamaron la atención y despertaron insólitas conjeturas.
Finalmente, habló. Más de dos horas durante las cuales exprimió la astuta y por momentos convincente estrategia que habían diseñado sus abogados. Se jugó el resto sabiendo que del otro lado ya habían afilado el hacha.
Hay que decir que Carlos Signorelli dio pelea y hasta desconcertó por momentos adormeciéndolos en un discurso monótono a quienes querían darle el golpe del desafuero.
Pero al final le arrancaron la cabeza. Digo, los fueros.
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