La columna de Sherlock

Yamandú Castro clama por tregua

El jueves en la noche, luego de pasar por el Sindicato Médico a saludar a los galenos, Sherlock partió hacia Pando con destino último en el Centro de Protección de Choferes.

Su primer encuentro fue con un viejo colega, el ex jefe de Policía de Canelones, el inspector Yamandú Castro, que ahora ocupa un cargo, rentado, en la Comisión de Seguridad de la IMC y el Ministero del Interior.

–Me tienen loco, todos los días me llaman a mi casa más de diez personas pidiéndome plata, dijo el viejo guardiacivil.

–Debe ser porque está pasando por un buen momento, ¿no?, inquirió el sabueso.

–Todo porque su diario informó que gano 50 mil pesos.

–¿Verdad o mentira?, le peguntó Sherlock,

–Verdad, dijo terminando la conversación.

 

Rambo

Sherlock estuvo visitando a sus viejos amigos uniformados, con motivo de las fiestas de fin de año. Incluso, con un grupo de ellos, compartió unas mulitas al horno de película, mientras disfrutaban de la vista al mar en un balneario canario.

Fue así que descubrió un nuevo y lujoso libro, «La Historia del Ejército», editado por el Departamento de Estudios Históricos del Estado Mayor del Ejército.

Lo primero que lo sorprendió fue que están todas las fotos de los comandantes en jefe, desde 1829 hasta 1997. Por eso mismo la última foto es del teniente general Fernán D. Amado.

–¿Sabe cómo le dicen a Amado?, preguntó un coronel que hacía rato que se quejaba de los salarios y de la mala conducción de Amado en su época.

–Ponga el celular contra esa radio, suba el volumen, y después recién me termina el cuento, le dijo el sabueso, conocedor de diversos sistemas de espionaje.

–Le dicen «Rambo», dijo el coronel, con cara de esconder algo trascendente.

–Está bien, ¿por qué?, dijo Sherlock aceptando el juego.

–Porque un solo hombre destruyó a toda la fuerza, concluyó el oficial, mientras cortaba una tapa de nalga bien jugosa.

 

Sanguinetti, el duro

El Presi de Honor de Peñarol, doctor Julio María Sanguinetti, no presenció el último partido entre el club de sus amores y Defensor Sporting.

Esto inquietó a Sherlock, quien se vio obligado a darse una vuelta por Punta Carretas. Visitó un almacén, dos boliches y nada, hasta que se encontró con un acomodador de autos, que había sido uno de sus compañeros de clase en la Facultad de Derecho.

–Es verdad, el doctor Sanguinetti no fue al partido con la «viola», dijo el hombre mientras armaba un cigarro.

–¿Raaazones?, dijo el sabueso, arrastrando las «a».

Se le escuchó decir, según comentarios del barrio, que es de «la línea dura» de Peñarol y que entendía que después de lo que pasó en el clásico no había que jugar la Liguilla.

–¿Algo más?

–Que se lamentó de que Damiani –«El Viejo», dijo– haya resuelto otra cosa.

Contento, Sherlock se fue con los apuntes en la libreta rumbo a la rambla a disfrutar del paisaje.

 

El clarín, de  Radio Cristal

Miércoles en la noche, el Popo Olivar Cabrera tiró la casa por la ventana para festejar un nuevo aniversario de Radio Cristal.

Entre confites y confites, que se sirvieron en el Hotel Paladium, llegó el presidente Jorge Batlle saludando a diestra y siniestra.

En el momento más solemne, Batlle hizo uso de la palabra informando que terminaba de regalar a Radio Cristal el primer disco Sondor «que se grabó en la vitrola de mamá en Radio Ariel, mientras que con su aspiradora se juntaba la viruta».

Luego de los aplausos, Batlle comenzó a ponerse eufórico y dijo, dos veces, que felicitaba «a Radio Clarín». La primera vez pasó, pero en la segunda alguien le acotó que era Radio Cristal.

El Presi, con mucha carpeta, salió del mal momento pero tuvo una nueva recaída: «Cualquiera puede cometer un fursio, más en las horas pares». Ahí, las risas ya fueron incontenibles, mientras el Popo disimulaba con guiñadas nerviosas.

Así se lo contaron a Sherlock.

 

Méritos para ser director

Deseando que la actividad parlamentaria ingrese a vivir su siesta veraniega, Sherlock prefirió no ir al Palacio Legislativo y hacer algunas llamadas telefónicas.

Habló con dos o tres fuentes y sacó muy poca cosa. «Mejor me quedo en casa, le doy a la CNN, prendo el aire acondicionado y chau», dijo el investigador y así lo hizo.

Al rato, el fax comenzó a disparar hojas. «Si se entera el jefe que estoy acá», murmuró Sherlock con cara de pícaro.

Las hojas contenían los currículum de los futuros integrantes del Banco de Seguros, donde la mitad de ellas eran de Alberto Iglesias. Pero al final encontró el currículum de Humberto Radiccioni Palacios, que le provocó su atención.

Entre sus méritos encontró que tiene dos hijos varones, «canarios, blancos y de Nacional», que fue «vendedor ambulante», que fue «cónsul del Club Nacional de Fútbol en Santa Clara de Olimar» y que entre sus méritos políticos se encuentra que «en Santa Clara trabajé junto a mi padre de colaborador y peón político (y) conocí al nieto de Herrera en reuniones en casa de don Alcibíades Silvera».

–Sin comentarios, dijo Sherlock, quien apagó el televisor y puso a Gardel.

 

Los mojados de Borsari

El viernes en la noche, Sherlock se fue por el Club Asturiano, en la calle Suárez, para compartir unos chorizos y algún tintillo en el acto del diputado Gustavo Borsari.

El sabueso llegó justo cuando ingresaba al local el doctor Luis Alberto Lacalle, quien saludó con su tradicional sonrisa.

Pase por aquí, don Sherlock, ésta es su casa, dijo uno de los secretarios de Borsari a Lacalle, quien no ocultaba su satisfacción porque los borsaristas van a votar en las próximas elecciones a la Lista 900, que fundara Dardo Ortiz.

En pocos minutos el Asturiano se vio repleto por más de 1000 personas que buscaban un lugar para escuchar los discursos y dar su apoyo a Borsari, y a la vez intentar pellizcar alguna carnecita.

Pero la cosa se complicó, porque afuera había más de 80 personas que soportaban la lluvia esperando ingresar en busca del choricito prometido.

Los mojados de afuera comenzaron a hacer sentir sus voces: «Pagamos 30 pesos y hasta ahora lo único que hemos tomado es agua de lluvia», se escuchó de parte de un señor que tapaba su cabeza con un pedazo de cartón. Otra señora, que aseguraba ser de Canelones, se quejaba –con mejor suerte que el anterior– de haber comido «sólo una costillita de asado, servido sobre una servilleta de papel».

Mientras esto ocurría y la comida y el vino llegaban en forma intermitente a los de afuera, dentro del salón la música movía los cuerpos de los concurrentes.

Justo en ese momento, Sherlock comprendió que era el momento de retirarse y así lo hizo.

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