Reparación. Derechos jubilatorios a trabajadores de la carne perseguidos en dictadura

La caducidad y el Pacto del Club Naval  reavivaron la polémica ayer en el Senado

Pero como principio quieren las cosas, veamos cómo transcurrió la sesión.

Aunque usted no lo crea, en la media hora previa quien habló en primer término fue don Gustavo Lapaz, quien dio su voz de alerta ante el fenómeno que él llamó de «tinellización de la cultura». En un vibrante alegato contra las conductas antisociales que se irradian desde la televisión abierta, el ex intendente de Soriano no ahorró epítetos para condenar severamente los programas de chismes y los espectáculos de nefasta influencia sobre los televidentes, y terminó exhortando a las autoridades a desarrollar una campaña para contrarrestar dichas influencias.

Su correligionario y tocayo, Penadés, usó su tiempo previo en ensalzar a la Compañía Italia Fausta en ocasión de cumplirse el XX aniversario de la puesta en escena de la famosa obra brasileña en el Teatro del Anglo, que superó todas la marcas de permanencia en cartel y revolucionó el teatro nacional con sus propuestas vanguardistas. Terminó enviando un mensaje de felicitación a Omar Varela y todo el elenco.

El también nacionalista (suplente de Julio Lara) Walter Campanella reflexionó sobre la crisis energética cada vez más grave que soporta el país. Instó a las autoridades a buscar energías alternativas ante la indetenible suba del precio del crudo que llegará, según dijo, a 250 dólares el barril el año que viene, hecho este que, según sus cálculos, hará que el gasto anual que deberá afrontar el Uruguay será de cuatro mil millones de dólares. ¡Casi nada! Sugirió apelar a la energía nuclear como solución definitiva al problema.

El soldado Abdala, en suplencia de su mariscal, se refirió al «caso Abín», y destacó la atinada reacción de la Cancillería, que dispuso una investigación sobre el punto. Luego de varias consideraciones, sostuvo que el embajador debería renunciar para que «todo termine con dignidad republicana».

Finalizando la media hora previa, don Ruperto Long (larrañaguista del Movimiento Con Todos) se explayó resaltando la encomiable tarea de la Fundación Don Pedro en una zona carenciada de Montevideo. Dicha ONG presta ayuda material y espiritual a unos 300 niños de Carrasco Norte, brindándoles durante cuatro horas diarias ­todo el año­ educación complementaria, talleres y alimentos. Expresó la necesidad que desde el ámbito público se promueva la emulación de estas acciones de incalculable valor social.

Finalizada la media hora previa, el Senado continuó sesionando ante la atenta mirada y los atentos oídos de una cincuentena de ex obreros de la carne que desde la barra asistieron al tratamiento de un proyecto de ley ­ya aprobado en Diputados­ por el que se habilita a los efectos jubilatorios y pensionarios, el cómputo ficto de servicios para ex trabajadores de la industria frigorífica que se hayan visto impedidos de trabajar por motivos políticos, gremiales o por mera arbitrariedad, entre el 9 de febrero de 1973 y el 28 de febrero de 1985.

El rojiclavelino Víctor Vaillant informó del punto explicando que si bien el proyecto no contempla todo el universo de perjudicados por la patronal bajo los años de plomo, es un paso muy importante que repara el daño sufrido por la inmensa mayoría. Rafael Michelini se sumó a los conceptos vertidos por Vaillant. El senador neoespacial sostuvo que la norma en discusión corrige una doble injusticia: por un lado, la arbitrariedad de la dictadura, y por otro, las omisiones del poder político luego de recuperada la democracia.

Hasta entonces, todo transcurría en calma y sin sobresaltos pues todos los senadores estaban dispuestos a votar el proyecto.

Pero hete aquí que don Pancho Gallinal, al referirse al tema, aludió a tres leyes aprobadas enseguida del fin de la dictadura que, a su juicio, fueron «los tres pilares de la pacificación»: la Ley de Amnistía para presos políticos, la Ley de Restitución de Funcionarios y la Ley de Caducidad.

Arana salió al cruce refutando los conceptos vertidos por el correntoso senador, negando que la de Caducidad fuera una reparación, y afirmó que él la seguía llamando Ley de Impunidad. Michelini fue más lejos y espetó: «Si Gallinal está enamorado de la Ley de Caducidad, allá él», pero la Ley de Impunidad no reparó nada, como sí lo hicieron las otras dos leyes, que corrigieron injusticias notorias generadas por la represión estatal, por lo que el Estado estaba en deuda con miles de ciudadanos. En cambio, dijo, «la República no les debe nada a los militares golpistas».

A pesar de las advertencias del presidente en el sentido de no salirse del tema en discusión, Gallinal volvió a insistir. Afirmó que tiene credenciales de lucha contra la dictadura junto a Wilson Ferreira desde antes del golpe de Estado, y volvió a recriminar a colorados y frentistas el hecho de haber pactado con los militares en el Club Naval.

Finalmente, don Rodolfo cortó por lo sano y puso el proyecto a votación con el resultado de 30 votos en 30. Desde las barras se oyó un cerrado aplauso que el bueno de Nin no condenó a pesar de que el reglamento prohíbe todo tipo de expresión del público presente en las barras.

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